Christopher Knowles. Galería Nogueras Blanchard. Barcelona

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Se supone que a la que dejas de ser apreciado por representar un segmento del sistema del arte vinculado a cuestiones de edad o sexo para, consecuentemente, empezar a serlo por el valor, enjundia o interés de lo que dices y/o escribes sobre la base de unos conocimientos que ya has tenido la posibilidad de demostrar, no te puedes permitir desconocer la obra de según qué artista ni tampoco teoría de pensador de renombre. Tampoco está bien visto que lo manifiestes en público. En consecuencia, a la que alcanzas un cierto nivel o prestigio profesional, no sólo se da por supuesto que lo tienes que conocer casi todo sino que, de no ser así, debe parecer que sí lo sabes. Porque, como mínimo, tienes la obligación de estar informado.

Pues bien, o yo no he alcanzado este nivel de profesionalidad o soy un irresponsable o soy kamikaze. El caso es que, pese a ser considerado como “una de las figuras claves de la vanguardia neoyorquina de finales de los setenta en parte debido a su frecuente colaboración con las producciones teatrales de Robert Wilson”, a mi, personalmente, el nombre de Christopher Knowles no me sonaba absolutamente de nada. Y no porque no hubiera tenido la posibilidad de haberlo visto en Barcelona. Por lo visto, esta exposición es la cuarta vez que, en nuestra ciudad, se ha visto alguna obra de este artista. Pues yo, ni por esas.

Con semejante nivel de ignorancia a mis espaldas, mi tendencia a no querer saber demasiado de una exposición o una película antes de verla -a menos que deba escribir sobre ello en una revista especializada, no en un blog- y el deseo de visitar la exposición de Knowles programada en el marco del ciclo The Story Behind comisariado por Direlia Lazo en la Galería Nogueras Blanchard de Barcelona –y que gira entorno al hecho de “narrar, contar, explicar todo el universo interpretativo que rodea aquello que presenciamos y que se ha convertido en un elemento más de las obras”- el pasado jueves 17 de octubre me desplacé hasta esta galería para ver lo que no sabía. Y lo que vi me subyugó de inmediato. Porque fue algo que, sin esperar, me llamó especialmente la atención por varias razones:

–  por la simplicidad de un montaje limpio, mínimo, ordenado y eficaz

–  por el tamaño y extraordinaria calidad de unos “dibujos” tipográficos conocidos como Typings y que, según pude saber, fueron realizados por el artista hacia finales de los años setenta y publicados, algunos de ellos, en periódicos, revistas y catálogos

– porque la técnica utilizada es una máquina de escribir eléctrica

– por el punto de milimétrica y rigurosa obsesión que destilan estas obras

– por la perfecta combinación entre las obras en las que se lee algo de texto -palabras sueltas, frases cortas, etc…- y las que se limitan a señalar, en tres colores distintos, formas reconocibles como flechas, cruces, rayas, etc…

– por el viaje al que te invitan a la que empiezas a leer y a ver que, pese a no entender nada, es imposible dejar de hacerlo

–  y, ya para rematar, por el efecto hipnótico de unas piezas de audio en las que el propio Knowles, con su voz extraña –según parece, ya desde muy pequeño, fue diagnosticado con un trastorno de espectro autista- no se cansa de repetir lo mismo una y otra vez, con leves modulaciones de voz, algún que otro cambio imperceptible y lo mismo incansablemente sin que se entienda lo que nos quiere decir. Porque lo que hace parece que es soltar lastre.

Parecerá extraño que, con semejante pobreza de lecturas, me hubiera pasado en la galería no sólo un buen rato el día de la inauguración sino que también una buena hora el día siguiente de inaugurar. Porque regresé al día siguiente.

Y fue entonces, cuando al disponer de todo el tiempo del mundo en absoluto silencio, entendí que las frases de los typings eran fragmentos de la vida de Knowles, que lo que se escucha en las piezas de audio eran sesiones infatigables de sus terapias y que el conjunto de esa pequeña joya de exposición era una incursión en toda regla hacia el interior de un mundo de un único habitante convertido a los diecinueve años en figura relevante de la vanguardia neoyorquina y, sin embargo, un ser absolutamente aislado. Viviendo al albur de lo que se dice y supone de él. Exactamente como nos pasa a nosotros.

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