Aimar Pérez Galí. Sudando el discurso. La Poderosa, Barcelona

camiseta*

El primer día de diciembre de 2013 Aimar Pérez Galí (Barcelona, 1982) volvió a dar una conferencia en Barcelona. Fue en el marco de In-Formales & In-prescindibles programado por La Poderosa, un espacio nacido de “la necesidad de encontrar nuevas vías de continuidad artística y de derrocar formulaciones estáticas en torno a la danza y sus manifestaciones”. Nunca había visto a Aimar en esta tesitura, aunque si en otra parecida. Fue en la Fundació Antoni Tàpies en la que fuera la tercera parada de 18 fotografías y 18 historias, un proyecto de Bulegoa z/b realizado en colaboración con If I Can’t Dance I Don’t Want To Be Part Of Your Revolution de Ámsterdam que presentaba y acompañaba Performance in Resistance de Isidoro Valcárcel Medina a través de 18 relatos en un viaje por 6 ciudades. En su escala barcelonesa fueron tres las personas que aportaron a este proyecto su particular grano de arena. Entre ellas Aimar quien se aventuró a relatar lo que le sugirió la fotografía La Visita realizada por Valcárcel Medina en varias ciudades en 1974. Era la primera vez que lo veía. Y no sé porqué, en el relato de su palabra escuché la voz de su cuerpo.

Desarrollando su “práctica en el campo de las artes performáticas como bailarín, coreógrafo, pedagogo, investigador y escritor”, la obra de Aimar Pérez Galí transita entre la investigación sobre las relaciones entre danza, movimiento, pedagogía y el desarrollo de nuevas aproximaciones procesuales hacia la práctica escénica. De modo que lo que hace el arte habitualmente aproximándose a contenidos que son más “propios” de otras disciplinas, es también lo que a través de Aimar y otros bailarines afines a este modo de entender la polifonía del lenguaje artístico, hace la danza al “acercarse” al arte desde la óptica común de sus procesos creativos.

La conferencia de Aimar fue una suerte de ponencia performática titulada Sudando el discurso. Y empezó como quien no quiere la cosa. Es decir, de modo amigable. Aimar pidió a la audiencia que, en caso de que hubiera alguna pregunta, se la guardara para el final. Mientras tanto se iba moviendo, calentado la voz como hacen los cantantes, mirando sin perder la vista, concentrándose, respirando. Aunque pudiera parecer lo contrario, estaba claro que se lo sabía de memoria. Que se tenía la lección muy aprendida. Su discurso. Como también que, desde el momento en que empezara, no estaba dispuesto a que nada le interrumpiera.

A la que el bailarín empezó a hablar, el silencio fue sepulcral. Bastaron pocos segundos para comprender que su ponencia no nos dejaría impasibles. Y así, tras una presentación en la que nos dijo que iba a hablar del bailarín como sujeto de subalternidad, siguió contándonos que, si la formación del bailarín es uno de los principales agentes de esta condición subalterna, es porque considera que su cuerpo es una suerte de máquina que no requiere de ningún discurso. Para mostrar su desacuerdo con esta (falta de) consideración, Aimar nos dijo que a su cuerpo lo entiende como un archivo, como una especie de documento vivo. En suma, su tesis. Una investigación entorno a la fetichización del cuerpo del bailarín, de cómo el discurso de la danza se legitima desde la experiencia de quien la observa y/o analiza y no desde la experiencia de quien la practica y de los problemas que se derivan de semejante (des) consideración.

La autoridad de la palabra de Aimar se fundamenta en el hecho de proclamar que es bailarín y de la afirmación de que su práctica, tanto física como conceptual, sólo se puede comprender desde la óptica de su cuerpo. O, como dice el propio artista, desde el discurso del bailarín. Del mismo que lo suda y habla.

No se vayan a creer ustedes que lo escrito en los dos párrafos anteriores ha sido fruto de mi cabeza tras los cuarenta-minutos-que-podrían-haber-sido-muchos-más de esta conferencia performática de Aimar. Ha sido una suerte de lee, relee, recorta, entiende y restaura a partir de la fotocopia que nos dieron en la entrada de la Poderosa para saber lo que íbamos a ver. Tres propuestas, para mí, tan necesarias como prescindibles a excepción de la conferencia de Aimar que era, justamente, por lo que había ido hasta allí.

Antes de terminar con esta breve impresión, quisiera decir algo en relación a mi percepción acerca de la danza contemporánea. Y querría empezar diciendo que, pese a no ser, para nada, un experto en materia, procuro ver algo cada vez que puedo. Porque a pesar de todo, me sigue gustando. También querría decir que, en alguna de estas ocasiones y sin saber muy bien porqué, al final de haber visto algún espectáculo de danza he sentido que no podía moverme del asiento en el que estuviera, que tenía cierta dificultad en pronunciar dos palabras que tuvieran sentido, que pese a no acabar de entender lo que había visto, notaba que estaba tocado aunque no pudiera decir dónde y que pensaba que, quizá, algún día comprendería su por qué. O no. Esto es lo que me pasó, por primera vez, después de ver 1980 de Pina Bausch o a la propia bailarina en Café Müller o, más recientemente, después de Cédric Andrieux de Jérôme Bel el pasado mes de octubre en el Mercat de les Flors o de la extraordinaria retrospectiva de Xavier Le Roy programada por la Fundació Antoni Tàpies el año pasado. En una escala más pequeña pero mucho más directa, sin filtros ni diferencias que valgan, algo parecido a lo que acabo de describir es lo que pude percibir ese primer día de diciembre tras la conferencia de Aimar escrita con tinta de su cuerpo.

Es decir, lo propio de un discurso elaborado, personal, contrastado y sin concesiones. Un discurso perfectamente declamado, acompañado de pausas bien temperadas y haciendo gala de un control absoluto sobre la cadencia de un movimiento sometido al dictado de una conferencia grabada. El ejercicio previo al que se consagró el artista para poder bailarla para nosotros, sudar su discurso y dejarlo en el suelo de La Poderosa después de estamparlo sobre el algodón de su camiseta.

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(* foto de Aimar Pérez Galí)

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