Ante el horizonte. Fundació Joan Miró. Barcelona

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¿Cuál podría ser la diferencia entre una raya y un horizonte? Pues bien, que mientras que una raya, esencialmente hablando, podría ser la representación más mínima, escueta y gráfica de un horizonte, un horizonte no es sólo una raya. Es mucho más. Por mucho que la evoque.

Si de ese mucho-más que son los horizontes son muchos los artistas que, a través de sus obras, nos han hablado desde la historia del arte, también son innúmeros los artistas que, lejos de esa idea del horizonte como límite, ocaso-fin, alba-comienzo, meta, metáfora, destino, etc… se han centrado en el estudio o el uso de la raya para abordar conceptos o temas de carácter más abstracto, objetual, estético o, hasta incluso, poético. Lo cual no quiere decir que haya alguno, de entre todos ellos, que estuviera o esté pensando en un horizonte cuando decide resolver con una raya lo que le pasa por la cabeza.

Cuando frente a una exposición titulada Ante el horizonte a uno le asaltan cuestiones de este tipo, es que algo sucede. Puede que esté pasando un mal día, que esté confundido por algo, que las rayas lo hayan rayado, que no sea capaz de ver más allá del horizonte o, simplemente, que junto a obras que le invitan a sondear el descomunal universo del horizonte y sus posibles significados como territorio al que se dirige la humanidad, como punto donde se mira el hombre, como metáfora del esfuerzo que, para alcanzarlo, le queda por hacer, como imagen de su pequeñez frente a la inmensidad del universo, como campo de batalla para su conocimiento, como área de paz y de sosiego, como zona de turbulencias incesantes, como inicio de lo infinito, como puerta del infierno, en fin, como todo cuanto nos pueda sugerir la naturaleza en cuanto se nos muestra en su completo y exuberante esplendor, haya otras con las que comparte espacio de exposición y que a lo único que le remiten no sea más que a una raya. A una raya bien resuelta, bien iluminada, bien descrita, bien recta, bien sutil, bien tensa. Pero simple y llanamente una raya.

No voy a decir lo que me parece en general la exposición que se inauguró recientemente en la Fundació Joan Miró de Barcelona. Lo único que diré es que el hecho de contar con obras de una calidad extraordinaria, de artistas de renombre e indiscutible consideración, de aproximaciones al tema del horizonte desde ángulos muy diversos o del deseo irrefrenable de querer sondear la inmensidad del horizonte por una suerte de atracción fatal hacia esta limitación a la que, de inmensa o escasa belleza, todos nos enfrentamos a la que levantamos los ojos del suelo, no es óbice para que del “abanico ecléctico de intentos de aproximación a ese elemento casi ineludible en la pintura, la fotografía e incluso la escultura” uno se pueda hacer una idea de lo que se esconde detrás de la mente de un creador cuando decide fijar, sobre el soporte que sea, la intensidad de lo que ve cuando mira hacia el frente, el enorme potencial de su mirada, la energía que emana de la colisión entre el cielo y la tierra, en suma, de los secretos que le aguardan tras la línea de un horizonte.

Dicho esto me gustaría apuntar que entre las aportaciones de esta exposición, hay algunas que me han parecido muy acertadas. Lo diga Didi-Huberman o quien sea, es cierto que “el esquema cronológico sobre el que se fundamente la historia del arte no es tan euclidiano como han querido hacernos creer”. Por ello creo que saltarse esta línea impositiva, además de ser uno de los grandes aciertos de esta propuesta expositiva, es también el que ha permitido que se diera lo que, para mí, sería el segundo. Es decir, la combinación a la manera de mini gabinetes de obras de artistas cuya disparidad en el tiempo y formalización consiguen ofrecer momentos de verdadero deleite.

En este sentido creo que se tendría que hablar de la combinación en la primera sala de la exposición de un cuadro inmenso de Modest Urgell -un óleo que, por lo visto, a Miró le gustaba contemplar en el vestíbulo del Hotel Majestic de Barcelona, colección a la que pertenece el cuadro- junto a cuatro horizontes -marcos-dorados- de Perejaume y una pintura de Miró de 1973. Un conjunto de obras que, muy acertadamente, se ha reproducido en el catálogo de la exposición para perpetuar en papel lo que en directo es una maravilla. Enfrentándose a este tipo de impactos, lo que uno espera ver a partir de entonces es que el resto de la exposición esté a la altura de las circunstancias. Sin embargo, al ver lo que sucede en la sala siguiente puede que no tarde en sospechar por dónde irá lo que le espera, es decir, hacia el conjunto de unas obras muy bien seleccionadas aunque difícil de averiguar cuál es la relación que existe entre ellas. Como por ejemplo, entre las obras de Klee, Calder, Böcklin, Richter, Valloton, Strindberg o Anna-Eva Bergman más allá de que sean fantásticas, más allá de que sean o puedan ser paisajes, más allá de lo que se ve.

A partir de este momento difícilmente se percibe lo que podría ser un cambio de rumbo y así, frente a lo que paradójica y acertadamente, se transforma en un paseo muy agradable, vamos a estar listos para apreciar con libertad lo que se puede desprender de la combinación de obras de Raoul Dufy con François Morellet, de Dalí con Max Ernst y Van Dongen, de Muybridge con Roni Horn, de Monet con Magritte o de la que, para mi, ya valdría por si sola una visita a la exposición: la que se propone entre un óleo de Emil Nolde de 1913 y uno de esos mares de Hiroshi Sugimoto de verdadero infarto e imponente inmensidad. Si, soy fan.

Por bien que el resto de la exposición sigue contando con obras de gran valor desde varios puntos de vista -histórico, conceptual, estilístico/formal, pictórico, escultórico, etc…- hay aportaciones que, a-mi-ya-me-perdonará-quién-sea-o-no, pero es que no acabo de entender qué hacen allí al margen de su vinculación con aquella raya a la que nos hemos referido al inicio de este texto -o sea, Flavin, Agnes Martin, Ruscha, Sandback, Andre…- o ni tan siquiera entre ese duelo entre la raya y el horizonte y que poco o nada ayudan a esclarecer la inclusión en esta exposición de obras como las de Yves Klein, Spaletti, Chagall, Kusama, etc… Por muy espirituales que sean.

Puede que no esté a la altura de entender la selección de obras que se ha hecho para esta exposición. O que desconozca la historia de muchas de ellas. Incluso su génesis e intenciones. También puede ser que no esté lo suficientemente documentado. O que esté manifiestamente incapacitado para ir más allá de lo que ven mis ojos. Pero de lo que sí que estoy seguro es que un solo cuadro de Caspar David Friedrich o de Turner -dos de los que se mencionan en el catálogo- pueden concentrar en escasos centímetros cuadrados algo más de lo que he entendido paseando por esta exposición.

Y prometo que me he esforzado.

 

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