Variaciones Goldberg, BWV 988 Johann Sebastian Bach. Evgeni Koroliov. Palau de la Música Orfeó Català, Barcelona

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La primera vez que oí hablar de las Variaciones Goldberg BWV 988 de Johann Sebastian Bach fue a través de un texto de José Luis Brea. Creo que fue en El espíritu de la música, un texto publicado en febrero de 1996 para el número 2 de Acción Paralela, una revista de “ensayo, teoría y crítica de la cultura y el arte contemporáneo”. O sea, de las duras. Recuerdo que yo, por aquel entonces, todavía entendía menos cosas de las que entiendo hoy. De modo que, de aquel texto, no entendí casi nada. Sin embargo, leí ciertos fragmentos que me afectaron por alguna razón. He buscado algunos de ellos y son estos:

–        “Es preciso escuchar con bisturí, con maldad. Pero no para conocer los fallos, los errores -¿hay errores?- o las imperfecciones: sino para saber que escuchar -es también interpretar”.

–        “¿Cómo extirparse a uno mismo, todas las adherencias con que el propio ruido -el que el existir hace- ensucia la ejecución? ¿Es preciso hacerle esta guerra santa a la interpretación -como si la música pura pudiera realmente llegar a ser?”

–        “Y si pudiera, ¿dónde se daría? ¿En el “espacio mental”? -según la enseñanza schumanniana: “acostúmbrese a pensar la música en su propio interior, sin la ayuda del piano. Sólo así la fuente mental fluye con una pureza y una claridad cada vez mayores”.”

–        “Es de la misma “fuente mental” de lo que hay que limpiar la música, para lograrla suficientemente neutra, pura. Hay que librarla de los altibajos del pensamiento, de las economías de la intensidad que sacuden al yo. La música ha de estar allí exenta, sin sujeto. Es un error pensarse -como ejecutante, como audiencia- en la música: ella es precisamente una “ocasión de desaparición”. Toda la fobia gouldiana al contacto físico, a la sexualidad en la música, tiene este objetivo. Que la música esté -y donde ella aparezca todo rastro de sujeto pueda verse borrado.”

–        “Gould advertía con una seriedad que siempre resultaba difícil creer: “no soy pianista, sino escritor”. Aceptándola, queda todavía por dilucidar qué significa en música hablar de escritura. Desde luego, no hablamos de la partitura -de la que el propio Gould aseguraba no era sino “uno de los parámetros de la interpretación”-, sino de la misma calidad material de la música. La escritura de la música se produce en el aire, es sonido -en el tiempo. Es exterioridad radical, estricto acontecimiento.

–        El espíritu de la música

–         Idea de Claridad

Cazando al vuelo lo que pude leyendo este texto seminal de Brea –por cierto, hoy un poco menos difícil de comprender- supe de la existencia de un pianista canadiense al que prefería que le llamaran escritor y que, respondiendo al nombre de Glenn Gould (Toronto, 1932-1982), era un personaje muy peculiar. También supe que, de las variaciones Goldberg de Bach, había hecho una grabación que, por lo visto, era la que valía la pena. La celebérrima. La primera. Fue la que grabó en 1955 y en la que durante su ejecución ya se le oye gemir en un acto poco menos que sacrílego –dicen que lo que hacía lo hacía porque no podía dejar de hacerlo y que no había que darle más vueltas– para quien, como yo, estudió piano de manera seria, ortodoxa, respetuosa y con la mirada puesta en el virtuosismo, la elegancia en escena, los esmóquines del pianista, la técnica de una bailarina rusa y el alma vestida de ángel. Aunque lo dejé en quinto curso, el piano sigue siendo para mi un instrumento sin igual. El que me gusta escuchar y al que cuando escucho me noto raro. Como tonto.

Como todo lo que se percibe con esta intensidad, es recomendable dosificar su ingesta. En consecuencia, lo poco que he podido ir sabiendo de estas Variaciones de Bach no ha sido fruto de una sola sesión sino de lo que se he ido almacenando en mi cerebro entre escuchas interminables, informaciones procedentes de diversas fuentes, lecturas específicas, ratos muertos, algún que otro pensamiento, etc…

No se sabe si es mentira o verdad, pero lo que sí es cierto es que en la primera biografía de Bach, escrita en 1802 por Johann Nikolaus Forkel, se dice que el compositor escribió esta indiscutible obra de la literatura musical por encargo del conde Hermann Carl von Keyserling, de Dresde, con el fin de aligerar sus noches de insomnio. El conde en cuestión tenía como clavecinista a un destacado alumno de Bach llamado Johann Gottlieb Goldberg, del cual la partitura toma el nombre para la obra. El hecho de que Goldberg tuviera 14 años cuando se publicaron las Variaciones en 1741 y que no hubiera una dedicatoria en su primera página como era de costumbre, son dos razones más que de peso para poner en duda la veracidad de esta leyenda. Pero el caso es que ha llegado hasta hoy.

Las Variaciones Goldberg de Bach se componen de un tema único o aria, treinta variaciones y un Aria da Capo. Y lo que las relaciona entre si, contrariamente a lo que se podría creer, no es una melodía común sino un fondo de variaciones armónicas de las que es objeto la línea de bajo. Aunque las melodías pueden variar, siempre subyace un tema constante. Es el que te persigue desde el principio hasta el fin. Ese que Gould escribe como nadie.

El hecho de ser adicto a las grabaciones de Gould, implica, como todas las adicciones, un grave problema. Y es que, pese a intentarlo una y otra vez, jamás se encuentra otra versión que le de a tu cuerpo lo que le aporta la droga Gould. Y cuando digo cuerpo, me refiero al cuerpo entero. Es decir, a todo. Porque no sólo afecta a tus oídos desde el minuto 0 de su voluntaria escucha, sino que ves como, poco a poco, su lectura se va apoderando de ti hasta dejarte sin palabras, exhausto, absolutamente afectado al más puro estilo Spinoziano –de Spinoza, ese príncipe de la filosofía al que se refiere Marina Garcés-, con el vello agotado de tanto subir y bajar, el alma rota de caminar por derroteros escarpados, inesperados y traicioneros, la voz entrecortada-casi-muda por la imposibilidad de hablar a la que alguien te pregunta, los ojos húmedos y limpios por las lágrimas que han visto pasar y con el deseo de terminar con todo este circo a la que ves que llegas al final. Pero no. Porque el aria da capo con que se permite terminar te deja en un estado del que se tarda en despertar.

Ni los gemidos de Glenn Gould, ni sus guantes sin dedos, ni su impostura frente al piano, ni su manera de retorcerse sobre sí mismo, ni su rara presencia en escena han podido dilapidar la leyenda de una interpretación entendida, no como tal, sino como la obra de un escritor susurrada a las teclas de un piano que no se ve para sentirse mejor.

Comprenderán ustedes que, con semejante equipaje a mis espaldas, la interpretación de las Variaciones Goldberg ofrecida el lunes 9 de Diciembre en el Palau de la Música Catalana por Evgeni Koroliov, no estuviera a la altura de lo que esperaba escuchar. Ni por asomo. Y Koroliov no tuvo la culpa. Porque si su técnica estaba fuera de toda duda, también lo estaba su prodigiosa memoria. Y la emoción que se desprendía de su pulcra interpretación, de su afectación por el discurso de Bach, la paciencia que tuvo para aguantar las toses, ronquidos y cierres de bolsos de quien va al Palau como si estuviera en su casa -es decir, en pantuflas y confundiendo al pianista con un televisor y a Gould con un programa de TV3-, el virtuosismo que hay que tener para no decaer a la primera de cambio, el porte que se requiere para lidiar este reto durante poco menos de una hora y media y sobre todo, las ganas de conectar aunque sólo fuera unos instantes. Porque a instantes, sí conectó. Incluso conmigo.

Aunque el problema no era ese. El problema sigue siendo que después de Gould, no se qué más puede pasar.

Variaciones de Koroliov

Variaciones de Gould

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3 thoughts on “Variaciones Goldberg, BWV 988 Johann Sebastian Bach. Evgeni Koroliov. Palau de la Música Orfeó Català, Barcelona

  1. aimar dice:

    Muy interesante reflexión Fede! Después de lo que hablamos ayer me quedé pensando y ahora que leo esto me hace recordar que cuando vi en verano las 4 estaciones recomposed de Max Richter en el Sonar tuve una doble sensación. Por un lado no sonaban tan ‘perfectas’ (permíteme este término aunque no sea de mis favoritos) como estaba acostumbrado cuando las escuchaba en casa, grabadas por la Deutsche Gramophon, y eso me provocó una cierta decepción. Pero por otro lado, como a ti te pasa con el piano por haberlo estudiado, a mi me pasa lo mismo con el violín (lo estudié desde los 7 años), y fue la primera vez que veía en directo a alguien tocar las 4 estaciones, y más aún, modificadas por Richter, lo cuál requiere de un virtuosismo extraordinario. Observar (y sentir) esas “imperfecciones” que se producen en el directo me resultó tan gratificante y emocionante que me quedé con esa sensación. Estaba totalmente afectado no sólo por la composición sino por la interpretación, sabiendo lo complicado que resulta ejecutar esa partitura, empatizaba absolutamente con la violinista… fue una sensación muy extraña que afectó mucho, y eso lo agradezco enormemente.
    Ah, y aquí te dejo el link al inicio de las Golberg Variations bailadas por Steve Paxton: http://www.youtube.com/watch?v=VfkCuvp0-jI
    Y aquí su introducción maravillosa: http://www.youtube.com/watch?v=-8iTMMKtwYQ

    • Gracias Aimar, me voy a mirar las bailadas de Paxton.
      Entiendo lo que dices: empatizar con el intérprete hasta el punto no sólo de no dejarte afectar por sus imperfecciones sino que hasta incluso de apreciarlas. Gould era extremadamente imperfecto en su perfección y eso es lo que hace que la suya sea para mi una creación y no una interpretación. La de Koroliov fue una impecable interpretación.

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