Pilvi Takala. Slight Chance. Fabra & Coats, Barcelona

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Lo voy a confesar: mentí, me mentí. Por lo tanto: pequé. Si, fui a Fabra & Coats a pesar de haberme dicho que no lo haría. Pero, miren ustedes, si hay quien por razones económicas, profesionales, personales, irrenunciables, clarísimas, etc… no sólo no ha tenido, ni tiene, ningún inconveniente en comisariar o en participar en alguna exposición en esta sala sino que, además, aquí-paz-y-todo-es-gloria, pensé que porqué me iba a privar yo de ir a ver una exposición organizada por dos profesionales a los que conozco y vengo siguiendo desde que empezaron en todo esto del comisariado. Dos comisarios como David Armengol y Martí Manen con los que, a pesar de discrepar en bastante más de una ocasión, me une la pasión, dedicación y convicción que le ponen a un trabajo a través del cual puedo conocer, por ejemplo, la obra de Pilvi Takala, una artista nacida en Finlandia en 1981 y a la que no conocía absolutamente de nada. Y yo, por un artista, casi mato.

Entenderán, en consecuencia, que por razones como esta, no sólo no tenga ningún inconveniente en contradecirme sino que hasta incluso me permita el lujo de celebrarlo como no se pueden imaginar. Lo cual no quiere decir que no tenga opinión acerca de lo que está pasando en la escena artística de Barcelona. Porque sí que la tengo. Como también la convicción de que, pese a lo disconforme que pueda estar con un proyecto que, como este llamado centro de arte, sigue al albur de una indefinición que, francamente, nunca me ha gustado nada, nada, nada, creo que si nos dedicamos a poner cruces a todo aquello con lo que, por razones mayormente políticas, no comulgamos, acabaremos convirtiendo nuestra escena artística en poco menos que un cementerio. Y yo, francamente, no quiero estar en un cementerio ni el día que me muera.

A lo que íbamos: fui a ver Slight Chance de Pilvi Takala en compañía de David Armengol, co-comisario del ciclo en el que se incluye esta muestra. Tuve interés en ir con él porque siempre he considerado que es un verdadero placer tener este momento de aproximación directa al trabajo de alguien justamente en compañía de este alguien. Y además, porque es precisamente en estos momentos y raras veces en otros, cuando se habla de verdad, se discute, se discrepa, se dialoga y, sobretodo, se conoce lo que pasa por la cabeza de quien, desde otra óptica, no sólo se interesa por el arte sino que también por cuanto se aprende a través de su dedicación al mismo.

La exposición de Pilvi Takala forma parte del ciclo de exposiciones que, tras haber ganado un concurso público, han concebido Armengol y Manen para la temporada 2013/2014 de Fabra & Coats. Se trata de una suerte de libro de relatos transfigurado en propuestas expositivas, grupos de trabajo, actividades complementarias y un proyecto educativo. Es decir, en una suerte de publicación expandida, titulada El texto: principios y salidas y que, a partir de la idea de texto, parte de la “noción de libro, de escritura, focalizando emocionalmente en el sistema de relaciones que se establecen entre el que escribe y quien lee”. O lo que es lo mismo, una exposición individual, tres colectivas y un archivo englobados en lo que, en un libro, vendría a ser un prólogo, un argumento y un epílogo aderezado por una serie de notas al pie relacionadas con el proyecto que pretenden abordar.

Tras la introducción al ciclo que me hizo Armengol, empezamos a hablar de la exposición propiamente dicha. Me comentó que el hecho de que el comisario fuera Theodor Ringbor –y, por lo tanto, ni él ni Manen-, se debía a dos razones: una de carácter eminentemente práctico, relacionada con la premura de tiempo con la que habían tenido que trabajar para tener lista la primera exposición en el plazo de tiempo que venía marcado por la convocatoria a la que se habían presentado, y otra de carácter mucho más conceptual relacionada con la capacidad que tenía esta artista de apuntar, a través de su obra, algunas de las líneas argumentales que se abordarían a lo largo del ciclo expositivo. O, para decirlo en términos más ad hoc, durante la lectura de su libro expandido.

Parece que lo que les interesaba a los comisarios de la obra de Pilvi Takala eran varias cuestiones: la narrativa que desarrolla con ayuda de la imagen y el tiempo, el uso del lenguaje en su versión oral y escrita, la “forma directa e intuitiva de abordar el trabajo artístico” y “el análisis de corte sociológico tratado desde la performance que la artista, siempre a caballo entre la ingenuidad y la maldad, desarrolla en el espacio público para forzar situaciones anómalas y ajenas a las normas que rigen el orden social, político o económico”. Se trata, en suma, de una obra que, en palabras del comisario de la muestra, “crea confusión y desafía las convenciones sociales que tan fácilmente damos por hechas”. Y a lo que yo me pregunto: ¿dónde las damos por hechas?, ¿en qué país?, ¿en qué contexto?.

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La primera impresión que tuve al ver la exposición, fue más bien agradable: cinco obras producidas entre 2006-2012 engarzadas a partir de la idea de azar o, si se prefiere, de interrumpir el transcurso natural de nuestras vidas a partir de actuaciones inesperadas representadas por la propia artista o actores contratados. Una obra en la que Takala, con el fin de llamar la atención acerca de cuanto estamos dispuestos a entender que las cosas que nos pasan pueden ser de otro modo, pretende llamar la atención acerca de la influencia que ejercen en nosotros situaciones que nos frenan, cuestionan, interrumpen, confunden, alertan, constatan… en definitiva, lo que creo que viene haciendo el arte desde siempre, según el modo en que yo lo entiendo y especialmente en occidente.

Por bien que no todas las obras de esta exposición han sido realizadas en video, es la imagen y su fascinación lo que predomina en el conjunto de las obras. Y es, quizá, por esta especie de fascinación por una imagen que, resumiendo, diría que me resulta excesivamente pulcra, limpia, poco problemática, aséptica, reconocible o harto asimilada lo que hace que, para mí, todo me parezca exactamente lo mismo. Es decir que, pese a que en cada obra se recurra a un tipo de narración concreta, transcurra en un escenario preciso, retrate a un segmento de la sociedad determinado y su desarrollo sea particular, lo que me llega a través de lo que veo no me ayuda a vislumbrar la especificidad –y por lo tanto, interés- de un trabajo que, para mi, podría haber sido realizado por cualquier artista de la misma generación procedente de cualquier parte del mundo y que hubiera tenido la fortuna de aproximarse al arte desde la misma perspectiva socio económica de la que parece que ha disfrutado esta artista finlandesa. Es decir, lejos de las cloacas y con un nivel de compromiso acorde a una realidad proteccionista, civilizada y ejemplar.

Confieso que, pese a no ser un experto en la obra de Pilvi Takala, lo que percibo en su obra es una suerte de estética-generacional-profusamente-aceptada-y-digerida que me aparta de los discursos que, actualmente, me interesan en esta tipología de arte de mi tiempo. Es decir, en ese lenguaje que también se escucha actualmente y que, como el que ella practica, opta por irrumpir en la secuencia “natural” de nuestras vidas con el fin de interpelar y, a ser posible, triturar nuestra zozobra ilimitada.

No sé si será por gato, por viejo o las dos cosas a la vez pero lo cierto es que, habiendo visto esta exposición en dos ocasiones, ni la factura de su obra, ni su impecable resolución, montaje espacial, interés del tema o sujeto alrededor del cual parece que gira –por lo menos para mi- el discurso de Takala, consigue que nada de lo que vea, entienda, escuche o lea se quede en mi pensamiento por más de cinco minutos. De modo que salí de la exposición convencido de haber visto un buen trabajo realizado por una artista que apenas me interpela.

Lo que no quiere decir que me arrepienta de haber ido. Porque no sería cierto. Y es que, con el objetivo de acercarme a la obra de una artista que desconocía, pude conocer de primera mano el proyecto dentro del cual se enmarca esta exposición, saber algo de los artistas de los que se valdrán sus comisarios para la articulación discursiva de las exposiciones venideras y resolver de un plumazo un dilema que me mareaba. De modo que, ya han visto ustedes que, por razones profesionales, no hay impedimento que valga para ver lo que, con convicción, nos proponen dos comisarios como Armengol y Manen.

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FAQ: Zona de preguntas frecuentes. Fundació Antoni Tapies, Barcelona

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Hasta el próximo 9 de febrero de 2014 se presenta en la Fundació Antoni Tàpies de Barcelona FAQ: Zona de preguntas frecuentes, un ambicioso proyecto nacido para reflexionar sobre la optimización de recursos prácticos y conceptuales en la deriva de iniciativas consagradas a las prácticas artísticas contemporáneas desde instituciones de diversa índole. Una oferta que, haciendo gala de un carácter sumamente poliédrico, multiforme, pluricuestional y un poco confuso, me impele a hacerles partícipes de la pregunta que, desde que tuve conocimiento de su andadura, empezó a planear sobre mi cabeza: ¿qué?

Desarrollándose en lo que, según sus organizadores, vendría a ser “un espacio de emergencia”, “área de debate activo”, “zona de suspensión de los límites de cada agente”, “una posibilidad de experimentación desde una práctica compartida” o, por si fuera poco, un “punto de partida de los procesos a partir de las preguntas que vertebren el quehacer de los varios agentes reunidos”, este proyecto es una suerte de unión entre fuerzas institucionales absolutamente dispares y motivada por circunstancias, anhelos, intereses, finalidades y expectativas completamente distintas pese a rozarse entre ellas. De modo que, a menos que se controle esta iniciativa tan expuesta a lo-pueda-dar-de-sí, lo que puede derivar en un debate interesante entorno a la necesidad de establecer puentes entre todo tipo de instituciones, especialmente en momentos como el actual, también puede terminar como el rosario de la aurora.

Pero vayamos por partes. Las instituciones que han decidido aunar sus fuerzas para formular preguntas que, si algún día encuentran respuesta, fulminarían buena parte de los problemas que tenemos en el arte local y universal, son la Sala d’Art Jove, Hangar, Idensitat y la Fundació Antoni Tàpies. Cuatro instituciones dedicadas al conocimiento, la reflexión y la producción de la práctica artística contemporánea en un radio de acción sumamente preciso: Barcelona. Pese a la diferencia de perfil de estas instituciones, parece que convergen de manera horizontal –es decir, sin jerarquías- en la detección de unas problemáticas que les son comunes. En consecuencia, tras constatar lo unidos que están en función de las preguntas que se hacen, han decidido visualizar el color de la sangre que corre por sus venas. ¿Y cómo? Mediante packs de reflexión liderados por la Sala d’Art Jove, Hangar, Idensitat y la asistencia de la Tàpies que es quien, además, pone el espacio.

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La primera entrega de este FAQ se titula Fuga, variaciones sobre una exposición y estará en cartel entre el 15 de noviembre y el 13 de diciembre de 2013. Para entendernos, vendría a ser como la consecuencia lógica del proyecto curatorial desarrollado en la Sala d’Art Jove a partir de los proyectos seleccionados en la convocatoria de 2013. Tras la actividad desarrollada en su sede de la calle Calabria, las comisarias de este equipo curatorial sintieron la necesidad de buscar otro espacio para las obras de aquellos con quienes habían trabajado y que, tras varias sesiones de reflexión, habían generado unos proyectos cuyo volumen conceptual y material les obligaba a fugarse del espacio que les había acogido. Al tiempo que este equipo curatorial buscaba su espacio, los responsables de la Tapies y la Sala d’Art Jove, trabajando en sus cosas, barajaban la posibilidad de hacer algo juntos algún día. De modo que, viendo ante sus ojos la ocasión para exteriorizar su relación, decidieron que el espacio que necesitaban las comisarias iba a ser la Fundación Antoni Tàpies. De modo que mataban dos pájaros de un tiro. O tres. Porque si los responsables de la Tàpies y la Sala d’Art Jove, con esta maniobra, veían cumplida una parte de sus deseos, el equipo curatorial iba a disponer de más espacio y los artistas de la exposición, en lugar de embutir sus trabajos en la sala de exposiciones que les hubiera tocado, iban a exponer en dos salas de la Fundació Antoni Tàpies. Es decir, en un lugar más céntrico, visible, con más caché y por el que, además, pasa más gente. En resumen, que todos tan contentos. O no.

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La segunda entrega de FAQ… se titulará Factótum, correrá a cargo de los artistas residentes en Hangar y será visible desde el 18 de diciembre de 2013 al 9 de febrero de 2014. A diferencia del proyecto anterior liderado por un equipo curatorial que, funcionando a la manera de lo que se le pediría a cualquier comisario, han trabajado con los artistas para mostrar el fruto de una labor conjunta, la propuesta de Hangar será responsabilidad exclusiva de los propios artistas. De modo que, frente a la ausencia de unos comisarios que tampoco quieren, serán ellos mismos quienes se van a autocomisariarar para mostrar lo que será una agrupación de exposiciones individuales. Es decir, lo mejor que pueden hacer para aprovechar la ocasión de exponer en la Tàpies. Lo que no está mal y yo me alegro mucho. Pero ello no es óbice para que no me pregunte qué es lo que la Fundació Antoni Tapies y Hangar desean obtener a nivel institucional, más allá de haber confluido en esa zona de convergencia, debate activo y cuestionamiento en una búsqueda conjunta de respuestas a preguntas que, sinceramente, les recomiendo que lean.

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La tercera entrega de FAQ irá a cargo de Idensitat, un proyecto ajeno a cuestiones comisariales e interesado en el modo en que las prácticas artísticas inciden en el territorio en sus dimensiones espaciales, temporales y, sobretodo, sociales. Su propuesta, realizada en colaboración con Recreant Cruïlles, estará en acción entre el 17 y el 25 de enero de 2014, se titulará Dispositius post y consistirá en la exposición de proyectos e intervenciones artísticas en el espacio público y en un “Seminario + taller + Seminario Expandido” como “espacio de reflexión permanente donde confluirán perspectivas y prácticas diversas” capaces de inducirnos a imaginar la naturaleza “de un escenario de transformación, de cambio de paradigma social, cultural, institucional, político y económico”. Y todo ello desde lo micro a la macro, es decir, desde intervenciones reales entorno al solar de Germanetes –calle Consell de Cent entre Compte de Borrell y Viladomat- a cuestiones universales que intentarán responder en su seminario y que se unirán a las del proyecto –FAQ- que comparten con las otras instituciones. Aunque no dudo del interés de esta iniciativa, me pregunto qué rédito se espera obtener de una colaboración de este tipo por parte de ambas instituciones.

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Antes de seguir con una deriva que no quisiera que diera pie a malas o erróneas interpretaciones -como, por ejemplo, a consideraciones elitistas del arte, cuestiones personales, espíritu vengativo, alienación de la realidad, tendencia a la autodestrucción, etc…- me gustaría aclarar que estoy absolutamente de acuerdo en la necesidad de establecer diálogos, puentes y activas y entusiastas vías de colaboración entre instituciones y entre todos los agentes del sector artístico. La arrogancia sobre la que se ha fundamentado no pocas carreras y trayectorias profesionales en este país, ni ha tenido ni tiene ningún sentido. De modo que es necesario, ya no repensar, sino pensar e imaginar otros escenarios en los que los discursos que propone, declama y cuestiona el arte se puedan desarrollar a partir de los parámetros que le son propios desde la más acuciante actualidad, con la mirada puesta en un futuro distinto al que nos habíamos imaginado y la reubicación de nuestro pasado en el lugar que le corresponde. Y todo ello tanto a nivel individual como colectivo. Ya se sabe que lo colectivo sólo funciona cuando la conciencia individual ha sido y es trabajada.

Ahora bien, pese a compartir la iniciativa de hacerse preguntas para existir y así darle pábulo a la creatividad, al pensamiento, a la producción y a la práctica artística, no entiendo porque este proyecto no se promociona sin complejos desde la óptica de lo experimental, el riesgo, la incógnita, la ausencia de miedo y la necesidad de actuar de una vez por todas frente a un contexto que nos obliga a tomar partido. A través de un Trivial letal de interrogantes o la feliz confluencia de intereses que no se explica cuáles son y, si lo hace, no queda claro, parece como si la misión de instituciones con vida propia, canales de difusión contrastados y palpable nivel de incidencia sobre el tejido artístico de esta ciudad, no fuera otra que escuatear los espacios de la Fundació Antoni Tapies y/o vampirizar su prestigio institucional. Lo cual, junto a la disimilitud de sus aportaciones en este proyecto coral, impide que entienda el rumbo que puede seguir por mucho que los integrantes de este FAQ coincidan en sus consideraciones acerca de la producción artística.

Si este proyecto es un apunte o la primera manifestación de una labor iniciada a la sombra frente a la necesidad de involucrarse en investigaciones colaborativas, permanentemente en cuestión, pensadas para vivir al albur de conclusiones emergentes –de emergencia- y puestas a rular para incentivar el pensamiento de todo el sector y, por qué no, también del usuario que, entre el Boulevard Rosa, la casa Batlló y una terraza de la Rambla Catalunya, decide entrar en la Fundació Antoni Tàpies para tomarse un respiro, quizá se pueda concluir que su especificidad está en la incertidumbre del proceso en sí mismo y que el modo de encajar en la labor que, desde sus trincheras individuales, vienen desarrollando sus ideólogos, será lo que determinará su nivel de compromiso con el arte a partir de este momento. Que no está nada mal.

En este caso, lo vamos a celebrar. Y mucho.

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De pintura: Pieter Vermeersch. Galería ProjecteSD, Barcelona / Juan Ugalde. Galería etHALL, Barcelona

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Hablaba hace unos meses con unos amigos –un artista/escultor y otro director de un espacio de producción artística- acerca de la dificultad de referirse a la pintura, especialmente por escrito. Frente a lo viable que me resultaba hacerlo sobre otros lenguajes artísticos quizá por estar más acostumbrado a escuchar sus voces o por la ausencia total de reparos al hablar de ellos o por los referentes que podemos utilizar para acercarnos a lo que se nos antoja que nos quieren decir, el ámbito de la pintura seguía siendo, para mi, algo tan desconocido como encerrado en sus dos dimensiones. Tras dos horas de charla consagradas a intentar comprender por qué, pese a estar de acuerdo en nuestro punto de partida, no éramos capaces de encontrar una respuesta convincente, tuvimos que dar por zanjada nuestra conversación al cerrar el bar donde estábamos celebrando algo. Ahora bien, pese a este final abrupto, el tema de la pintura es algo que sigue rondando por mi cabeza desde hace bastante tiempo. Y es que se trata de un tema que, si a mis amigos no les quita el sueño porque la labor que desempeñan no les impele a indagarlo, a mí sí que me lo quita –en sentido metafórico– porque en más de una ocasión he tenido que escribir sobre pintura y siempre he echado de menos lo mismo: poder disponer de elementos de juicio de una naturaleza más objetiva, técnica o como se le quiera llamar. Es decir, de esos elementos que, a menos que uno conozca a muchos pintores o sea visionario, se adquiere a base de visitar exposiciones hasta al punto de poder vislumbrar, entre todas las pinturas, aquellas que “valen la pena” de las que no y, sobre todo, porqué. Y no sólo desde un punto de vista subjetivo.

Debo confesar que, desde aquella conversación hasta hoy, han sido pocas las exposiciones de pintura que he podido visitar. De modo que mi instrucción sobre el tema seguía más o menos como estaba. Es decir, en stand by. Hasta que hace dos días quedé con un amigo pintor para hablar de una cosa importante cuando, en el transcurso de nuestra conversación, volvió a aparecer este tema que me preocupaba. Lo cual no era extraño. Puesto que el tema a discutir era, efectivamente, su tema.

Yo le comenté que así como para hablar –y sobretodo, escribir- de instalaciones en video o sin video, de escultura, fotografía, dibujo, sonido… uno se puede apoyar en infinidad de referentes que le otorguen enjundia a sus argumentos al poder percibir -aunque sea equivocadamente- lo que se esconde detrás de la intención de su creador en el momento de hacerla o, hasta incluso, de pensarla, en el caso de la pintura me resultaba sumamente complicado. Y ya no digo cuando lo que el artista opta por pintar, poco o nada tiene que ver con la figuración o con algo que se pueda relacionar con lo que ven nuestros ojos, por ejemplo, caminando por la calle.

Le seguí comentando a mi amigo pintor que, pese a haber intentado que no fuera así, siempre me había sentido un poco idiota escribiendo sobre pintura. Que sentía como si me faltaran asaderas, flotadores de salvación adecuados o el morro necesario para soltar lo que me pareciera dejándome llevar por lo que, subjetivamente, me sugiriera una pintura. Un ejercicio para el cual sospechaba que debía aproximarme desde el terreno de la literatura y que, a estas alturas, se me antojaba demasiado pretencioso y, sobretodo, extemporáneo.

Me dijo mi amigo pintor que lo que solía pasar cuando se encontraban varios pintores es que el modo de referirse a su obra se hacía en unos términos que, difícilmente, podían entender quienes no estuvieran muy en la honda. Pensé que lo que me decía debería ser como una suerte de logia a la que no se puede acceder a menos que se sea muy amigo y/o confíen plenamente en ti. Me siguió diciendo mi amigo pintor que, en el terreno de la pintura, hay casi tantas líneas de investigación como seres que se dedican a ella. Lo cual no impide que, entre ellas, no se puedan establecer ciertos puntos en común. Y me habló de dos tendencias que, a su modo de ver, predominaban en pintura por encima de las demás: por una parte, la que apuesta por un tipo de pintura, digámosle, elegante, sobria, casi minimalista, no figurativa, profundamente efectiva, eficaz, de impecable factura, de indudable calidad conceptual y emocional y de caerse al suelo sólo con verla, y, por otra parte, la que apuesta por la explosión del color, la composición, el error, la que no duda en refugiarse en elementos procedentes de nuestro entorno más inmediato, la que te induce a recorrer el lienzo en busca de las pistas que te ayuden a comprender lo que está narrando, en suma, la que te hace imaginar que, en el estudio del artista, hay pintura por todas partes y que su ropa de trabajo es una suerte de Jackson Pollock sin la firma de este genio americano.

No es que me diera por vencido ni que estuviera dispuesto a zanjar este tema. Lo que sucede es que, entre lo que me dijo mi amigo, lo que yo venía acumulando y lo que ahora mismo tenemos la inmensa suerte de poder ver en dos galerías de Barcelona, creo que se puede ahondar un poco más en la dimensión de aquellas palabras de mi amigo al referirse a dos tendencias en pintura pese a haber muchas más.

Empecemos por la primera:

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El pasado 15 de noviembre se inauguró en Projectesd la cuarta exposición de un artista que, a mí personalmente, me ha ido calando profundamente desde la primera vez que vi su obra. Eso si: poco a poco, paulatinamente y hasta el punto de no poder cerrar la boca al ver alguna de sus obras. Me estoy refiriendo a Pieter Vermeersch, artista nacido en Kortrijk, Bélgica, en 1973 y que lo que presenta en esta galería de Barcelona es una suerte de mini catálogo de los formatos con los que el artista consigue que la pintura dialogue de manera natural tanto consigo misma como con el espacio, los volúmenes, la fotografía y, además, con el espectador. Y no porque le obligue a hablar de manera explícita sino porque a través del silencio y la serenidad cromática de la que hace gala en la aplicación de sus pinceles, consigue situar al visitante en el interior de un campo de acción en el que cualquier movimiento, por mínimo que sea, se puede convertir en un sonido ensordecedor.

Para ver esta exposición de Vermeersch, además de disponer de una cierta predisposición a dejarse llevar por lo que se pueda percibir, hay que ir dispuesto a sumergirse en el dominio de la técnica con el que este artista se aplica en el uso del óleo –como me hizo ver otro amigo pintor el día de la inauguración, completamente embelesado por lo que veía- o a intentar descubrir los intersticios de una pintura mural que, del blanco pasa al azul, en una suerte de gradación sinuosa de la que es imposible abstraerse. También es recomendable ir preparado a apreciar las huellas del propio artista aplicadas sobre superficies, hasta entonces, ajenas a la mano del hombre o a apreciar lo que este artista es capaz de ofrecer con ayuda de la pintura, sus pinceles, la fotografía, el espacio y los cuerpos de nosotros mismos. Pero no todo acaba aquí: frente una producción cuyo vínculo con la abstracción monocromática es más que evidente, a la que se descubre –porque alguien te lo dice o porque lees la hoja de sala- que la fuente de la que parte este artista son imágenes reales procedentes de sus propias pinturas o de “cielos despejados al atardecer”, la cosa empieza a adquirir una dimensión más especial. Y es que, más que imágenes captadas con ayuda de una cámara, las suyas son los puntos de los que parte para la concepción de sus instalaciones pictóricas concebidas para traspasar el espacio bidimensional e invitar al espectador a tomar conciencia de la realidad por la que todos nos movemos. Aquella donde existimos.

Soy plenamente consciente de cómo me puede haber quedado esta “semblanza” pictórica a partir de la obra de Pieter Vermeersch. Lo siento francamente. Pero es que hasta la fecha sigo ignorando cómo expresar lo que, por la senda del corazón, me ha llegado al pensamiento para dejarme como lo que ahora no puedo más que resumir en dos palabras: im-pactado.

Y ahora vamos a por la segunda:

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También el 15 de noviembre se inauguró en la galería etHALL -de dibujo contemporáneo- una exposición de Juan Ugalde. Un artista bilbaíno nacido en 1958 y afincado, actualmente, entre Madrid y Berlín. Por bien que de este artista no se había visto nada en Barcelona desde su exposición Otro mundo imposible, en la Galería Joan Prats, lo cierto es que su presentación actual representa, para mi, una suerte de bocanada de aire fresco francamente necesaria para avivar la llama de mi incultura pictórica. De esa que expongo sin reparos desde el inicio de este texto.

La exposición a la que nos referimos se compone exclusivamente de obra en pequeño formato que Ugalde ha venido realizando desde este verano en Berlín, ciudad donde también reside. Se trata de una obra que, partiendo de imágenes halladas en mercadillos de la ciudad, revistas, libros encontrados o dónde sea, el artista descontextualiza magistralmente otorgándoles, a través de su mano y una técnica indisociable de ese lenguaje con el que nos hablaba Ugalde desde que tengo uso de razón, una vida más allá de la imagen y compuesta por una alucinante combinación de formas y explosión de color susceptibles de imaginar la naturaleza de lo que se esconde más allá de lo que vemos.

Viendo el tipo de obra que nos propone Ugalde, no fue extraño que pensara en la otra línea de investigación a la que se refería mi amigo pintor aquel día en el que, como quien no quiere la cosa, hablamos de pintura. Sería ésta la tendencia al uso del color en función de la intensidad emocional de su cromatismo y de la manera de aplicarlo en el espacio que se condensa entre dos dimensiones. En este sentido cabría señalar, que lo que Ugalde propone a través de unos dibujos que ya quisiera yo tener alguno colgado en mi casa, es una suerte de caja de resonancia de lo que la imagen hallada le va sugiriendo a medida que trabaja con ella. Y es que, contrariamente a lo que pueda parecer, el modo de trabajar de Ugalde es algo del que queda constancia a través de los jirones, errores, tachaduras, plastas de color y otros accidentes laborales que el artista no sólo no evita sino que son la base de lo que, poco a poco, se ha ido constituyendo como característico de su trabajo.

Con estas dos propuestas pictóricas a las que me acabo de referir creo que, en Barcelona, tenemos motivos más que suficientes como para estar contentos y felices de poder disfrutar de la obra de dos artistas que, como Pieter Vermeersch y Juan Ugalde, nos invitan a sondear el inabarcable universo de la pintura desde dos ópticas muy distintas, absolutamente convincentes, técnicamente impecables, emocionalmente sin palabras y, en definitiva, magníficas.

Aprovechar esta ocasión sin demora se me antoja bastante más interesante que perder el tiempo en escenarios cuyas maniobras orquestales, a fuerza de insistir en sus ensayos, están mandando nuestros oídos –y hasta al resto de nuestros cuerpos- allí donde se va cuando no nos sentimos demasiado bien.

Pero que cada uno haga lo que quiera. Y vaya donde le plazca. Faltaría más!!

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Carolina Bonfim. Corazón 190. BCN Producció 2013. La Capella. Barcelona

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Cuando recibí la convocatoria que, a través de internet, lanzó La Capella para ser espectador-participante de una de las performances de Carolina Bonfim concebidas en el marco de uno los proyectos seleccionados de BCN Producció 2013 y que, dentro de la categoría de proyectos deslocalizados, se debía realizar fuera del recinto de La Capella, no lo pensé dos veces. Pese a que este tipo de prácticas performáticas son conocidas desde hace años, uno no tiene la ocasión de vivirla frecuentemente. De modo que, así como hace dos años ya participé en la que, para el mismo marco pero en la edición de 2011, concibió Alex Reynolds también para un solo espectador, tener la posibilidad de revivir algo parecido se me antojaba un verdadero lujo.

Y este fue mi primer error: esperar que el buen recuerdo que tenía de la experiencia vivida con la propuesta de Alex, renaciera de nuevo con la que ahora proponía Carolina.

Tras una primera fase centrada en la toma de contacto, confirmación del número de teléfono y negociación para el día de la cita, llegó el mensaje que más deseaba: “Quedamos el 17 de octubre a las 17h, frente al Café Zurich, ubicado en la Plaza Catalunya, no1. Instrucción: – Trae tu móvil con batería suficiente. Se ruega puntualidad”. Es decir, la confirmación del día, hora y lugar en el que iba a empezar lo que ignoraba por completo.

Confieso que acudí a la cita dispuesto a experimentar algo distinto, interactuar con la experiencia que se me ofrecía, algo que me sacara de mi rutina, que me brindara la posibilidad de reconocerme en una situación extraña, que me dijera algo de Carolina, algo acerca de mi, que me sorprendiera, que me intrigara, que me, que me, que me… en suma, acudí sobrecargado de expectativas cimentadas sobre lo (poco) que conocía de Carolina, lo vivido en situaciones similares y mi tendencia natural a entusiasmarme con este tipo de propuestas.

Y este fue mi segundo error: ir cargado de expectativas.

El día acordado, pasados cinco minutos de la hora prevista y ya frente al Zúrich, se me acercó un desconocido preguntándome si le podía atender. Le dije que no porque esperaba algo. Y él me dijo que él era ese algo. Acto seguido me invitó a firmar un papel por el que aceptaba ser gravado y/o fotografiado, me dio un bolso con algo dentro que me dijo que tendría usar, confirmó que llevara la batería del móvil lo suficientemente cargada y me dijo que fuera bajando por el centro de las Ramblas en dirección al mar prestando atención a las instrucciones que, a partir de entonces, recibiría a través del móvil.

Por bien que las Ramblas era un lugar por el que solía pasear cuando todavía se podía, el hecho de hacerlo para alguien me resultaba cuanto menos inquietante. De modo, que para evitar que esta sensación se apoderara demasiado de mi, me apliqué en hacer lo posible para aprovechar, mientras paseaba, aquel momento de tranquilidad. Momento que se cortó con la llegada del primer mensaje. Se me decía que iba a buen paso y que siguiera por donde iba… A pesar de saber que iba solo, empecé a sentir que me estaban observando. Y aunque me giré varias veces para cerciorarme, no conseguí adivinar quien estaba cerca mi o cuan cerca de mi estaba quien me estuviera siguiendo.

Llegados a la calle Hospital un segundo mensaje me invitó a tomar esta calle y, hasta nuevo aviso, seguir caminando por la acera de la derecha. Mientras seguía a rajatabla lo que se me decía, mi intriga iba en aumento. Y pensaba que hasta aquel momento todavía no había pasado nada. O si: cumplir instrucciones y seguir caminando, mirando, observando, escudriñando, analizando, escaneando… buscando una explicación. Participando en algo que no sabía qué era.

Y este fue mi tercer error: querer entender lo que sucedía antes incluso de terminar.

Llegado a la Rambla del Raval un mensaje me dice que baje por la acera de la derecha y entre por la calle de San Rafael, una calle que cambia dos veces de nombre. Debo seguir hasta el número 6, cuando la calle ya es Lleialtat. Y frente a la puerta indicada, abrirla con una de las dos llaves que hay dentro del bolso que me dieron en el Zurich. Una vez dentro del inmueble, debo subir hasta la puerta frente a la cual hay una alfombra con corazones. Y entrar en la casa con la segunda de las llaves. En casa de Carolina.

Al instante de entrar en ella, me pareció que en la casa no había nadie. No se oía un alma. Todo estaba como en un orden extraño y listo para ser mirado, observado, escudriñado, fisgoneado, hurgado… espiado.

Y este fue mi cuarto error: temer sobrepasarme, abusar de la confianza. Y en consecuencia, retenerme, cortarme, cohibirme.

Después de pasearme por el salón sin apenas mirar y por el dormitorio haciendo lo mismo, me senté en una silla a la espera de algo. Ciertamente, de un nuevo mensaje. Desde allí miré las plantas, saqué una foto de la pared del salón, me levanté para mirar por la ventana. En suma, hice lo que tenía a mi alcance para hacer que aquella espera fuera algo más agradable. Y seguí esperando hasta que llegó, de nuevo, un mensaje. Probablemente el último. Una nota, escueta, que decía lo siguiente: “Sal del piso solo con tus pertenencias. Elige el camino que desees”. E hice lo que se me decía.

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Alejado de la zona de autos, me resistía a creer que todo hubiera terminado. Pero no sólo esto: al tiempo que me iba alejando, mi cabreo iba en aumento. ¿Tenía que haber pasado, visto, oído, sentido algo?, ¿debía haber observado mejor?, ¿dónde me perdí?, ¿porqué me hicieron firmar aquel papel?, ¿había alguien en la casa?, ¿me seguía alguien por la calle?, ¿habían estado jugando conmigo?, ¿porqué soy tan idiota?, o, ¿es ella la idiota?… ¿qué ha pasado?

Confieso que pocas veces me había sentido tan extraño. No sabía qué pensar, qué hacer, qué decir, qué concluir. Y me resistía a que el tiempo fluyera y que yo con él diera por bueno lo que (no) había vivido. O quizá si. En todo caso necesitaba una respuesta. Alguna razón.

Puesto que después de quince días todavía no me había olvidado de aquella extraña sensación, me puse en contacto con Carolina para decirle que quería verla. Buscaba algo muy simple. Unas palabras.

Y nos vimos. Una vez en su estudio empezamos a hablar de su trabajo. De su labor con el cuerpo en movimiento, de su paso al campo de las artes plástico-audiovisuales, de su interés por lo performático y de su tendencia a observar el movimiento de los cuerpos ajenos. Hablamos de danza, de algunos de sus modos de entenderla, de los trabajos de investigación, de su archivo personal, de las distintas maneras de expresarse, de todo un poco y nada a la vez durante, al menos, unas dos horas. Y fue entonces y sólo entonces cuando empecé a entender lo que había estado haciendo aquel pasado 17 de octubre: actuar para ella. Es decir, darle a Carolina lo que buscaba en los demás.

A los tres días de aquel encuentro recibí por correo electrónico siete fotos de Carolina. Sin ningún texto ni pie de foto ni nada que  se pareciera a una pista. En ellas se podía ver lo que no había visto el día de autos, es decir, lo que me perdí: algunas de las fotos que me habían sacado mientras me dirigía a su casa estratégicamente bien situadas en distintos rincones de su habitación. Puestas allí para que las viera. Delante de mis narices. Allí donde ella duerme.

Tras aquella charla que mantuvimos comprendí que fuimos nosotros, los participantes, quienes actuamos para una sola espectadora. Y que las fotos, quizá, no fueran más que una recompensa. Para quien las hubiera visto. Ahora bien, lo importante, lo verdaderamente importante, quizá fuera lo que había pasado antes, lo que no habíamos visto, lo que Carolina fue absorbiendo de sus participantes con el fin de ir completando, en silencio, ese catálogo de movimientos del que hace uso quienes ella observa.

Como yo, sin darme cuenta y pese a citarme en el Zurich un día de octubre a las 5 de la tarde. Y seguir recordándolo como algo muy especial.

 

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Ante el horizonte. Fundació Joan Miró. Barcelona

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¿Cuál podría ser la diferencia entre una raya y un horizonte? Pues bien, que mientras que una raya, esencialmente hablando, podría ser la representación más mínima, escueta y gráfica de un horizonte, un horizonte no es sólo una raya. Es mucho más. Por mucho que la evoque.

Si de ese mucho-más que son los horizontes son muchos los artistas que, a través de sus obras, nos han hablado desde la historia del arte, también son innúmeros los artistas que, lejos de esa idea del horizonte como límite, ocaso-fin, alba-comienzo, meta, metáfora, destino, etc… se han centrado en el estudio o el uso de la raya para abordar conceptos o temas de carácter más abstracto, objetual, estético o, hasta incluso, poético. Lo cual no quiere decir que haya alguno, de entre todos ellos, que estuviera o esté pensando en un horizonte cuando decide resolver con una raya lo que le pasa por la cabeza.

Cuando frente a una exposición titulada Ante el horizonte a uno le asaltan cuestiones de este tipo, es que algo sucede. Puede que esté pasando un mal día, que esté confundido por algo, que las rayas lo hayan rayado, que no sea capaz de ver más allá del horizonte o, simplemente, que junto a obras que le invitan a sondear el descomunal universo del horizonte y sus posibles significados como territorio al que se dirige la humanidad, como punto donde se mira el hombre, como metáfora del esfuerzo que, para alcanzarlo, le queda por hacer, como imagen de su pequeñez frente a la inmensidad del universo, como campo de batalla para su conocimiento, como área de paz y de sosiego, como zona de turbulencias incesantes, como inicio de lo infinito, como puerta del infierno, en fin, como todo cuanto nos pueda sugerir la naturaleza en cuanto se nos muestra en su completo y exuberante esplendor, haya otras con las que comparte espacio de exposición y que a lo único que le remiten no sea más que a una raya. A una raya bien resuelta, bien iluminada, bien descrita, bien recta, bien sutil, bien tensa. Pero simple y llanamente una raya.

No voy a decir lo que me parece en general la exposición que se inauguró recientemente en la Fundació Joan Miró de Barcelona. Lo único que diré es que el hecho de contar con obras de una calidad extraordinaria, de artistas de renombre e indiscutible consideración, de aproximaciones al tema del horizonte desde ángulos muy diversos o del deseo irrefrenable de querer sondear la inmensidad del horizonte por una suerte de atracción fatal hacia esta limitación a la que, de inmensa o escasa belleza, todos nos enfrentamos a la que levantamos los ojos del suelo, no es óbice para que del “abanico ecléctico de intentos de aproximación a ese elemento casi ineludible en la pintura, la fotografía e incluso la escultura” uno se pueda hacer una idea de lo que se esconde detrás de la mente de un creador cuando decide fijar, sobre el soporte que sea, la intensidad de lo que ve cuando mira hacia el frente, el enorme potencial de su mirada, la energía que emana de la colisión entre el cielo y la tierra, en suma, de los secretos que le aguardan tras la línea de un horizonte.

Dicho esto me gustaría apuntar que entre las aportaciones de esta exposición, hay algunas que me han parecido muy acertadas. Lo diga Didi-Huberman o quien sea, es cierto que “el esquema cronológico sobre el que se fundamente la historia del arte no es tan euclidiano como han querido hacernos creer”. Por ello creo que saltarse esta línea impositiva, además de ser uno de los grandes aciertos de esta propuesta expositiva, es también el que ha permitido que se diera lo que, para mí, sería el segundo. Es decir, la combinación a la manera de mini gabinetes de obras de artistas cuya disparidad en el tiempo y formalización consiguen ofrecer momentos de verdadero deleite.

En este sentido creo que se tendría que hablar de la combinación en la primera sala de la exposición de un cuadro inmenso de Modest Urgell -un óleo que, por lo visto, a Miró le gustaba contemplar en el vestíbulo del Hotel Majestic de Barcelona, colección a la que pertenece el cuadro- junto a cuatro horizontes -marcos-dorados- de Perejaume y una pintura de Miró de 1973. Un conjunto de obras que, muy acertadamente, se ha reproducido en el catálogo de la exposición para perpetuar en papel lo que en directo es una maravilla. Enfrentándose a este tipo de impactos, lo que uno espera ver a partir de entonces es que el resto de la exposición esté a la altura de las circunstancias. Sin embargo, al ver lo que sucede en la sala siguiente puede que no tarde en sospechar por dónde irá lo que le espera, es decir, hacia el conjunto de unas obras muy bien seleccionadas aunque difícil de averiguar cuál es la relación que existe entre ellas. Como por ejemplo, entre las obras de Klee, Calder, Böcklin, Richter, Valloton, Strindberg o Anna-Eva Bergman más allá de que sean fantásticas, más allá de que sean o puedan ser paisajes, más allá de lo que se ve.

A partir de este momento difícilmente se percibe lo que podría ser un cambio de rumbo y así, frente a lo que paradójica y acertadamente, se transforma en un paseo muy agradable, vamos a estar listos para apreciar con libertad lo que se puede desprender de la combinación de obras de Raoul Dufy con François Morellet, de Dalí con Max Ernst y Van Dongen, de Muybridge con Roni Horn, de Monet con Magritte o de la que, para mi, ya valdría por si sola una visita a la exposición: la que se propone entre un óleo de Emil Nolde de 1913 y uno de esos mares de Hiroshi Sugimoto de verdadero infarto e imponente inmensidad. Si, soy fan.

Por bien que el resto de la exposición sigue contando con obras de gran valor desde varios puntos de vista -histórico, conceptual, estilístico/formal, pictórico, escultórico, etc…- hay aportaciones que, a-mi-ya-me-perdonará-quién-sea-o-no, pero es que no acabo de entender qué hacen allí al margen de su vinculación con aquella raya a la que nos hemos referido al inicio de este texto -o sea, Flavin, Agnes Martin, Ruscha, Sandback, Andre…- o ni tan siquiera entre ese duelo entre la raya y el horizonte y que poco o nada ayudan a esclarecer la inclusión en esta exposición de obras como las de Yves Klein, Spaletti, Chagall, Kusama, etc… Por muy espirituales que sean.

Puede que no esté a la altura de entender la selección de obras que se ha hecho para esta exposición. O que desconozca la historia de muchas de ellas. Incluso su génesis e intenciones. También puede ser que no esté lo suficientemente documentado. O que esté manifiestamente incapacitado para ir más allá de lo que ven mis ojos. Pero de lo que sí que estoy seguro es que un solo cuadro de Caspar David Friedrich o de Turner -dos de los que se mencionan en el catálogo- pueden concentrar en escasos centímetros cuadrados algo más de lo que he entendido paseando por esta exposición.

Y prometo que me he esforzado.

 

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