Franz Akermann. Hills and Doubts. Berlinische Galerie, Berlín

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El otro día estaba hablando con un amigo acerca de la pertinencia de empezar un artículo manifestando si aquello de lo que se va a hablar nos gustaba o no. Al cabo de un tiempo debatiendo sin llegar a ninguna conclusión, acordamos que hay propuestas con las que sí se puede hacer y otras que no. Y aquella de la que ahora vamos a hablar, pertenece a esta segunda clase. Porque este tipo de apreciación no creo que sea el más adecuado para referirse, de entrada, a Hills and doubts, la intervención in situ de Franz Ackermann (Neumarkt-Sankt Velt, 1963) para la Berlinische Galerie y que todavía se puede ver hasta el 31 de marzo de este año. Se trata de otro de sus conceptos espaciales –nada que ver con Fontana- desarrollados a partir de la relación que, según el artista, se puede establecer entre el mural, la pintura y la fotografía en su sentido bidimensional como también tridimensional. Algo a lo que invita a experimentar situando al espectador frente a la superficie que ha intervenido y que, ya de por sí, le pondría a cualquiera los pelos de punta: 40 metros de largo x 10 de alto.

Realizada en el contexto de Painting forever! –una iniciativa de la Consejería de Cultura del Ayuntamiento de Berlín y en la que la Berlinische Galerie, el Deutsche Bank Kunsthalle, el KW Institute for Contemporary Art y la Nationalgalerie-Staatliche Museen zu Berlin han unido sus fuerzas para el fomento y difusión de la pintura, es decir, el proyecto típico de un país como el nuestro!- la propuesta de Franz Ackerman se debería entender como un paisaje específico en la línea de lo que, ya en el siglo XVI, empezó a apuntar con magna destreza Joachim Patinir (1480-1524), un pintor considerado como el primer paisajista flamenco y del que el Museo del Prado no sólo cuenta con cuatro de sus obras, sino que una de ellas –El paso de la laguna Estigia, 1519-1524- ha sido incluida en la exposición Historias Naturales de la que, en su día, ya hablamos en este blog. Caracterizada por la amplitud de sus paisajes, la altitud de sus horizontes, la extensión de sus campiñas y los macizos de rocas puntiagudas, la obra de Joachim Patinir, de carácter sumamente fantástico, mezcla con maestría lo real y lo simbólico. De modo que, más que los temas que se desarrollan en el interior de sus escenarios, es el propio paisaje el verdadero protagonista de sus composiciones.

Configurando lo que sería un enorme e inabarcable paisaje caracterizado, como la obra de Patinir, por cumbres rocosas, extensiones de terreno infinitas y horizontes elevados, el mural que le sirve a Akermann para contextualizar su intervención posee los rasgos propios de un artista cuya pintura está pensada para dar rienda suelta al tema entorno al cual gira su obra así como a los subtemas que de él se derivan y sobre los que viene reflexionando desde el inicio de su carrera. A saber: el viaje como núcleo central y, a partir de ahí, el turismo entendido como colonialismo, las relaciones de poder occidentales, el urbanismo, la apreciación subjetiva y la nueva configuración social y comunicativa derivada del uso de las tecnologías digitales, etc. En consecuencia, más que relacionarse con una idea de continente, el concepto de mural que defiende Akermann se aproxima al del contexto que define el espacio sobre el que luego va a intervenir.

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A partir de esta base de carácter mural sobre la que, en la línea de sus conocidos mental maps –es decir, pequeñas acuarelas documentando una percepción espacial-, el artista aproxima al espectador a la interpretación de los lugares por los que transita siempre en busca de lo insólito, Akermann despliega a la manera de una macro instalación lo que serán las rutas por las que deberíamos circular considerando que el espectador es otro de los elementos de los que se sirve para la elaboración de sus propuestas. En consecuencia, rodeando al visitante de intervenciones que, sin solución de continuidad, se despliegan por el espacio abrazando la totalidad de los elementos que lo configuran –es decir, desde puertas y ventanas hasta visitantes, radiadores, rejillas de ventilación, bancos, tubos, etc…- Akermann consigue convertir en singular lo que podría ser una experiencia cualquiera. Algo que nos remite a la concepción del espacio de los situacionistas de los 60’s que, basándose en el uso de mapas erróneos, confusos o equivocados, proponían una lectura de lo desconocido sobre la base de la subjetividad. Es decir, en algo único, singular, especial e irrepetible.

Una vez la base ha sido establecida y aclarado el contexto desde el que artista decide partir, Akermann se consagra a definir con los elementos de los que dispone el microcosmos de una propuesta coral formada por los elementos arquitectónicos del lugar, obras realizadas con fragmentos de fotografías, trozos de cristales, maderas de distinto tamaño, colores vivos, formas abstractas, volúmenes orgánicos, mapas, óleos sobre tela y una sensación de descontrol, sobredosis, estrés creativo, horror vacui y sinrazón absolutamente alejada de la realidad. Algo fácil de percibir a la que uno se frena para recorrer con su mirada los recovecos que le aguardan y en los que Akermann esconde la verdadera esencia de su discurso. Lo que, en el caso que nos ocupa, vendrían a ser idealizaciones de paisajes subjetivos creados a partir de imágenes de prensa y las que el artista captó en India y Tarlabasi, un barrio periférico del distrito Beyoğlu de Estambul, pendiente de demolición. Lo que, según se nos cuenta en la hoja de sala, sería esa duda que, junto a las colinas, aparece en el título de esta macro instalación.

Si no me hubiera traicionado y no hubiera leído nada acerca de esta propuesta de Franz Ackermann, es probable que hubiera huido frente a lo que, de entrada, se me antojó como un verdadero dislate. Ahora bien, a la que empecé a vislumbrar la existencia de un paisaje en consonancia cromática con lo que, de modo más accesible, el artista desarrollaba en las obras instaladas sobre el mural, empecé a darme cuenta de que el tiempo se ralentizaba y de que empezaba a disfrutar. Y fue así como, escuchando el diálogo que establecía con todos los elementos de los que se sirve para que nada parezca que está de más, volví a pensar en esa asignatura pendiente que se llama pintura y a la que me voy aproximando desde campos distintos. Desde puntos de vista radicalmente opuestos, temáticas variadas, paletas de colores inverosímiles, superficies de tamaños absolutamente dispares, la ortodoxia fundamentalista de su práctica o la combinación de elementos de todo tipo para la creación de un cóctel que, como los de Akermann, nos recuerda que a pesar de las apariencias, se está hablando de pintura, desde la pintura, para la pintura y con la pintura.

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De modo que no es de extrañar que, al igual que sucede con lo que gusta, ya esté deseando meterme otra dosis. De pintura. De práctica pictórica.

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