Sobre el comisario, el comisariado y demás derivas curatoriales. (2)

Tal como apuntamos en nuestro texto introductorio-contextual, publicado hace unos días en esta misma plataforma bloguera, lo que viene a continuación, en dos entregas sucesivas, es una aproximación a distintas tipologías de comisario desde un punto de vista sumamente personal enriquecida por la aportación de quien, desde las páginas de su ensayo Curacionismo. Como la curadoría se apoderó del mundo del arte (y de todo lo demás), vierte su autor, David Balzer, en relación al tema que nos ocupa.

Si algunas de las argumentaciones esgrimidas para esbozar los distintos tipos de comisario que abordaremos -a saber: el comisario-director de institución, el comisario-filósofo, el comisario-joven, el comisario-artista, el comisario-diletante y el comisario a secas- pueden ser perfectamente aplicables a tipologías distintas de las del apartado en que se inscriben, ello es debido a la dificultad de acotar esta profesión en base a estándares profesionales unidireccionales, monolíticos, inalterables y fijos. La disparidad de personalidades que acceden a esta profesión sumado al modo en que se ejerce de acuerdo a las circunstancias profesionales, económicas, vitales y propias de cada uno, hace imposible definir con certeza qué es un comisario, qué hace exactamente, cuál es su futuro en el circuito del arte o, en definitiva, qué va a ser de su vida.

Más que delimitar el campo por el que se escurre la anguila curatorial, lo que pretende esta respetuosa serie de tipologías comisariales es aportar un poco de luz -y también de humor- a lo que, según se mire, es un verdadero melodrama en la escena de las artes visuales. ¡Con todas las de la ley!.

Comisario-director de institución

Cuando el comisario de una exposición es, además, quien dirige el museo, centro de arte o fundación donde se realiza, son escasas las voces que cuestionan la enjundia de su propuesta. Independientemente de que sea una gran persona, un zafio, un buen profesional o un ser despreciable, que su labor sea brillante o infausta, su trato amable o despreciable, su discurso interesante o vacuo o que su verdadera vocación sea la de alpinista o barrendero, nadie discutirá con el comisario-director porque la institución que dirige sigue siendo una de las plazas donde se consolida la trayectoria de un artista.

Tanto si se trata de un artista mayor como de un artista joven, el paso de una obra por las paredes o salas de una institución artística más o menos prestigiosa significa que el “discurso” que la sostiene ha dado en la diana de los gustos del comisario-director. Justo en la diana que debía dar. Lo cual no quiere decir que la obra sea buena o mala, motor de pensamiento o de impasibilidad o, simplemente, que el artista se lo merezca. Significa que la estrategia diseñada por el director de la institución y los motivos que le han llevado a contar con dicha obra son tan necesarios para la consecución de sus propósitos como fruto de un misterio que no siempre es fácil desvelar. En función de la estrategia diseñada por un director en lo que se conoce como “su programa”, el artista cuya obra ha sido llamada a formar parte del mismo se beneficiará de un punto más en la solidez que necesita para considerársele un creador interesante, ejemplar, modelo, imprescindible y top. Es decir, lo más.

Si un artista, ya mayor, no consigue dar en la diana que le garantice un hueco en la programación de un museo, se entiende que su obra quizá no es tan buena o que (sólo) está a la altura de sus propias ambiciones, no de las del director del centro. Por otro lado, si un artista, pasada la edad-de-la-emergencia, no consigue que su obra sea vista en una institución de prestigio, se entiende que es debido a que todavía está en ciernes, es poco interesante, no se adscribe a ninguna onda curatorial, quien escribe sobre ella apenas tiene repercusión, es invisible en colecciones públicas y privadas o está a la altura de unas ambiciones tan altas que, a menos que (el artista) se modere, no va a tener demasiadas oportunidades. En razón de la importancia que tiene una institución y de los beneficios que puede reportar a la trayectoria de un artista, su galería, sus coleccionistas, la cohorte de comisarios y críticos que le siguen, etc., el hecho de que el comisario de la muestra sea el propio director del espacio consolida, todavía más, la apuesta de la institución en favor de este artista. Y es que, además de exponer en un sancta sanctorum del arte contemporáneo (occidental), lo hace de la mano del cardenal de la diócesis.

El proceso de realización de una exposición, en cualquiera de sus modalidades, no es un camino de rosas. Y es que, si en los momentos iniciales, apenas hay rastro de mal rollo, es durante el proceso que no tarda en aparecer lo que se conoce como problema o, mejor dicho, EL PROBLEMA. Se derive de cuestiones económicas, conceptuales, estratégicas, sociales, profesionales, de derechos, de propiedad intelectual, de amistad, textuales, de reproducción o de lo que sea, la llegada del problema entorpece el buen entendimiento que siempre es deseable para el desarrollo de la exposición. Algunas veces -no siempre- hasta el punto de acabar con ella. Pero esto ya es otra historia.

Como buen conocedor de este peligro y de la conveniencia de mantenerse al margen de cualquier conflicto, el comisario-director del museo procura, desde el inicio del proceso de producción, que esté presente en cada reunión con el artista la persona encargada de coordinar la exposición, la que hará de filtro cuando las cosas se tuerzan y estará dispuesta a hacer todo lo posible -y lo imposible- para que la exposición salga bien y de acuerdo a los pactos establecidos entre el comisario-director y el artista. Es decir, entre la institución y el artista. La fantástica persona que siempre está y que a menudo es vista como un hada madrina, suele ser una mujer. Pero esto ya es otra historia.

Una vez se inaugura la exposición todo el mundo suele estar la mar de contento: el comisario-director por añadir otro punto en la escala de valor tanto de la obra del artista como de su prestigio, de la institución que dirige o de su propio poderío en el sistema del arte nacional e internacional (esto depende del nombre del artista, no tanto del suyo); el artista por poder demostrar con ejemplos fehacientes lo imprescindible y necesaria que es su obra, su arte y, en general, su existencia; la coordinadora de la exposición por haber sabido sobrellevar el significado de estar en medio de un fuego cruzado; y el público asistente por el hecho de ver la exposición de un artista tan interesante que hasta el museo le hace una exposición. Son tan pocas las voces críticas que cuestionan la muestra que, cuando las hay, su volumen queda ensordecido por la estruendosa promoción que pone en marcha la institución. Pinchan tanto las voces críticas como lo hace un alfiler en el talón de un elefante. Cuando la exposición finalmente ve la luz, nada de lo que hay detrás tiene importancia. Sólo importa lo que se ve. Los trapos sucios, si los hay, desaparecen automáticamente por el efecto blanqueador de la exposición una vez inaugurada.

El comisario que, además, dirige el museo donde se muestran sus exposiciones es un ser respetable mientras mantiene el poder que le otorga la institución. Tan pronto como la institución decide prescindir de sus servicios -no renovándole el contrato o invitándole a dimitir- o el comisario-director decide apearse del barco -para seguir su propio rumbo por otro tipo de derroteros-, éste se convierte en un ser mortal, es decir, en un comisario a secas y, en consecuencia, en carroña fresca para hienas hambrientas. El resto, ya se lo pueden imaginar. Para evitar caer en el olvido y no tirar en saco roto el recuerdo de sus días de gloria en el seno de una institución con-cosas-que-decir, existe una asociación de directores de museo que garantiza y reconoce sus méritos en virtud de la dirección que ejercieron. De poco o nada importa que hayan dejado de dirigir. Lo que importa es que lo hicieron.

Comisariar una exposición teniendo en la mano el mango de la sartén es algo que no todos lo llevan igual de bien ni por lo que todos pueden pasar. Se necesita ser de una madera especial, saber qué significa ser curador institucional, entender el museo como una máquina pero también como un templo para las máquinas, ser capaz de infundir valor a tus propuestas, tener tragaderas hasta decir basta, no padecer prejuicios morales, gestionar la ética adecuadamente y estar disponible para atender a quien te promocionó -los patronatos, el mundo empresarial, un cierto coleccionismo, etc.- como candidato al Olimpo del arte. Todo el tiempo. Personalmente, que el director de una institución comisaríe exposiciones en el espacio que dirige me parece comprensible si sólo lo hace de vez en cuando. En la medida en que informa al respetable acerca de lo que piensa a través del ejemplo de una exposición, no sólo lo creo necesario sino imprescindible. Lo que ya no parece tan razonable es que por ahorrarse unos dineros apelando a la precariedad, impedir que alguien le pueda hacer sombra o querer seguir engordando un ego que ya no cabe en el recinto, sea él el encargado de comisariarlas casi todas. Una cosa es dirigir y otra muy distinta es comisariar. Y según entiendo lo que debería ser el comisariado, creo que es el trabajo en libertad lo que mejor saca a relucir las interioridades del arte, los recovecos del pensamiento, la razón de ser de un artista, la necesidad de la creación. En la medida en que los intereses que concurren en el diseño de la programación de un museo son insondables, no creo que esa libertad sea precisamente lo que garantice quien configura esa programación, es decir, el comisario-director.

Para comisariar una exposición es necesario que, en la medida de lo posible, entre el artista y el comisario -del tipo que sea- se dé una relación de tú a tú, no una relación de usted a tú. No se trata de estar por encima del otro ni tampoco por debajo, se trata de estar dispuesto a aprender del otro, a negociar las dificultades, a disfrutar los logros y a entender que en este mundo no somos nada sin el otro. Tampoco nadie.

Comisario-filósofo (o intelectual o profesor respetado o docente, etc.)

Cuando el comisario de una exposición procede del ámbito del pensamiento -uno de los ámbitos de procedencia del ejército de los diletantes comisariales, pero mucho más culto- los proyectos que realiza con frecuencia son ilustraciones de los temas que investiga. De modo que “su exposición”, más que la plataforma desde la que acceder a la obra de un artista o de varios artistas unidos por alguna razón -es decir, lo que se conoce como una exposición colectiva- es como si la tesis de dicho pensador se desprendiera del texto, se tridimensionalizara y nos conminara a acceder a sus cavilaciones desde una perspectiva visual y no tanto textual, es decir, lo que en verdad le es propio. Dicho de otro modo, es como si, gracias a unas gafas 3D, se nos permitiera viajar, como-quien-no-quiere-la-cosa, por los meandros de un pensamiento abstracto o desde el otero de la elaboración de una tesis.

Las exposiciones comisariadas por profesionales pertenecientes al ámbito del pensamiento son interesantes por lo que generan a nivel textual y no tanto por lo que aportan a nivel visual. Por mucho que se esmeren en trabajar codo con codo con los artistas, no se pueden seleccionar obras o aprehender el espacio de exposición con los mismos recursos con que se argumenta las tesis de un ensayo. La sensación que se tiene casi siempre frente a la exposición ideada por un comisario-filósofo es que la cosa se le ido de las manos o, más bien que nunca llegó a sus manos y se sobredimensionó en su cráneo. Tanto para arriba como para abajo. Algo que nos viene a confirmar que hay exposiciones que es mejor que permanezcan en formato libro, o que hay gente muy válida para hacerlas incluso mucho mejor.

Considerado como apéndice de un ensayo y desarrollado casi siempre como un proyecto editorial ajeno al universo de las artes visuales, el catálogo de la exposición orquestada por este tipo de comisarios nos transporta tan lejos de lo que perciben nuestros ojos que, al tiempo que se convierten en textos referenciales, impiden entender la necesidad de su propuesta expositiva.

Si, como antes hemos dicho, no es lo mismo dirigir un museo que comisariar una exposición, tampoco es lo mismo pensar que comisariar. El hecho de que, a nivel conceptual, se haya adquirido un cierto prestigio y que por esta misma razón el pensador merezca todos los respetos, no debería llevar a suponer que, a nivel comisarial, deba brillar con la misma intensidad. Para el comisario-filósofo, hacer una exposición vendría a ser como un divertimento capaz de proporcionarle el descanso que necesita en sus tareas reflexivas. Un kit-kat, una fruslería. Y como tal se toma esa tarea. Por esa suerte de proximidad comunicativa tan propia de las tareas comisariales, al pensador le va muy bien distanciarse del mundo de las ideas y tocar tierra a partir de realidades de corte más pragmático.

Por bien que en el desarrollo de un “comisariado conceptual” la torpeza más pragmática pueda hacer acto de presencia, el comisario-filósofo tiene muy claras algunas cosas:

– que la persona que, por parte de la institución, se le ha asignado para trabajar junto a él está suficientemente capacitada como para resolver todo tipo de cuestiones técnicas y mundanas, aquellas que él no controla porque no pertenece a este mundo
– que tras su aventura comisarial regresará de nuevo al hábitat natural de su pensamiento convencido de que este episodio puntual jamás hará sombra a la abstracción de sus ideas
– que si ha sido invitado por la dirección de un museo es por la contundencia, actualidad y pertinencia de su pensamiento y que, con independencia de lo que acabe haciendo, tanto él como la dirección estarán encantados. Bueno, él un poco más porque, además, le habrán pagado por lo que mejor sabe hacer: pensar.

No son pocos los artistas cuya práctica gana activos -a veces muchísimos- con la contribución de un comisario-filósofo al contenido de su obra. Como si se tratara de un ejercicio de parasitación mutua, tanto el comisario como el artista suelen estar la mar de contentos al brindárseles la posibilidad de vivir conjuntamente una experiencia expositiva que a veces entienden en términos de aventura. Aunque para el artista no signifique la exposición de su vida -o sí, ¡quien lo sabe!- ni para el comisario-filósofo un proyecto tan brillante como su último ensayo -o sí, ¡quien lo sabe!– tanto el uno como el otro obtendrán beneficios en este negocio: el artista, en la medida en que su obra se rodeará de un halo reflexivo hasta aquel momento insospechado y el comisario-filósofo en la medida en que, contando con la colaboración de un artista conocido o la complicidad de un artista mediocre -por lo general, amigo suyo-, habrá conseguido ilustrar sus tesis con imágenes de curso legal en el universo del arte, para él, un hermano menor.

Comisario-joven

Cuando un comisario de exposiciones es joven y empieza a introducirse en el universo del comisariado lo vive todo con tanta pasión como cualquiera de su generación al introducirse en el ámbito profesional que desea. Se trata de una época en la vida de cada uno en la que parece que se ha nacido para una sola cosa: comerse el mundo. Sin pan ni agua ni vino ni Coca-Cola. Se trata de una sensación que no tarda en amainar a medida que se avanza hacia el camino de la madurez, y es mejor que sea así porque, de lo contrario, es el mundo quien se come a uno.

Como cualquier persona que asoma la cabeza en lo que podría ser su futura profesión, el joven comisario tiende a ignorar el pasado hasta el punto de que, antes de él, parece que apenas nada hubiera existido: ni el comisario, ni el comisariado, ni los artistas, ni, por supuesto, la vida en general. El modo en que un joven (comisario o no) vive desenfrenadamente todo lo que hace suele pasar por no entender que, anteriormente a él, también hubo quien se consideró la viva imagen de un tsunami. Es lo que hace que durante la juventud comisarial los temas que se desarrollan cada vez que se puede -es decir, como trabajo de fin de grado, en una sala de arte joven, en un concurso de comisariado emergente, en un espacio auto gestionado, en el patio de una casa, etc.- casi siempre sean los mismos. Es decir, temas vinculados a los aires del tiempo que vive o le toca sufrir -según sea, el comisario, un moderno o un romántico empedernido-, a las últimas tendencias en el mercado del arte, a lo más transgresor a nivel social, económico, de género o “estético”, a lo más novedoso desde el punto de vista formal o conceptual, a lo más recurrente de todos los tiempos, a lo más inmediato a su propia vida, sus gentes, sus amigos y sus seres queridos, a nada en particular -como actitud tipo punk- y con un nivel de reflexión tan peculiar como dotada de aquella falta de experiencia que hace que lo que hace, comisarialmente hablando, no se le tome demasiado en cuenta. Y es que tanto si interesa como si no, lo que siempre aporta un comisario joven a la sociedad -como un artista joven, como cualquier joven- son las dosis justas de frescor e ingenuidad que se requieren para que la vida en general no sea tan triste, burocratizada, gris, vetusta, caduca y casi muerta.

El comisario joven, a la hora de concebir sus proyectos curatoriales, suele trabajar con artistas que le son afines, artistas jóvenes que, como él, lo viven todo como si no existiera un mañana. Las veces que trabaja con artistas un poco más establecidos son puntuales y a menudo consecuencia de la intermediación de un contacto-puente. La falta de experiencia del comisario joven y su ambición desbocada, inocente y pretenciosa -algo tan normal como saludable en esta edad- hace que los artistas con un poco más de trayectoria prefieran trabajar en proyectos con más enjundia y no tanto de corte experimental. Si aceptan participar en una exposición comisariada por un joven suele ser con obra realizada o perteneciente a su galería o colección pública o privada. Y en muchos de estos casos el comisario ni habla con el artista.

Como imanes que se atraen, quienes pertenecen a una misma generación se entienden tan a la perfección que a veces no hace falta ni que se digan una sola palabra. El grado de compenetración que existe entre un comisario joven y un artista joven es de tal magnitud que a la que aparece un problema – es decir, EL PROBLEMA- nunca es responsabilidad de ninguno de los dos sino, ¡cómo no!, de la institución que acoge la propuesta artística, nunca exposición, ya que suelen tener muchas reservas a la hora de llamar a las cosas -lo que hacen- por su nombre.

Trabajar curatorialmente con formatos no convencionales es tan estimulante y difícil como también muy propio de la juventud. Ahora bien, si como apunta David Balzer -citando el programa de estudios curatoriales del Bard College de NYC y que yo subscribo- lo que hace interesante una muestra no es tanto el nivel de experimentación con la forma y la estructura sino con las maneras de compartir el contenido de una obra de arte mediante la creación de un marco adecuado para cada contenido, estaría bien que, desde el inicio de cualquier propuesta, el comisario joven tuviera claro que la forma se debe al contenido y no al revés. De este modo evitaría inventar lo que, en lugar de iluminar el arte, embarra el camino por el que avanza lentamente.

Al poder compartir con artistas de una misma generación -en especial, cuando se es joven- los problemas que aparecen en torno a una exposición, es muy probable que el artista siempre se ponga del lado del comisario. Y es que al existir entre ambos un grado tal de comprensión, camaradería, buen rollo y hasta incluso amistad, el nivel de solidaridad que existe entre ambos suele alcanzar unos límites insospechados. Casi irracionales.

Aunque el comisario joven no sea muy consciente, cuando alguien -principalmente una institución- confía en él para la realización de una exposición no es porque le haga la exposición del siglo -que puede pasar- sino para que, haga lo que haga, aporte la dosis de renovación que se necesita para que el sistema del arte siga en vida y ajeno a la muerte anunciada sin sosiego por la cansina madurez de quienes están de vuelta de todo. Es decir, los adultos. En esta misma línea se podría decir que, aunque el artista joven casi nunca es consciente de ello, cuando alguien se fija en él no es tanto porque crea que su obra cambiará el mundo sino por intuir que, detrás de ella, late la personalidad de una mirada singular dispuesta a observar, digerir y hablar del mundo desde una perspectiva clara, honesta, coherente, sincera, sin prisas pero tampoco sin pausas.

Cuando un comisario joven aterriza en el circuito del arte contemporáneo en compañía de artistas de su generación -es decir, haciendo piña o en modo grupo de fans- no se le ve tanto como comisario sino más bien como amigo. Y como tal, se le permite y perdona casi todo. Aunque la irrupción de un comisario en la vida profesional de un artista acontece principalmente de forma circunstancial, no es la profesión lo que les acerca sino el hecho de que, entre ambos, se comparten las mismas dudas, consideraciones, cavilaciones o certezas. En especial, en relación al mundo hacia el que (ambos) dirigen sus carreras. Se trata de un mundo del que, desconociéndolo casi todo, es el objetivo sobre el que construyen sus más altas ambiciones. Saben que si no les pasa durante su juventud, difícilmente se les brindará una segunda posibilidad. De modo que empezar a transitar por el vía crucis del arte acompañado de tus colegas, siempre es mucho más llevadero que hacerlo solo y/o desde los márgenes.

 

(p.d.: agradezco la lectura y comentarios de Eva Muñoz)

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Sobre el comisario, el comisariado y demás derivas curatoriales. (1)

De un tiempo a esta parte no son pocas las veces que en boca de artistas, gestores u otros miembros del paisanaje artístico de nuestro país, han llegado a mis oídos o a mi vista palabras y textos cuestionando la función del comisario, su papel en el engranaje del circuito del arte, su buena o mala profesionalidad, su fantástica o nefasta gestión, su estrellato o cómo se estrella, su voluntaria o involuntaria invisibilidad o el calado de su discurso profesional en razón de su independencia, juventud, senectud, vinculación con la gestión cultural, relación con un museo, un centro de arte o una fundación o en base al activo de su procedencia como artista, escritor, poeta, músico, científico, periodista cultural, trabajador o, simplemente, un buen amigo. Se trata de un tema, el del comisariado, tan adulado y odiado a partes iguales que la estabilidad de los argumentos que se esgrimen para ensalzarlo o triturarlo no siempre son fáciles de discernir, por mucho empeño que se ponga en ello.

Como el tema en cuestión no me deja impasible hace unos meses me propuse escribir un texto con la intención de discernir en qué punto me hallaba en relación a todo ello. Poniéndole palabras al modo en que percibía cómo se desarrollaba el comisariado en el ámbito que me resulta más familiar -es decir, el que palpo con más conocimiento de causa, el que tengo cerca, un ámbito de alcance más bien local- quizá podría entender qué era para mí un comisario y sus derivas curatoriales.

El texto que viene a continuación -el primero de una serie que irá apareciendo progresivamente- es una reflexión articulada desordenadamente y a la manera de un rizoma, la estructura que refleja con más claridad la forma que esta profesión dibuja en mi cerebro. Es decir, la de un tallo subterráneo con yemas creciendo indefinidamente de forma horizontal y emitiendo, desde sus nudos, raíces y brotes herbáceos que, en el curso de los años, permitirán que mueran las partes más viejas para que crezcan los brotes nuevos, los encargados de cubrir grandes áreas de terreno. Así, en general.

Si el tema del comisariado, como hemos dicho, levanta pasiones pero también entierra indiferencias es porque todo es muy distinto cuando un comisario aparece en escena. En especial, cuando se trata de un personaje influyente y su radio de acción se dice que alcanza unos límites estratosféricos. El halo que desprende un comisario en base a esta suposición se nutre, en buena medida, de lo que aportan quienes le rodean, están con él o son “sus amigos”, aunque a veces -quizá muchas veces- es el propio interesado quien se encarga de alimentar su propio mito. Se trata de una maniobra, la del autobombo, capaz de alcanzar gran relevancia cuando el susodicho ejerce en régimen de autónomos y al margen del paraguas que siempre ofrece una institución.

Por ser verano y disponer de mucho tiempo, le seguía dando vueltas a este tema cuando dejé caer entre mis manos un ensayo de David Balzer titulado Curacionismo. Cómo la curadoría se apoderó del mundo del arte (y de todo lo demás), publicado en 2014. No es que el tema me interesara de repente ni mucho más de lo que siempre me ha interesado. Sucede que el título me atrapó y que, a partir de este momento, poca cosa pude hacer. Hojeándolo, además, vi que el prólogo se consagraba a desvelar el siguiente enigma: “Quién es HUO?” -es decir, Han Ulrich Obrist, paradigma del comisario estrella internacional.

Conocí a HUO a principios de los años 90, cuando quienes se reían de él eran tantos como los que le halagaban. El comisario-futura-estrella se hallaba al inicio de su carrera y casi siempre se le veía acompañado de Harald Szeemann, el fundador del comisariado independiente, el gran hacedor de exposiciones conceptual, el vestigio de un curacionismo que ahora mismo es completamente inviable. Era tan intensa la conexión que existía entre ambos que había quien decía que (HUO) no tardaría en quitarle el puesto a su padre putativo, su progenitor profesional. ¿Qué puesto?-me preguntaba yo, que en aquel momento también me hallaba al inicio de mi carrera.

Aunque me despertaba cierto interés, nunca traté a HUO más de lo necesario y de modo cordial. Aparte de no saber muy bien qué decirle creo que el perfil de persona que le interesaba era el que le garantizara un peldaño más en la escalera de un propósito que, a todas luces, distaba del mío. Debido a este pequeño desajuste, creo que de mi no debe saber absolutamente nada. Desde mi ignorancia y simplicidad, siempre he pensado que nacemos para ser singulares y diferentes y que cualquier intento en parecer otro puede acarrear desagradables sorpresas. Mi interés en HUO, en consecuencia, no se debía tanto en querer parecerme a él como por lo que tenía de singular su forma de ser y actuar. Aunque el aura de este comisario nunca sospeché que alcanzara el nivel que ha adquirido, no creo que, habiéndolo sabido, mi relación con él hubiera sido distinta. En todo ello, también existe una importante cuestión de química.

Seguir tirando del hilo a través del ensayo de David Balzer -crítico, editor y profesor de arte canadiense de quien, hasta ahora, nunca había oído hablar- no es fruto de un capricho sino de lo que iba barruntando sobre el modo en que se generalizaba en torno a la figura del comisario, un profesional tan crucial y prescindible, como controvertido e inasible. Mi intención, al querer seguir indagando en ello, no era tanto llegar a una conclusión como poner palabras a lo que, para mí, eran maneras de abordar el comisariado en función del contexto en que se desarrollaba, la edad del comisario, la procedencia del susodicho, los intereses de la persona, la frecuencia con que ejercía, la profesión por la que se le conoce o las razones que le erigieron en comisario sin tener idea de qué iba la cosa. Porqué, estarán conmigo, recopilar cosas, conectarlas y compartirlas con un público de forma que le posicione a uno como creador de gustos y tendencias, por muy cool y divertido que sea, no tiene nada que ver con ser curador. Básicamente, porque no curan nada.

De los textos que, hasta la fecha, he podido leer en relación al comisariado, es el de Balzer uno de los que me ha parecido especialmente brillante. El análisis que hace partiendo de una cuestión puramente terminológica para abordar, basándose en el compromiso de la vanguardia con lo novedoso, el modo en que, tras la rotura de moldes por parte de la museografía americana de los años treinta (Alfred Barr), se abre paso a lo que será la figura del comisario independiente o hacedor de exposiciones (Szeemann) y organizador, con pleno derecho y libertad, de la creación y articulación de un pensamiento que se gesta en un contexto desprovisto de explicaciones, me resulta tan revelador como, creo yo, de lectura obligatoria para futuros comisarios-kamikaze. Aunque la posición de Balzer, durante todo el ensayo, transita con elegancia por el sendero de una sabia digestión de datos, una enorme capacidad de relación, una abundante información de primera mano, la distancia justa con el contexto canadiense -su hábitat natural- y ejemplos claros y concisos de lo que está contando en cada momento, nada permite asegurar con certeza cuál es la opinión del ensayista en relación al tema que aborda. En consecuencia, si se intuye que al comisario no le augura una larga vida debido a los cambios de paradigma que experimenta nuestra sociedad y que, al margen del arte y el comisariado, tienen más que ver con nuestros modos de entender y aprehender el mundo que con los de, simplemente, estar en él, invita a que sea el propio lector quien saque sus conclusiones y acarree con sus consecuencias a pesar del panorama que traza. Un ejercicio de una gran generosidad -el de Balzer- habida cuenta del hermetismo que embarra la complejidad del universo comisarial.

Tras la lectura de este ensayo y desde un terreno más cercano, a mí, a bote pronto, se me antojan dos tendencias a la hora de abordar la figura y labor del comisario: la tendencia A y la tendencia B. Dos tendencias tan polarizadas que hacen que yo, personalmente, no me incline por ninguna de las dos. Creo que la vida se colorea en base a infinidad de matices y que reducir su potencial al blanco y negro es, por bello que sea, una manera de ver las cosas que ahora mismo no me interesa.

Tendencia A:
En vista del entusiasmo que despierta cada vez que sale el tema, se diría que, en términos generales, un comisario de exposiciones es el profesional que aparece en la vida de un artista para hacer de ella un camino de rosas. Atraído por el interés que despierta su obra, el comisario se acerca a un artista para establecer con él una relación profesional. Cuanto más buena sea la relación, mejor será lo que surja entre ambos. Y si la cosa anda bien -porque se entienden sin malos entendidos- puede que, hasta incluso, lo profesional derive en personal. Es cuando se fragua lo que se conoce como amistad. Pero esto ya es otra historia…

Cuando el comisario y el artista se entienden tan bien que todo lo que hacen (respectivamente) les parece (respectivamente) estupendo, pertinente, interesante y de inenarrable valor intelectual, formal y conceptual, puede que llegue el día en que el comisario le proponga al artista realizar una exposición. O que sea el artista quien proponga al comisario acompañarle en la exposición que le han pedido que haga. Independientemente del espacio donde se realice –a saber: un museo de arte contemporáneo, un centro de arte, una sala de exposición, el salón de una casa, una fábrica desvencijada, un centro cultural o un espacio auto gestionado- el comisario y el artista aceptarán la propuesta sin ningún tipo de problema. Saben, respectivamente, que son las personas más adecuadas para acompañarse mutuamente. Se trata del momento en la vida entre un comisario y un artista que se podría identificar con lo que comúnmente se conoce como amor, o historia de amor, un típico enamoramiento.

Obviando que entre las funciones del comisario se halla, probablemente, la articulación de discursos más o menos intelectuales, el ejercicio de una escritura más o menos afortunada, el sentido de determinación y conocimiento suficientes como para conceptualizar una exposición, la habilidad en localizar el espacio más adecuado, conocer de primera mano la logística de una exposición, seleccionar a los artistas más adecuados -es decir, no sólo a los amigos-, saber gestionar un presupuesto, entender de estrategias de difusión y programación pública, estar presente durante el montaje de la exposición y, para terminar, supervisar el proceso de desmontaje para que no quede nada en el aire, parece ser que lo que más motiva al comisario es dar rienda suelta a su capacidad de negociación, alimentar su deseo de aprender, hacer lo posible para que todo sea fácil, animar en todo momento para que las cosas salgan estupendas, conseguir hacer amigos como no puede ser de otro modo, actuar como un profesional como la copa de un pino y desear que el artista no dude en promocionarle, no sólo como amigo sino también como el mejor comisario.

En la hoguera de las (ignífugas) vanidades artísticas, el comisario de exposiciones es un ser tan iluminado que se le respeta casi tanto como al mismo artista. Y si esto es así es porque sin el comisario pocas cosas tendrían sentido: ni el artista sabría cómo orientar su carrera, ni la crítica cómo focalizar el interés de una obra, ni el galerismo cómo apostar por un artista y no otro, ni los directores de museo cómo hacer para mantenerse al día, etc.

Nadie duda de que, sin el comisario, todo sería radicalmente distinto. En especial, en el mundo del arte.

Tendencia B:
En vista de la animadversión que despierta cada vez que sale el tema, se diría que, en términos generales, un comisario de exposiciones es el ser despreciable que irrumpe en la vida de un artista para hacer que su existencia se despeñe por un camino de espinas. Atraído por el interés que despierta su obra, el comisario se acerca a un artista para chuparle la sangre como si fuera un vampiro. Es tal la inquina que le tiene que cuando mejor parece que van las cosas, más confuso y negativo deviene lo que surge entre ambos. Y si la cosa sigue así, es decir, a base de de malos entendidos, puede que la batalla que se libre entre ambos ya no tenga solución. Es cuando se fragua lo que se conoce como enemistad. Pero esto ya es otra historia…

Obviando que entre las funciones del comisario se halla, probablemente, la articulación de discursos más o menos intelectuales, el ejercicio de una escritura más o menos afortunada, el sentido de determinación y conocimiento suficientes como para conceptualizar una exposición, la habilidad en localizar el espacio más adecuado, conocer de primera mano la logística de una exposición, seleccionar a los artistas más adecuados -es decir, no sólo a los amigos-, saber gestionar un presupuesto, entender de estrategias de difusión y programación pública, estar presente durante el montaje de la exposición y, para terminar, supervisar el proceso de desmontaje para que no quede nada en el aire, parece que la razón de existir del comisario no es tanto negociar como imponer su criterio, no es tanto aprender como enseñar, no es tanto facilitar como impedir, no es tanto animar como fastidiar o no es tanto hacer amigos como convertir la vida de un artista en un infierno insoportable, un carrusel de desgracias inhumanas.

En la hoguera de las (ignífugas) vanidades artísticas, el comisario es un apestado y el artista se lo merece todo. Y si esto es así es porque, sin el artista, pocas cosas tendrían sentido: ni el comisario sabría donde meter su zarpa, ni la crítica su nariz, ni el galerismo su buen hacer, ni los directores de museo la gestión de su poder, ni los gestores sus cortados a media mañana, ni los jurados su razón de existir, ni los premios su mala consciencia, etc.

Nadie duda de que, sin el artista, todo sería radicalmente distinto. Sobre todo, en el mundo del arte.

Frente a semejante contraste y disparidad de opiniones, loando o triturando la función del comisario, son muchas las preguntas que, a quien le interese, se pueden formular. A mí se me ocurren unas cuantas pero como creo que responder a cualquiera de ellas puede ser tan complicado como generador de confusiones, lo que va a venir a partir de aquí no es más que un listado, más o menos afortunado, de algunas de las tipologías comisariales que ahora mismo circulan por nuestro campo. Seguramente hay muchas más.

Si comprendemos que las formas que articulan la (indescriptible) razón de existir de un comisario imposibilita la homogeneización de la profesión, quizás lleguemos a la conclusión de que, como tal, el comisario no existe. Lo que existe, en su lugar, es el perfil de un profesional del arte que, siendo ducho en el bricolaje, el cuidado, la custodia, el conocimiento u otra especialidad relacionada con el valor que se le otorga a una obra, posee la suficiente inteligencia flexible y de aprendizaje para apostar por lo que cree y no cohibirse, en absoluto, a la hora de afrontar la naturaleza problemática de su posición. Por todo ello y, sin duda alguna, por mucho más, parece ser que el comisario está autorizado a acompañar al artista en la compleja tarea de mostrar en público la diversidad de una obra que, desde que ingresamos en la era del conceptual, a menudo requiere una explicación por la intangibilidad de unas ideas carentes de correlato objetual.

Según la plataforma desde la que el comisario acompaña el artista -es decir, desde su posición o de la del artista, de la institución que le respalda, del prestigio del espacio, etc.- no sólo los resultados serán unos u otros sino que también se puede ver afectada su credibilidad profesional, su validez como experto, su rigor “científico”, su sentido del humor, su labor como curador, la luminosidad de sus respuestas, su nivel de generosidad, el buen hacer de lo que hace, etc. es decir, aquel tipo de cualidades humanas que nos hacen persona. A todos.

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Carme Sanglas, “Un mundo silencioso”, Canónica de Santa María de Vilabertrán vs Ramón Guillén-Balmes, “Petita Pol.lució en el Pallars Jussà”, Canónica de Santa María de Mur. O viceversa.

Es curioso: en los últimos seis meses he visitado un par de canónicas agustinianas debido no a mi interés hacia este tipo de construcción religiosa sino por seguirle la pista a un par de artistas contemporáneos. En ambos casos, las canónicas ya estaban allí, en su lugar, es decir, mucho antes de que llegáramos tanto los artistas como yo. En ambos casos, también, los artistas permitieron que me acercara a sendas canónicas desde perspectivas muy distintas, observándolas con otros ojos.

Actuando sobre el silencio de una canónica con la mirada puesta en el presente, el futuro que se abre entre quien estima este tipo de combinación transtemporal y las sillas de unos muros tan ancladas en el pasado, permite entender que lo que trasciende el tiempo tiene el poder de revelar sugerentes sorpresas.

Hasta la Canónica de Santa María de Mur, en el Pallars Jussà, llegué un día de otoño siguiendo el rastro de Ramón Guillén-Balmes (Cornellà de Llobregat, 1954). El artista, fallecido en 2004, había llegado hasta aquel lugar moldeando una obra que se construía en once episodios. Petita pol·lució en el Pallars Jussà, la obra en cuestión, consistía en una propuesta artística de carácter participativo, una de estas obras que conciben los artistas en colaboración de terceras personas. En este caso de once personas. O, para ser más precisos, de once mujeres en edad fértil.

La idea de la obra concebida por Ramón Guillén-Balmes en el marco de unas jornadas sobre Arte y Paisaje, organizadas en esta comarca pre pirenaica a principios de los años noventa, consistía en enterrar/plantar, a poco más de un metro del suelo y en distintos lugares de la zona, una pequeña pieza circular con el nombre de cada mujer escrito en una de sus caras. Cada una de las once mujeres debía hacerlo en el lugar que quisiera, el lugar que más le gustara y las acciones que se llevaron a cabo fueron registradas en sesiones fotográficas, en unas sesiones de las que sólo se salvaron cuatro fotografías. Cuatro fotografías por intervención, es decir, cuarenta fotografías en total. Cuatro fotografías por mujer: una grande, mostrando el lugar de cada intervención, vacío, con el rastro de la acción, todavía fresco, en el suelo y tres fotografías pequeñas registrando el proceso de realización de cada intervención en tres momentos distintos. No todas las mujeres debían tener la misma relación con Ramón. Con alguna de ellas se conocían desde hacía tiempo, con otras en absoluto. No era una condición indispensable que se conocieran a priori. Lo que más deseaba Ramón era comunicarse con alguien. Comunicarse hablando, comunicarse a través de una obra. Y el artista optó por una obra. Por algo lo era.

Siguiendo el rastro de las diez intervenciones que se llevaron a cabo durante un periodo de una semana aproximadamente -la intervención número once quedó en el aire, pendiente de que quien debía hacerlo alcanzara una edad fértil- además de conocer un paisaje que, como el del Pallars Jussà, quita el hipo a quien se le acerca, no sólo pude ver de cerca el fruto de diez obras/semilla plantadas para dar pie a una comunicación postrera, sino que vi lugares hasta entonces desconocidos y que supusieron, para mí, un verdadero descubrimiento. Uno de ellos, la Canónica de Santa María de Mur.

Consagrada en 1069 e impulsada como lugar de enterramiento por y para el Conde Ramon IV de Pallars Jussà y su esposa, Valença Mir, la Canónica de Santa María de Mur lo configura un conjunto de edificios que, desde antes de la secularización de las canónicas en 1592 y su posterior abandono a lo largo del s. XX, está formado por una iglesia del s. XI, un pequeño claustro del siglo XII de planta rectangular y dependencias anexas destinadas a diferentes usos. La iglesia, de estilo románico lombardo con tres naves y sin transepto, contaba, hasta 1915, con pinturas murales de gran valor desgraciadamente arrancadas de su lugar y transportadas hasta los espacios donde se reparten en la actualidad: el Museum of Fine Arts de Boston, en Estados Unidos y el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona.

Si el conjunto arquitectónico de esta canónica posee la belleza que se fragua en el silencio de unos muros grabados con la impronta del tiempo, otro de los atractivos que convierte este espacio en un lugar de ensueño, es el enclave donde se halla: en lo alto de una montaña mostrando, a sus pies, un paisaje conmovedor. Un mirador natural. Un balcón a la espalda de un ábside, junto a un pequeño cementerio poblado por no más de diez lápidas. El lugar escogido por la comisaria independiente Gloria Picazo para enterrar/plantar su polución. Una de las once de Ramón Guillén-Balmes, a la sazón, su amigo.

El motivo por el que fui hasta allí, muchos años después.

 

Hasta la Canónica de Santa María de Vilabertrán, en el Alt Empordà, llegué ayer, un domingo de agosto, siguiendo el rastro de Carme Sanglas. La artista, nacida en Barcelona en 1953 pero residente en Ordis desde 1986, presenta en una dependencia de este enclave fechado desde el 969 pero consagrado en 1060, una selección de obra muy representativa de la singularidad del vocabulario con que se expresa y que Sanglas articula, esencialmente, sobre la base de tres ejes:

– un lenguaje iconográfico, próximo a un simbolismo de corte delicado y ancestral, capaz de conectar con el espectador a través de una espiritualidad que se gesta al margen del espacio y el tiempo
– la revisión y actualización de diversas técnicas artísticas tradicionales como el temple, para algunas de sus pinturas, y la terracota, para alguna de sus obras tridimensionales, en especial, las de pequeño formato
– y un cromatismo de tonos cálidos, terrosos y atávicos aplicados sobre soportes tan variados como la madera, el papel o el plomo y que la artista combina, en su justa medida, con un material tan especial como el pan de oro, el albor que ilumina lo que, de por sí, se diría que ya tiene toda la luz del mundo. Es decir, su obra.

Formada por una selección de pinturas, dibujos y esculturas creadas en torno a cuatro pilares que fundamentan su obra y que, huyendo de la representación de la figura humana, aborda temas tan sugerentes como la casa, el mar, la tierra y los astros, el mundo silencioso que presenta Sanglas en la canónica de Vilabertrán -comisariada por Carme Sais, Directora del Bòlit de Girona- es un alegato en favor de lo enigmático como vía de acceso al universo del espectador. El timbre encargado de despertar nuestra imaginación de la suerte de letargo en que estamos sumidos desde hace ya demasiado tiempo.

La de Sanglas es una obra pensada para representar cosas y vivencias a partir de una figuración simple y depurada que, a simple vista, nos puede remitir a imágenes pertenecientes a civilizaciones ancestrales. A imágenes procedentes de culturas antiguas del mediterráneo u oriente que, lejos de lo que se encierra entre los límites de una ilustración o una miniatura medieval, la artista trabaja como objetos concebidos para ser percibidos en directo, teniéndolos delante, contemplándolos de frente, conversando con el espectador y permitiendo que el silencio lleve a cabo lo que mejor sabe hacer, es decir, escuchar.

Este gusto por el objeto y el contacto directo con la obra hace que Sanglas, además de “pintar” -escribir poesía muda, como dice Lessing- también esculpa, ensamble o moldee objetos que, evocando igualmente ofrendas, votos ancestrales o, según se mire, casas del alma, permiten entender lo suyo como algo que viene de lejos, que su obra ya existía mucho antes de que llegáramos o como aquello que la artista saca a la luz para evidenciar que la relación que existe entre el espacio puro, el vacío y el silencio es justamente el que emana del objeto. El objeto que acapara la atención del público, nuestra atención.

Por encima de cualquier cosa, en la pintura-de-las-figuras-solitarias de Sanglas impera el orden y nada de lo que representa alberga dudas acerca de lo que es: el agua es el agua, el río es el río, la casa es la casa, la montaña es la montaña, el fuego es el fuego, el astro es el astro y la persona es la persona. Todo lo que brilla en su obra son conceptos esenciales pertenecientes a la lengua del alma, a elementos relacionados con la vida y la muerte, a vivencias ancladas en el pensamiento de la artista con un hilo tendido hacia nuestro imaginario. Se trata de conceptos pensados para ser observados desde el fondo de una gama de grises, cenizas y azules conversando, como quien no quiere la cosa, con finísimas láminas de oro maleable.

Narradora de momentos vitales surgidos de un saber ancestral fiel al relato de una mirada poética y a las referencias vertebradoras de un mundo propio, genuino y personal, Carme Sanglas es autora de una obra cuya aura se configura a partir del concepto de “menos es más”, llega hasta nosotros por vía de lo íntimo, lo simple y lo esencial y echando mano de recursos formales sujetos a la memoria y a una tradición que se pierde en el tiempo, va y resulta que, en su producción, hay algo que nos lanza al fuego que arde en los cuadros de El Bosco, confronta a la expresión de los rostros de ciertas esculturas cicládicas, remite al hieratismo de los bajorrelieves Egipcios, confronta con las miradas de quienes habitan las cerámicas griegas, evoca ciertos símbolos del pasado, nos devuelve a la realidad del presente. Nos sitúa frente a una realidad elemental. La más simple.

El motivo por el que fui hasta allí, un domingo de este mes de agosto.

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Jorge Ribalta. “Ángeles nuevos. Escenas de la reforma de la plaza de la Garduña, Barcelona (2005-2018)”. Palau de la Virreina, Barcelona.

En 1974 decidió instalarse en la Place Saint-Sulpice de París para anotar, en distintos momentos del día, lo que veía, lo que le llamaba la atención. Por algo, por cualquier cosa: las idas y venidas de la gente, los acontecimientos cotidianos de la calle, los animales, momentos de más o menos luz, el paso de las nubes por el cielo, automóviles en el tráfico de Saint-Sulpice, recurrentes autobuses (“un 63 vacío, un 70 lleno”), el paso del tiempo, etc… Permaneció allí durante tres días seguidos y durante todo este tiempo se dedicó a hacer listados de los hechos insignificantes de la vida que acontecían frente a él, junto a él, delante de alguien tan anodino, cotidiano e invisible como todo lo que le rodeaba. La intención de Georges Perec (París, 1936 – Ivry-sur-Seine, 1982), con esta acción expandida en el tiempo, no era hacer algo. Era hacer nada. O casi nada. Porque lo que empezó siendo el cumplimiento de una normativa, una instrucción, algo que el mismo escritor se había auto impuesto, acabó derivando en “Tentativa de agotamiento de un lugar parisino“, un libro seminal en lo que a listar cosas se refiere, en especial, las que ocurren cuando parece que no ocurre nada.

No era la primera vez que Georges Perec se centraba en observar el tiempo, en querer detenerlo, aminorarlo, en desear que las cosas no sucedieran. Y un buen ejemplo de ello lo hallamos en su película “Un homme qui dort“. Sin embargo, lo de este libro es distinto puesto que lo que hace, en última instancia, es exprimir el tiempo al máximo para anotar la realidad, sus gestos anónimos, sus grandes momentos, sus detalles, observar lo micro, visibilizar lo invisible, ponerle rostro a lo imperceptible. Como podría hacer un fotógrafo. Es más, diría que el libro es como un álbum fotográfico o como un texto compuesto a base de fotografías. Una fotografía tras otra, realizadas con lenguaje verbal y compuestas a partir de una imposibilidad. La imposibilidad de no dotar de palabras lo que ve Perec, sentado en un banco, durante tres días, desde una plaza de París.

   

En el año 2005 decidió emprender un seguimiento fotográfico de la evolución de la plaza de La Garduña de Barcelona “atendiendo principalmente a aquellas modificaciones relacionadas con su morfología y sus usos públicos”. A esta empresa le dedicó trece años de observación y el resultado son las cerca de seiscientas fotografías que, desde el pasado 20 de julio, se muestran en el Palau de la Virreina en la exposición titulada “Ángeles nuevos. Escenas de la reforma de la plaza de la Garduña, Barcelona (2005-2018)“. Se trata de otra de las series fotográficas de Jorge Ribalta realizadas en los últimos quince años en torno a la “representación de Barcelona en la era posterior al Fórum de las Culturas 2004, la postrera gran operación urbanística en nuestra ciudad”.

Está claro, pues, que lo de Ribalta son fotografías. Pero también son relatos. Historias de la evolución de un espacio urbano (d)escritas durante largos periodos de tiempo con el ánimo de captar, como también hace Perec, la esencia de lo macro en la imperceptibilidad de lo mínimo, el adn de una ciudad en un papel arrugado al fondo de la plaza, en la sombra de un transeúnte sobre la pared de una calle, en el brazo de un obrero subiendo los andamios de un edificio, en el ala de una paloma justo antes de tocar tierra, en el trazo de un gesto cualquiera.

En base a lo que acabamos de decir, el relato de Jorge Ribalta que se puede ver en la Virreina es sólo uno de los volúmenes de una suerte de investigación que, más que eso, es un modo muy singular de trabajar, una forma de estar en el mundo centrada no tanto en agruparlo todo en torno a una sola y única imagen como en distribuir la médula de un proyecto complejo y vital en tantas imágenes como haga falta y, sobre todo, durante el tiempo que sea necesario. En este caso, tan sólo trece años.

 

Para mostrar las imágenes que componen el volumen elaborado por Ribalta, la exposición se divide en nueve apartados realizados, a su vez, durante el periodo de tiempo que se especifica. Vendría a ser como los capítulos del libro: Recién llegados, 2017-2018; Déjeuner sur l’herbe, 2016-2018; El monasterio de Santa María de Jerusalem y la Dama de la Garduña, 2016-2018; Vivienda social, 2014-2018; Escola Massana, 2015-2017; This is tomorrow calling, what have I lose?, 2015; Parking, 2005-2014; La calle de Cervelló, el otro lado, 2005-2018; Restos, 2005-2009. Se trata de una compartimentación de espacios y tiempos que, para dar debida cuenta de la evolución de la vida y paisanaje del entorno de esta plaza ubicada justo detrás del mercado de la Boquería -el gran parque temático, otrora mercado a secas- Ribalta ha decidido presentar a la manera de una “cronología a la inversa” y arrancar con el inicio del primer curso de la nueva Escola Massana y la llegada de los primeros habitantes a los bloques de edificios circundantes (entre 2017 y 2018) para terminar con las fotografías de la antigua plaza y la trasera del mercado de La Boquería, datadas de 2005. Unas fotos que, para quienes vieron con sus propios ojos lo que reproducen, es probable que les remita aquel olor tan putrefacto y vomitivo que amenizaba el tránsito hacia el parking, en el caso de que se fuera a recoger el coche.

Si el número de fotografías del proyecto podría, a priori, asustar al espectador, les recomiendo que no se amilanen por ello y vayan a ver la exposición ya que creo que se trata de una verdadera lección de montaje expositivo o cuanto menos de cómo instalar semejante volúmen de fotografías en un espacio de exposición. Y lo que me parece relevante, sin aburrir al visitante apenas llegado a la segunda sala. Para que esto no suceda y el espectador se vea impelido a seguir su visita, Ribalta aborda cada uno de los nueve capítulos sobre la base de tres elementos:

1.- Unos textos brillantes, de lectura sencilla y rápida, aportando información bien seleccionada sobre lo que se puede ver en cada sala. En algunos casos, esta información se complementa con objetos, documentos, maquetas, bolsas de plástico, ladrillos o hasta vestigios arqueológicos que permiten expandir el alcance de su análisis a niveles muy apartados de lo que se puede ver a primera vista.

2- Una agrupación de obras, en absoluto anodina, tan rica y variada en combinaciones, formas y contenidos como los temas sobre los que planea la exposición. Junto a grandes bloques de fotografías bien armados, se agradece ralentizar la lectura situándose frente a secuencias lineales, muy poéticas y compuestas de cinco o seis fotografías ocupando una sola pared.

3.- Unas historias, relatos, satélites, latidos que se sienten y/o desprenden, sobre todo, a nivel textual, de las imágenes y que, como la hediondez a la que me he referido hablando de las fotografías de la parte trasera de la Boquería, forman parte del background de cada uno de quienes experimentamos en carne propia la evolución de aquella plaza como bien muestra el artista. Es por ello que si no les apetece o no les da tiempo leer los textos impresos en la pared de cada sala, estaría bien que se llevaran el folleto (gratis) que dan a la entrada para leerlos posteriormente y completar la visión de la exposición en el frescor de sus hogares, junto aire acondicionado o en medio de una corriente de aire. Si es que llega.

 

Si todos los textos me parecen irreprochablemente medidos, equilibrados y aportando datos tanto de orden histórico como poético de gran valor e interés, me voy a permitir reproducir el fragmento de uno de ellos que me parece especialmente significativo:

«This is tomorrow» es una canción de Bryan Ferry de su álbum In your mind (1977), y fue también el título de la célebre exposición del Independent Group en la Whitechapel de Londres, en 1956. El utopismo tecnológico intrínseco al discurso vanguardista de modernización y progreso hoy forma parte del lenguaje dominante, como puede verse en los discursos de la política institucional. A su falsa promesa de felicidad se opone el «ángel nuevo» de Walter Benjamin, el ángel de la historia, cuya fatalidad es descrita de manera memorable: «Soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad» (Sobre el concepto de historia, IX, c. 1940).”

 

Así como en el libro de Georges Perec el relato avanza como una cámara fotográfica que engulle la realidad, la exposición de Ribalta muestra una composición narrativa elaborada como una filigrana en base a pequeñas piezas -fotografías sueltas, vitrinas, grupos de fotografías, objetos, elementos complementarios, un paquete de galletas, una urna funeraria, etc.- capaz de sugerir una lectura visual que no se contenta con lo que muestra cada fotografía si no que se extiende en direcciones insospechadas e imprevisibles, como el bucle que se crea alrededor de la plaza metamorfoseando su apariencia.

Así como buena parte de la obra de Georges Perec podría ser considerada como el trabajo de un cronista en sintonía con Plinio, Herodoto, Tácito, Julio César, Marco Polo o cualquier explorador que hubiera descrito y nombrado los espacios por los que pasaba y todo lo que los poblaba, Jorge Ribalta podría ser considerado como el cronista de una realidad de orden mucho más tangible. Es decir, de una realidad que todavía puede ser corroborada por alguno de quienes actualmente miran y observan sus fotografías. En consecuencia, lejos de referirse a realidades ajenas, distantes en la geografía o alejadas de discursos que, a largo plazo, son los que dotan de coherencia la investigación de un artista, el observatorio al que nos enfrenta Jorge Ribalta (Barcelona, 1963) tiene tanto que ver con la fiebre de archivo como con el recuerdo que surge de una pura introspección.

Yo, que no suelo tener mucha paciencia viendo exposiciones abrumadoramente atosigantes y aburridas como la de Oriol Maspons, actualmente en el MNAC, o la de Henry Cartier-Bresson en Caixaforum Barcelona, que pude ver a principios del 2000 y que afectó tan negativamente mi cerebro que desde entonces me cuesta ver monográficas de fotógrafos con más de 100 fotografías en una sala, les puedo asegurar que el paseo por las seis centenas de fotografías de Ribalta consagradas al relato de la vida y milagros de la plaza de la Garduña barcelonesa ha actuado sobre mí como si fuera un antídoto. Un correctivo en toda regla.

Tanto que, desde que se inauguró la exposición, ya la he visto un par de ocasiones. Y en cada una de ellas, he reparado en cosas que jamás había visto. Es decir, en cosas imperceptibles.

En especial, las que ocurren cuando parece que no ocurre nada.

PD: Por el estrecho vínculo de Jorge Ribalta y Valentín Roma, comisario de la exposición, con Julián Rodriguez (1968-2019), editor, galerista y cazador de instantes (como fue definido en El País), fallecido recientemente, esta exposición está dedicada a su memoria.

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Paco Chanivet. “Interregno”. Espai 13. Fundació Joan Miró, Barcelona

Aunque lo podía haber leído en la hoja de sala, le mandé un mail a Paco Chanivet para preguntarle el nombre de los autores que mencionó durante la charla que mantuvimos en la terraza de la Fundació Joan Miró una semana después de inaugurar su exposición en el Espai 13.

Y ésta fue su respuesta, más o menos:

“Thomas Ligotti, un autor de literatura de terror contemporáneo poco conocido con una faceta ensayista que alcanza su cenit en el libro “La conspiración contra la especie humana”. En castellano está editado por Valdemar. Entre sus libros de relatos destacaría “Noctuario“. Por otra parte, creo que también hice mención a Eugene Thacker, filósofo nihilista y autor de una trilogía llamada “El horror en la filosofía” que empieza con el libro “En el polvo de este planeta“, en castellano está editado por una editorial esquiva llamada “Materia Oscura“. En estos libros el tipo lee a H.P. Lovecraft en clave filosófica, extrayendo de su literatura un sistema de pensamiento (Graham Harman también lo hace en “Weird Realism; Lovecraft and Philosophy“) y de la misma manera, lee a filósofos clásicos como autores de terror. Muy estimulante. De estos libros no hay versión digital, sin embargo, te adjunto “Pesimismo cósmico” un librito introductorio muy ligero que mezcla ensayo y poesía y que es tremendamente evocador. Por último, Mark Fisher y más concretamente su libro “Lo raro y lo espeluznante“, editado por Alpha Decay. Aquí Fisher hace una introducción a estos dos conceptos de una forma súper clara y luego deriva por diferentes hitos literarios, cinematográficos o musicales en busca de lo raro y lo espeluznante. Otros libros vinculados (al tema) son “Lo bello y lo siniestro” de Eugenio Trias, “Tras los límites de lo real” de David Roas o “Poderes del horror” de Julia Kristeva.

Después de decirme que podía continuar hasta el día siguiente, Paco me dijo que prefería dejarlo aquí para no aburrirme. Luego me pasó un enlace de youtube que contenía un álbum de The Caretaker. Se trataba del álbum que, según me dijo, le había acompañado mucho en sus lecturas así como en la producción de aquel proyecto para la Miró.

Y fue darle al play para sentir la necesidad de escribir. Casi al instante:

Interregno” es el título de la exposición de Paco Chanivet concebida en el marco de “Un monstruo que dice la verdad“, el ciclo de exposiciones de la temporada 18-19 del Espai 13 comisariado por Pilar Cruz. Para articular este ciclo, Cruz parte de la obra de artistas que “cuestionan y fuerzan los límites entre las disciplinas para reflexionar sobre las dinámicas de poder que afectan al conocimiento”. Dice Cruz que es por esto que “el arte se presenta como un monstruo poderoso, capaz de señalar la debilidad de dichos límites; un monstruo que dice la verdad o que, por lo menos, apunta con el dedo a quien la dice”. En el vimeo que adjunto, la comisaria apunta que el título de su propuesta procede de una anécdota de Foucault. Dice que el filósofo galo afirma “que las disciplinas se van conformando en el tiempo en base a ensayo-error y todo lo que se produce siempre dentro de los limites disciplinares. Pero a veces hay circunstancias afortunadas y, fuera de las disciplinas, fuera de estos límites disciplinarios, hay lo que él llama un monstruo que, sin estar dentro de la verdad, dice la verdad. El título del ciclo, pues, está pensado para explicar cómo los artistas trabajan desde fuera de la verdad o buscando esos límites disciplinares. De hecho, el arte se permite muchas veces hacer saltos disciplinares, apropiarse de objetos y métodos de otras disciplinas, estar fuera de la verdad, estar fuera de las disciplinas, cruzarlas o cuestionar si el arte es en sí una disciplina”.

De las exposiciones de este ciclo “monstruoso” concebido por Cruz y que más nos han acercado a las fauces de esa bestia que también menciona Foucault, diría que hay tres que me las han mostrado sin tener tiempo ni de respirar: las de Fito Conesa, Lara Fluxà y la de Paco Chanivet, la exposición que ahora nos ocupa.

Forjada a la manera de un “crisol de disciplinas integrando robótica, manipulación genética, farmacología y, de alguna manera, misticismo” -dice la comisaria- la instalación de Chanivet es un descenso a la profundidad de una conciencia que, de tanto bajar, permite ver hasta qué hay al otro lado de la tierra, es decir, por debajo de nuestros pies.

Bajando el primer tramo de escaleras que da acceso al espacio de exposición, lo primero que encuentra el visitante es un enorme felpudo, como-de-esos-de-entrar-en-casa, gravado con un símbolo que remite a un reino donde escasea la luz y cuyo silencio contiene el hálito de quienes han ido bajando hasta aquel lugar dejando el recuerdo de su experiencia adherido a las paredes. Porque más que una exposición, la propuesta de Chanivet es una experiencia atmosférica, un ambiente que partiendo de lecturas de género de ficción rara u horror cósmico -un horror materialista, existencial- fomenta la construcción de lugares abominables y experiencias tan extremas que casi siempre terminan en locura. Se trata de una categoría que el teórico cultural Mark Fischer identifica con lo que es “raro y espeluznante”, una extraña yuxtaposición de elementos que no deberían estar, una combinatoria anormal de elementos familiares.

Dice Chanivet que su ambientación es un fracaso porque no se puede reproducir la sensación que despierta cuando lo humano se encuentra con los límites de su pensamiento, en especial, a la hora de abordar escalas cósmicas. Por eso la muestra del Espai 13, vendría a ser como el escenario de una experiencia única, irrepetible, inenarrable y tan necesaria de visitar si lo que se quiere es vivir lo que no se puede explicar.

Pasado el tramo de escaleras y ya en el espacio de exposición, el público se enfrenta a un espectáculo en tres actos.

El primer acto es un suelo abierto formado por toneladas de tierra árida procedentes de un derrumbe y cuyo efecto, en el espectador, podría remitir a una suerte de receptáculo que ha sido perforado para permitir que saliera a la superficie lo que luchaba por emerger desde las profundidades del ser. Se trata de un suelo por el que el espectador es invitado a transitar -como antes sobre el felpudo- para tomar consciencia del punto en el que se halla, es decir, en un punto intermedio, entre algo destruido y algo que está asomando, entre un terreno baldío y algo que respira sin hacer ruido, entre un piso devastado y un ente que empieza a moverse… frente a algo que se está formando, en suma, frente a algo que empieza a ser. Por bien que la vida no es posible en este páramo yermo de derrumbe y desolación, brotan unas flores entre piedras, rocas y arenilla que remiten a “organismos fractales, adaptados y supervivientes de algún tipo de desastre. Son flores hechas con patas de animales. Una plaga de organismos terribles brotando de una zona de exclusión donde las leyes de la biología se deforman para mostrar la “cara amable” de una tierra muerta, exhausta, terrorífica.

El segundo acto lo representa una nube encerrada y ahogada. Una nube confinada tras los límites de un cristal que impide el acceso al espacio que ocupa: el pasillo. Dice Chanivet que se trata de la nube del no saber, una nube que condensa las dosis justas de misterio para llegar a entender algo de lo que no se puede pensar ni definir. En el espacio donde respira esta nube también crecen flores como las que brotan del suelo que, desde el otro lado del cristal, también pisa el espectador. No se trata de un espejismo, tampoco de un reflejo, se trata de algo que está, que vemos pero que no podemos tocar. Como la nube que la cubre.

El tercer y último acto está protagonizado por la fuerza mecánica, una fuerza a ciegas. Se trata de una máquina imposible que gira lentamente y sin parar alrededor de sí misma y cuyo vínculo con los antiguos planetarios mecánicos no sólo es evidente si no que es lo que permite entender que las formas anatómicas y aberrantes que la coronan, son una metáfora perfecta de lo que Ligotti define como “glorias amorfas”, formas que giran histéricamente como “títeres  brillantes danzando en la oscuridad”. Son unas formas que al tiempo que provocan rechazo y aversión resultan cercanas y familiares en la medida en que remiten a órganos vitales o a funciones tan fundamentales para la especie humana como podría ser pensar, hablar y reproducirse. O, según se mire, velar por la perpetuación de nuestra especie una vez aceptada la fragmentación de nuestro cuerpo y después de ser conminados a precipitarnos, a tozos, por un abismo de paredes ininteligibles al final del cual no sabemos qué puede haber, no tenemos idea de qué puede acontecer. Y yo me pregunto: ¿de qué preocuparnos?, ¿acaso sabemos qué  nos puede ocurrir en los próximos cinco minutos?.

Hacía mucho tiempo que nada me causaba tanto desasosiego como entusiasmo a la vez y esta ambientación de Paco Chanivet lo ha conseguido como-quien-no-quiere-la-cosa. Empecé a notar algo parecido a raíz de su exposición en el Espai Cub de la Capella que, con un título tan sugerente como SSSSSSSilex, cuestionaba la subvida que llevamos en una era que, como la nuestra, se debate entre la alta definición y la baja empatía. Sin embargo, lo de ahora es distinto. Se trata de una propuesta valiente, realizada con ayuda de grandes amigos y profesionales, arriesgada, original y coherente con una manera de entender el arte más próxima a la toma de riesgos que a la simpatía de un mercado condescendiente. Porque, no nos engañemos, lo suyo no entra dentro de los estándares del mercadeo. Está en otra dimensión.

Junto a la contundencia de un discurso que a estas alturas ya le pertenece y singulariza hasta el punto de poder considerársele como un artista distinto, raro y genuino, el monstruo que este artista ha concebido exprofeso para el Espai 13 es un compendio de sensaciones donde lo primigenio, lo auténtico y lo seminal no se ve impelido a batallar con nadie que le impulse a obviar el recuerdo de las máquinas de tortura medievales, los carruseles de Bruce Nauman, las inquietantes nieblas de Ann Verónica Janssens,  las nubes del belga Berndnaut Smilde, los precisos mecanismos de relojería suiza, las paradas de mercados mexicanos o asiáticos, las ruinas de la burbuja inmobiliaria, los pedales de una bicicleta, las cámaras de vigilancia o hasta el silencio de los corderos. Un mundo de contrastes, placeres, contrariedades, fluidos, miradas,  bocas abiertas y flores alejadas tanto de Bach como de Heidi al servicio de un lavado de estómago tan necesario como sanador para entender que el arte, hoy, no es sólo lo bello, lo fácilmente digerible,  lo intelectualmente cool, lo conceptual o lo que gira en torno a cómo-mola-lo-que-haces sino también lo siniestro, lo amargo, lo difuso, lo poco condescendiente.

Vale, no me voy a extender más.

Si no han entendido nada de lo que les he explicado tienen tiempo hasta el próximo 8 de septiembre para ver la exposición de Paco Chanivet (Sevilla, 1984) a palo seco o con una bolsa de almendras bien amargas en el bolsillo o las manos. Es una experiencia que vale mucho la pena vivir. Mucho, mucho y mucho.  Me refiero a la exposición. Lo de las almendras amargas, dejémoslo a un lado. Por suerte, hay gente para todos los gustos.

 

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Oscar Holloway. “Captures: The Shooting Of The Future”. Sala de exposiciones del Centre Cívic Can Felipa, Barcelona

A veces depende tan sólo de una palabra para que dejemos de existir o, por el contrario, vivamos para siempre. Depende del disparo del que se hable. Es decir, la palabra en cuestión. Porque estaréis de acuerdo conmigo: no es lo mismo el disparo de un arma de caza que el disparo de una cámara fotográfica.

En torno al disparo de una cámara fotográfica y el símil que se establece con el disparo de un arma de caza o de lo que sucede después del disparo de un arma de caza o de una cámara fotográfica o de lo que se dispara en la mente de quien piensa en ello para encontrar el modo de inducir a la reflexión a través de fantásticos documentos gráficos, fotográficos y textuales o sobre el modo de traspasar la complejidad de una investigación a una sala de exposición compuesta de varias habitaciones o de cómo invitar a ver pero también a escudriñar, leer o deleitarse con la fugacidad que queda atrapada entre las imágenes de un vídeo o de entender la pertinencia de los colores de unas paredes en función de su analogía con los de las portadillas de los libros antiguos, descatalogados e inservibles o en torno a la capacidad de revisar el pasado para dar cuerpo a un relato contemporáneo que despierte admiración pero también preguntas, intriga, estupor, goce y ganas de seguir aprendiendo a partes iguales… es, en torno a todo ello -pero también a mucho más- sobre lo que gira Captures: The Shooting of The Future, la exposición de Oscar Holloway pensada para la sala de exposiciones del Centre Cívic Can Felipa de Barcelona. Porque se trata de una exposición muy pensada. También para el espacio de exposición.

En una reseña publicada recientemente en el Mirador de les Arts, Cristina Masanés -su autora- empieza su relato afirmando dos cosas: que “la representación humana del mundo animal nació en paralelo a la caza” y “que los primeros animales pintados son del paleolítico cuando, en la oscuridad de una cueva, los humanos invocaban, con polvos minerales y tierras de colores, la presencia animal”. Referirse a un pasado tan ancestral para iniciar la crónica de una exposición de arte contemporáneo, no sólo me parece conmovedor sino también muy representativo de lo atemporal que puede ser el arte. En realidad, de lo atemporal que es el arte. Se trata de un modo de anclar un discurso para poder, a partir de ahí, dar rienda suelta a la imaginación, a la llama del deseo de querer seguir aprendiendo, a viajar hacia lo desconocido a través del momento actual, a construir puentes colgantes -o no- entre un pasado muy lejano y un futuro que también lo es, etc.

Yo, de todo esto, no tenía ni idea. Lo único que sabía me lo había contado quien me animó a acercarme hasta Can Felipa el mismo día en que se presentaba la publicación de esta exposición. Haciendo gala de su generosidad, Alexandra me había dicho por whatsapp que Captures: The Shooting of The Future era, por lo visto, una exposición que estaba muy bien y que aquella misma tarde se acercaría hasta Poblenou para ver la exposición antes de que terminara. Me dijo, también, que no quería perdérsela por nada del mundo. No sé qué diantres disparó en mi cerebro pero el caso es que a raíz de las palabras de Alexandra, aquella misma tarde también me acerqué hasta Can Felipa para ver, con mis propios ojos, qué había hecho un artista del que nunca antes había oído hablar.

Y al entrar en la sala de exposición vi que la cosa se trataba de ver pero también de una forma muy peculiar de mirar en los libros. Algo que, en una segunda lectura, se fue centrando en torno a los orígenes de la visualidad del animal salvaje vinculado al nacimiento de la cámara fotográfica y el cine. Algo que, en una tercera lectura, derivó en torno a la correspondencia entre la captura visual y la captura física del animal. En algo que, hacia el final la exposición, derivó en lo que explico hacia el final de este texto.

Captures: The Shooting of the Future, es una concienzuda selección de libros, documentos y fotografías obtenidos de la investigación de Oscar Holloway en torno al camera hunting, un género fotográfico -dicen que fugaz- aparecido a finales del s.XIX que, experimentando con la tecnología, trataba de cazar imágenes de animales salvajes usando métodos de caza como trampas, cebos, escondites o artilugios camuflados. Tanto entonces como en la actualidad, las técnicas utilizadas en la fotografía animal difieren de la fotografía paisajística en la medida en que si para capturar el movimiento -de un animal o de lo que sea- se requieren altas velocidades de obturación, para conseguir un nivel de exposición adecuado se debe hacer lo que sea para que el animal no te vea. Con objetivos claros, de elevado angular y potente zoom -es decir, pura tecnología- en la actualidad o, en el s.XIX, a base de artilugios tan bonitos e imaginativos que hasta el animal corría el riesgo de quedar subyugado. Porque eran monumentos a la imaginación creados para no ser sorprendidos durante la atenta tarea del fotógrafo-cazador.

Junto a la atención que presta Holloway al género divulgativo del camera hunting, otro foco de interés de su larga investigación gira en torno a los estudios fotográficos de la locomoción animal. Entre ellos, los de Eadweard Muybridge (1830-1904). Se trata de unos estudios que, junto a los de Étienne Jules Marey (1830-1904) -otro gran investigador del tema- son harto importantes en la medida en que no sólo marcan el inicio de la carrera hacia la obtención y visualización de las imágenes en movimiento -o sea: el inicio del cinematógrafo- sino que, al indagar sobre lo que a simple vista no podemos ver, tratan de hacer algo más importante, en especial para el arte moderno y contemporáneo: hacer visible lo invisible. Si en la carrera para conseguir su propósito Marey perfecciona, en 1882, lo que se conocía como la “escopeta fotográfica” -artilugio inspirado en el “revolver fotográfico” de Pierre Jules Janssen (1824-1907) inventado en 1874 por este astrónomo que, además, es el descubridor del gas noble conocido como helio, el segundo elemento más ligero del mundo- Muybridge recurre al uso de varias cámaras fotográficas para obtener imágenes espaciadas en el tiempo y físicamente en el set. En 1873, tomando como punto de partida el galope de un caballo de carreras, Muybridge produce una serie de negativos que le permiten captar la silueta del animal con las cuatro patas por encima del suelo y tomadas todas en el mismo instante de tiempo. Tras este descubrimiento y con muchas dosis de tesón, Muybridge consigue captar, al cabo del tiempo, las fases sucesivas del movimiento de un caballo. Y para mostrar sus resultados encuentra en el zoótropo -“máquina estroboscópica creada en 1834 por William George Horner, compuesta por un tambor circular con unos cortes, a través de los cuales mira el espectador para que los dibujos dispuestos en tiras sobre el tambor al girar, den la sensación de movimiento”, wikipedia dixit- el instrumento ideal que le llevará a crear, en 1879, el zoopraxiscopio, es decir, el artefacto que permitirá el desarrollo de los inicios del cine bastante antes que el cinematógrafo. Pero esto ya es otra historia…

La exposición concebida por Holloway invita a descubrir, a través de un recorrido tan bello como intrigante, los entresijos de una aventura tecnológica no exenta de grandes dosis de romanticismo en la medida en que, al igual que Muybridge y Marey con su deseo de hacer visible la invisibilidad, muestra los lugares de la naturaleza por donde transita y vive un animal salvaje, justo antes de ser sorprendido por detonaciones de magnesio. Una suerte de disparos que, a la manera de un flash, eran utilizados para dar luz durante el tiempo de exposición de una cámara, especialmente en la oscuridad. Y es que casi todas las fotografías de las que se vale Holloway en su exposición parecen tomadas de noche, en la oscuridad, es decir, cuando el animal reposa y no sospecha en absoluto de la presencia de un ser humano, su gran depredador.

Como si después de una detonación el animal hubiera huido despavorido, las escenas que Holloway decide mostrar al espectador se me antojan como imágenes de escenarios vacíos, de escenas inhabitadas en medio de la naturaleza, de esqueletos de escenarios en los que la función justo acaba de terminar. Y junto a estas imágenes de lugares vacíos de los que el artista ha extraído la figura de cada animal, Holloway también muestra algunas fotografías del aparataje que se usó para poder realizarlas. Es decir, de todo lo que pudo provocar que el animal desapareciera de la escena al no querer ser cazado ni por una cámara fotográfica ni por un arma de caza.

Junto a otros modos de dejar constancia del deseo de captar un animal en plena naturaleza, en absoluta libertad y, sin embargo, entre los límites de una fotografía, las páginas de un libro, la plancha de un grabado o el papel de un dibujo, en la exposición se pueden ver secuencias destinadas a la “caza” de un castor, gravados de escenarios naturales aludiendo a la presencia del animal tan solo en el título de cada obra, imágenes en las que el animal ha sido borrado a excepción de su reflejo en la superficie de un lago -unas obras muy pero que muy bellas-, distintos modelos de zoótropos fruto del interés de Holloway por otros modo de captar animales -en este caso, en movimiento- y una obra que, a mí personalmente, acabó de enamorarme si es que, al entrar en la exposición, todavía no me había dado cuenta: un video en dos proyecciones mostrando, en una de ellas, detonaciones de magnesio realizadas por el propio artista en su investigación con efectos de luz en la oscuridad de la noche y, en la segunda, fotografías relacionadas con el “imaginario de la caza obtenidas de internet y sincronizadas con las explosiones de cada una de las detonaciones”, según cuenta Irene Solà en otro de sus textos-para-ser-leídos. Permitiendo al espectador ubicarse entre las dos proyecciones, el ejercicio magistral al que invita Holloway consiste en invitar a captar, en fracción de unos segundos, lo que la oscuridad de la noche prohíbe a la mirada, lo que permanece entre nosotros justo el tiempo en que no se puede ver. Y haciendo visible lo invisible por un período de tiempo que nunca es suficiente -como tampoco el azar ni tampoco el movimiento, como tampoco desaparecer- lo que Holloway nos podría estar diciendo es que a veces es suficiente con dejar que lo invisible more en el fondo de nuestras retinas.

Ignoro qué habrá querido decir Holloway con su bella propuesta pensada para la sala de exposiciones del Centre Cívic Can Felipa de Barcelona. Porque se trata de una exposición muy pensada. También para el espacio de exposición. Lo que sí sé, sin embargo, es que nunca estaré suficientemente agradecido a la persona que me conminó a visitarla el día que se presentaba la maravilla de publicación que el artista ha ideado ex profeso o que, desde entonces, no haya podido dejar de pensar en el viaje que hice al pasado para entender que, en el futuro, las cosas -todas las cosas- también van a tener que ser probadas.

Como Oscar Holloway (Barcelona, 1989) y sus fascinantes denotaciones.

En suma, un modo activo de estar en el mundo.

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“Almacén. El lugar de los invisibles”. Palacio de Villena. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Lo de entrar en un espacio de exposición y quedarse literalmente con la boca abierta tras soltar un signo de exclamación vocal con todas sus letras y la expresividad de lo que, según se mire, podría ser considerado de una ordinariez impagable, es algo que sólo sucede muy de vez en cuando. Es decir, no muy a menudo.

Para que suceda lo que acabo de apuntar es necesario que te sorprenda el inicio de una exposición pero, sobre todo, que lo que venga a continuación supere con creces el impacto recibido. No se trata sólo de que te atrape lo que inicia una muestra sino que lo que vayas encontrando a partir de este momento te recuerde que una de las grandezas del arte consiste en trascender el tiempo para poder mostrar, en cada momento, una nueva cara con que mirarte a los ojos, una nueva vía con que interpelar tus sentidos. En definitiva: qué te hable en silencio.

Huyendo de los petardos de San Juan en Catalunya y con la intención de asistir a las inauguraciones del Museo Patio Herreriano, el pasado sábado 22 de junio me planté en Valladolid tras un viaje en coche de poco más de siete horas. Puesto que la inauguración era a las doce y cuarto de la mañana y el sábado me había levantado muy temprano, a las diez y pico de aquel día me dirigí al Museo Nacional de Escultura siguiendo las recomendaciones de Dora García, mi gran amiga vallisoletana.

El museo en cuestión me pareció magnífico, tanto por las obras que albergaba-tallas policromadas del s. XV al XVIII procedentes de conventos desamortizados-como por el modo en que las mostraba, incluida su excelsa colección de techos, algo que hasta aquel momento jamás había visto en ningún lugar. Además de las obras que se mostraban en el Colegio de San Gregorio, su sede principal, el museo también cuenta con la Casa del Sol, el espacio donde se muestra la sorprendente colección del Museo Nacional de Reproducciones Artísticas, fundado en 1877 y cuya calidad, abundancia y antigüedad, hace que esté considerada como una de las mejores de Europa. Debo confesar que, para mi, fue una enorme y grata sorpresa.

Con la impresión de que todo lo que iba viendo hasta aquel momento me resultaba sumamente interesante por la calidad de las obras de aquellas colecciones místicas así como por el concepto museográfico con que se iban mostrando ante mis ojos, antes de que se me hiciera demasiado tarde, me dirigí al Palacio de Villena, el tercer espacio del Museo y sede de las exposiciones temporales.

Y fue allí donde me quedé como he comentado al inicio de este texto, es decir, con la boca abierta tras soltar un signo de exclamación vocal con todas sus letras y la expresividad de lo que, según se mire, podría ser considerado de una ordinariez impagable.

Desde el pasado 29 de mayo y hasta el próximo 17 de noviembre de 2019 el Palacio de Villena acoge Almacén. El lugar de los invisibles, una exposición tan extraordinaria que si no hubiera tenido ocasión de ver me hubiera arrepentido el resto de mi vida. Aunque no voy a transcribir en su totalidad la explicación de esta exposición tal como figura en la página web del museo, me voy a limitar a escribir el primer párrafo para que puedan ver de qué va el tema. No sólo considero que (todo el texto) está perfectamente bien escrito sino que consigue que uno quiera ir a Valladolid como antaño lo hiciera Samantha, nuestra querida Embrujada.

El texto empieza así:
“Esta exposición es un paisaje. Un universo en el que zambullirse. Presenta obras nunca exhibidas y custodiadas en el almacén del museo que, hasta hoy, eran invisibles para el visitante. Una ocasión única para que estos «otros», la ‘plebe’ historiográfica de artistas desconocidos, secundarios o discípulos, los fragmentos dispersos, de significado irrecuperable, conquisten el primer plano.”

Pues bien, cuando el pasado sábado entré a ver la exposición no tenía ni idea de lo que me esperaba en su interior. Lo único que sabía es que se componía de obras procedentes de los fondos de la colección del museo, de esas obras que casi nunca se muestran al público por cuestiones que cada museo sabe perfectamente cuáles son. Planteada sobre la base de nueve salas temáticas abordando conceptos tan amplios, sugerentes y abstractos como la repetición, el contrapunto, los reversos, las variaciones sobre un tema, las estructuras, los solistas, lo coral, el libreto o los fragmentos, lo que pude ver en este almacén comisariado con maestría y remarcable contemporaneidad por María Bolaños, directora del museo, es una retahíla de obras anónimas mostradas con una tal dignidad que hasta el más mínimo agujero de carcoma podría ser interpretado como una obra microscópica del artista británico Anish Kapoor.

Lo que aguarda al visitante tras cruzar el umbral de la puerta de entrada es el espacio de la repetición, una enorme estantería de madera habitada por veintitrés bustos relicario procedentes de los conventos de San Diego y de San Pablo de Valladolid, de factura napolitana y realizados en torno al año 1600. Junto a ellos y en el espacio reservado al título de la exposición, se muestran, en la pared, diez remates de sillería de 1735 procedentes del convento de San Francisco de Valladolid iluminados, como toda la exposición, con una tenue luz capaz de cautivar al espectador en la medida en que apela a los sentimientos al margen de lo que contempla con sus ojos. Se trata de un comité de recepción que, poniéndonos sobre la pista de lo que, a partir de entonces, se verá en las siguientes salas, habla de aquellos modos de mostrar el arte pensados para compartir con el espectador la vida de aquellas obras, fragmentos, piezas y elementos que, sin solución de continuidad, habitan, respiran y existen en los almacenes de un museo. En el lugar de los invisibles.

Sin ánimo de restar méritos sino de reforzar mi interés por las soluciones museográficas que invitan a leer entre líneas la colección de un museo, debo decir que lo primero que me vino a la cabeza al ver los veintitrés relicarios así como la enorme variedad de obras, la ordenación de su eclecticismo, la iluminación de las salas o el ambiente recreado a partir de la combinación de todos estos elementos, fue el recuerdo de dos exposiciones realizadas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) y que, para mí, son absolutamente paradigmáticas en lo que se refiere a desempolvar almacenes. Me refiero a las siguientes exposiciones:

– “Maniobra” de Perejaume, realizada entre 2014-15
– “La caja entrópica. El Museo de los objetos perdidos” de Francesc Torres, realizada entre 2017-2018

Tras pasar los relicarios y la sala del contrapunto, ocupada por ángeles descendiendo del techo y proyectando sus sombras sobre la pared, se llega al espacio de los reversos, uno de los espacios que me llegó al alma con más rapidez. Presidido por un ángel de cara a la pared de modo que en lugar de mostrar sus plumas muestra la rugosidad de la madera con que su verso había sido tallado, el espacio de los reversos es donde se muestra lo que nunca vemos porque siempre hay algo que lo impide. Como por ejemplo, una pared, un órgano, un retablo, etc. Se trata de permitir el acceso a lo que desconocemos pero, sobre todo, de entender que lo que vemos es una construcción y, como tal, el espacio donde es posible la imperfección, donde no es necesario que termine nada. El límite entre lo que vemos y lo que es, entre la realidad y la ficción.

 

 

Titulada variaciones sobre un mismo tema y formada por veintidós tallas de cristos crucificados realizadas entre el s. XIV y XVIII, la sala donde se agrupan estas figuras de Cristo brinda la posibilidad de acercarse a esta imagen tan dolorosa en base al tamaño de las tallas, su policromía, los materiales utilizados o la expresividad de sus rostros. Es como si a una sala de los horrores le extirparas el terror para poder dar paso a algo más llevadero, trivial, ligero, inocuo e inofensivo. Es decir, algo ajeno a la sangre y el dolor que siempre acompaña este tipo de representaciones. Y que a mí me gustan tan poco.

La siguiente sala, denominada estructuras, está formada por una increíble acumulación de balaustres, columnas, traspilastras de retablos, relicarios, tableros y marcos dorados de maravillosa filigrana dispuesta para demostrar que, como ya viera Brancusi, las peanas y soportes pueden llegar a ser considerados unas maravillosas obras de arte. Se trata de unos elementos que al ser mostrados como en esta sala inducen a pensar tanto en lo que soporta como en lo que es soportado. Sólo hay que mirarlas con los ojos adecuados y no con el desprecio de quien los considera como algo superfluo.

Enfrascado en el debate interior en torno a la importancia de quién soporta y es soportado -o en el de quien manda y quien obedece- se llega a la sala de los solistas y la coral, otra de las salas en las que pueden dejar sin respiración. Configurada, a la derecha, por un graderío de madera ocupado, en su práctica totalidad, por veintiocho figuras de santos y vírgenes formando un coro tipo Góspel (por el movimiento de sus integrantes, quiero decir) y frente a ellos, a la izquierda del visitante, por diez figuras de otros santos, caballeros y vírgenes montadas individualmente sobre repisas capaces de soportar el peso de cada talla (me dijeron que alguna de ellas puede alcanzar los 100kg), la sala donde se agrupan cincuenta figuras que, más que imágenes religiosas, se me antoja como una reunión de amigos con muchas ganas de pasárselo bien, sorprende por la frescura en el tratamiento de lo sacro así como por el acceso a la expresividad de unos rostros liberados del yugo eclesiástico y cercanos a un modo de sentir más humano y ajeno por completo a la fe y la devoción. O sea, pura vida. Para reforzar esta reunión fraternal y mostrar el mismo coro en base a una sintaxis distinta y más cercana a la que es propia del archivo de un museo, lo que encuentra el espectador al traspasar la sala de estos cantores es una pared forrada con ciento sesenta y cinco fichas de inventario datadas en el s. XX. Es decir, el registro gráfico de las entrañas de un museo que hace las delicias de los amantes del archivo, la clasificación, el orden y la organización de la vida, en general.

 

La sala que sucede a esta pared empapelada de archivo, es la que se dedica al libreto, una sala en la que un libro aparece entre las manos de todas las figuras que la componen. Si en la estancia de los solistas y el coro era la música, el góspel y el júbilo hacia lo que nos dirigía el movimiento de sus figuras, en la sala del libreto es el espíritu de una biblioteca el que invita a la reflexión. Se trata de una sala para la lectura, una sala de silencio, una pequeña sala para pensar. Formada por una pléyade de profetas, vírgenes y santos de tamaño reducido y reposando, como en la sala del coro, sobre un pedestal de madera parecido a un archivador de dibujos y grabados, hay en esta estancia una pieza muy especial que destaca por su rotundidad, simplicidad, extrañeza y apabullante contemporaneidad: una mano con un libro de Santo clérigo menor, realizada en el s. XVIII y procedente del Convento de la Encarnación de Valladolid. Se trata de una suerte de fragmento corporal que anuncia, veladamente, lo que vendrá en la sala siguiente: una invitación  a leer el fragmento como parte de un todo y no como una muestra de lo desechable.

Constituida por un torso sin vestir de San Félix de Valois, atribuido a Francisco Salzillo (s. XVIII), el fondo de un calvario, pintado por Gaspar de Palencia en 1559 y un panel de fragmentos de esculturas, ornamentos vegetales, retablos, cabezas de santos, balaustres, rocalla, marcos, rejas, remates, etc., la sala dedicada a la exaltación de los fragmentos vendría a ser como la representación visual de la apariencia del caos tan asociada a un almacén. Ahora bien, más que el caos profesado por una víctima de la acumulación, el desorden que ordena este panel de fragmentos remite a la importancia de tenerlo todo catalogado para no perder la identidad de una colección secreta. Y es que por pequeños e insignificantes que sean, son justamente los fragmentos y los detalles lo que mejor representa la singularidad de un grupo de obras.

A modo de epílogo y antes de abandonar la exposición, se pasa frente a una sala sellada por un plástico en cuyo interior se puede percibir una suerte de bodegón formado por cajas de embalaje tan propias y características de un almacén de museo. Impreso en la parte superior izquierda y como despedida del paisaje que hemos transitado, el público es conminado a leer la siguiente cita de Walter Benjamin: “La actitud contemplativa ante las obras de arte se irá convirtiendo poco a poco en un creciente anhelo de almacén”.

Miren ustedes, yo no sé en qué se convertirá mi actitud contemplativa ante las obras de arte. Lo que sí sé es que las dos veces que visité esta exposición en poco menos de cinco horas, mi actitud ante lo que veía consistió en no parar de maravillarme por el modo en que se me invitaba a escuchar la voz de los invisibles, ver lo que a mis ojos se le niega por sistema, sentir el deseo de aprehender la historia desde otra perspectiva, comprender lo importante que es el modo en que se muestran las cosas, en suma, constatar que no hay nada que me guste más que me lleguen a sorprender y me hagan pensar mientras estoy en una exposición. Desde los parámetros de la contemporaneidad o por mucho que trate con obras históricas.

Al salir de esta maravilla de almacén de los invisibles me fui a tomar algo al Coco Café, ubicado justo enfrente de la entrada del museo. Fue allí donde Dora García convocó por primera vez en España El café de las voces, su particular propuesta para la exposición Nada temas, dice ella. Cuando el arte revela verdades místicas, comisariada por Rosa Martínez en 2016. Aunque sabía que la aventura de Dora había terminado hacía años quería ver el escenario donde todo había transcurrido. Y no sólo vi el lugar sino que estuve hablando largo y tendido con quien lo regenta desde hace 13 años.

 

Natalia, un fuerte abrazo, nos gustó mucho conocerte.

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