Pep Duran. +R Maserre Galería, Barcelona

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Pep Durán (Vilanova i la Geltrú, 1955) es junto a Joan Rom y otros  artistas de su misma generación que podría contar con los dedos de mis manos, uno de los artistas cuya obra me impulsó a amueblar mi pensamiento de alguno de los conceptos, formas, actitudes y vicisitudes sobre los que se ha ido configurando mi vida profesional desde mis inicios en esta carrera hacia principios de los 90. Recuerdo de modo especial la presencia de estos artistas en casi todo tipo de exposiciones y el modo en que, sin ellos, parecía que nada existiera. En pocas palabras: se lo comían todo. Al mundo, a nosotros y a quien hiciera falta.

La confianza con que trabajaban estos artistas se debía en gran medida al arrojo de una obra que se exhibía sin ningún tipo de pudor, cortapisa o complejo y, sobretodo, al apoyo incondicional de buena parte del sector artístico liderado por una crítica de arte cuya influencia se dejaba sentir con fuerza en la prensa escrita. Por que sí, señores, hubo un tiempo que, en este país, en la prensa diaria había un espacio para el arte, interés por la cultura y el ánimo de crear un tejido cultural lo suficientemente recio como para aguantar cualquier tipo de envite, cualquier adversidad. El fallo fue pensar que esta adversidad no llegaría nunca. ¡Y vaya si llegó!

El hecho de haberme remitido al pasado para referirme a la influencia recibida en mis primeros años de profesión por la obra de Pep Durán, artista imprescindible en su momento y sumamente necesario para hacerse una idea de por dónde iban los tiros en la escena artística local y nacional de los 90’s, me lleva a reflexionar acerca de ciertos aspectos que, en el momento de hallarse en pleno fregado, no les damos ninguna importancia ni pensamos en ellos aunque nos los sirvan en bandeja. Son aspectos vinculados a lo que es propio, lícito y normal de una época muy determinada de nuestra vida pero que, con el tiempo, pierden fuerza, se disipan y son escasos quienes los consiguen mantener en activo, pletóricos y libres de resentimiento. O no. Algunos de esos aspectos que, pese a ser recurrentes, repetitivos, cíclicos y tan naturales como la vida misma, están condenados a perpetuarse por cuanto que la crueldad de su significado sólo se entiende cuando ya es demasiado tarde, podrían ser los siguientes:

–        La importancia que se le da a los artistas emergentes y, en especial, en el momento en que se les da y porqué

–        La deriva que siguen estos artistas cuando dejan de ser emergentes

–        La firmeza e indestructibilidad de los principios sobre los que se fundamenta su obra cuando el viento ya no es favorable, no se está en fase de experimentación y al error se le teme porque sus efectos pueden ser letales

–        La sostenibilidad de la arrogancia que nutre la emergencia

–        Los límites del compromiso de quienes, como críticos, comisarios, directores de instituciones, galeristas, etc… se arremolinan alrededor de un artista que está en boca de todos porque su obra está al margen de toda duda

–        Lo que hace que una obra perdure mientras que otra se olvide hasta el momento en que se recupera –o no- en el marco de exposiciones ilustrativas de una época que ya pasó y en la que nadie dudaba de la validez de su discurso artístico

–        Cómo se debe llevar lo de creerse que se está en las alturas y, de repente, darse cuenta que acaricias el suelo

–        En suma: el auge y ocaso de un artista concentrados en los primeros años de una carrera de largo recorrido, lenta e imprevisible. Es decir, lo que sucede con no pocos artistas de indudable éxito durante su emergencia y condenados a la más cruel de las ignorancias en cuanto se les gira la cara y nadie, salvo la familia y los amigos, les siguen dorando la píldora. Mal que nos pese, aquí, en el ámbito de nuestra arcadia artística, la selección natural de las especies también es cruda, salvaje y despiadada. Y si bien es cierto que, en lo emergente, no hay nada más propio que la osadía, el riesgo, la ingenuidad, la valentía, el descaro, la inseguridad y todo lo que les falta a los mayores porque ya no tendrán nunca más, no es menos cierto que sólo quienes no tardan en entender que nunca se deja de aprender son algunos de los que traspasan la barrera de lo emergente para entrar, hasta-no-se-sabe-cuándo, en la de esas carreras medias que tan difícilmente se suelen visualizar.

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Siendo consciente de cuanto acabo de decir, no se pueden imaginar cómo puedo celebrar el reencuentro con la obra de un artista que, en su momento, me ayudó a situarme. De modo que, al saber de la exposición de Pep Duran, no tardé más de un día en ir a verla. Porque el día de la inauguración tenía clase.

En el instante en que pisé la galería y vi lo que había expuesto, sentí una sensación de bienestar como de esas que a uno le dejan a gusto. Y es que, sin entrar demasiado en detalle, noté que se borraba de un plumazo el recuerdo que tenía de lo que había visto de Pep Duran en la Capella del Macba en 2011. Fue en el marco de Una cadena de acontecimientos, una exposición comisariada por Chus Martínez y consistente en un conjunto de piezas cerámicas con relieves incrustados y esmaltados de entre las que destacaba una suerte de mosaico descomunal instalado a la manera de un altar. Algo tan alejado de lo que, hasta entonces, había visto de Duran que hasta tuve problemas en creer que fuera el artista quien lo hubiera perpetrado.

Tras esta suerte de reseteo, accedí a la obra de Pep Duran partiendo del punto en el que me había quedado. Es decir, desde el planteamiento de propuestas, principalmente escultóricas, que me remitían a historias personales de carne y hueso, desde el olor de la pátina incrustada sobre los fragmentos de los materiales que solía utilizar, desde el catálogo de texturas arrancadas de los contextos por los que el artista transita desde el inicio de su carrera, desde el estertor de un Diógenes ahogado entre formas, tramas e ingredientes de todo tipo, desde el saber de una construcción capaz de representar el laberinto de sus pensamientos y, por qué no, también de los nuestros. En definitiva, desde una obra al alcance de la mano, surgida de la realidad, perteneciente a la imaginación, sometida al delirio, poco dada a la complicación, dispuesta a desmontarse y sin embargo recia, entera, contundente y poética.

Verán ustedes que, a la que uno se suelta a partir de lo que ve, no siempre es conveniente dejarse llevar. Porque el alud de sugerencias y sucesos que se deriva de la construcción de una obra hecha a partir de pedazos, fragmentos y trozos, no sólo es interminable sino que se le puede comer a uno.

La exposición se divide en tres partes, una por espacio de los que dispone la galería. Espacios independientes, me refiero. De esos que tienes que salir a calle para pasar de uno al otro. Es decir, tres locales distintos. Pues bien, la sala madre, la principal, la ocupa lo primero que vi de Pep y que, a mi, tanto me reconfortó: una serie de collages del tamaño adecuado para caber en una maleta de viaje de los años 60. Se trata de una serie de dibujos, apuntes, esbozos o aproximaciones al mundo por el que Duran se mueve como pez en el agua desde hace añares y que tiene que ver con lo que ha sido, sino su principal, sí una de las fuentes de las que bebe este artista desde el inicio de su carrera en el sentido más amplio de esta expresión. Es el mundo del teatro y la escenografía. El marco artificial de historias reales. El universo creado en, entre, de, desde, hacia, para, por, según, sin, sobre, tras pero sobre todo con ayuda de materiales que son los que, en una suerte de traslación, acaba utilizando el artista para la construcción de una obra que, como esta, vive al servicio de un dramaturgo. O de la dramaturgia del propio artista. Es decir, los dos personajes que, al entrar en la galería, dejaron sus abrigos colgados en una percha y que, a la manera de esculturas inertes, nos previenen que, para ver la exposición, se requiere tiempo, detenimiento y sobretodo curiosidad.

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La sala de los peines –es decir, donde se guardan las obras sobre pared pertenecientes al fondo de la galería- está ocupada por algunas de las piezas de aquella serie de cerámicas esmaltadas blancas a la que nos hemos referido y que así, de modo aislado y descontextualizadas, parecen otra cosa. Junto a estas piezas hay dos pequeñas obras a medio camino entre esculturas de mesa y unas maquetas. Se trata de composiciones abstractas realizadas con fragmentos de madera y organizadas según la lógica de esa acumulación a la que Duran le tiene tanto cariño. Aunque en este caso, la acumulación es más digerible. Quizá por ser más pequeña.

La tercera y última sala de la exposición esta ocupada por una serie de fotografías realizadas entre las bambalinas de un teatro y rematadas en su parte inferior por fragmentos de madera. De fragmentos como los que venimos viendo desde el principio de la exposición. También desde el principio de su carrera. Y junto a ellas, una suerte de esculturas en fieltro, colgadas de unos ganchos de carnicero y hechas a partir de los cuellos de unos abrigos como los que vimos colgados a la entrada de la sala madre. Al fondo de esta sala y encima del archivador –es decir, allí donde se guardan los dibujos y gravados de la galería- está la madre del cordero. El vientre del artista. La maleta con la que Pep ha ido viajando en, desde, por y a través del tiempo acumulando en su interior lo que ahora nos enseña como si fuera su casa. Es decir, su obra.

Porque así es su casa.

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