Lúa Coderch. La montaña mágica. Espai 13, Fundació Joan Miró, Barcelona

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Hay algo en el modo de transmitir la información de ciertos proyectos artísticos que, en lugar de atrapar nuestra atención y generar en el receptor el interés suficiente como para consumir lo que se le está vendiendo, provoca el efecto contrario y lo mantiene alejado de lo que, quizás, le aportaría a su pensamiento esa clave que tanto anhela para vincular dos o más conceptos de los que pululan por su cerebro. Si en nuestro post anterior –dedicado a Josefa Tolrà- ya iniciábamos una ligera reflexión entorno a la eficacia de las campañas de promoción y difusión y del efecto que producen, lo que ahora nos ocupa es algo distinto por cuanto que no se centra en la difusión sino en la enjundia o calado de la argumentación sobre la que se sustenta la base –teórica o no- del proyecto sobre el que se informa a la concurrencia.

Esta reflexión se desencadenó tras haber ido a ver la exposición de Lúa Coderch (Iquitos, Perú, 1982) en el Espai 13 de la Fundació Joan Miró de Barcelona. Y es que, por bien que el trabajo de esta artista siempre me ha llamado la atención, entre otras razones, por ese punto de incomprensión que alberga y que, a la manera de lo que también fomenta David Mutiloa, nos mantiene sumamente alerta hasta llegar a lo que sería la conclusión momentánea de un proceso, no ha sido hasta ver una imagen muy especial de su propuesta cuando he sentido la necesidad de ir a verla con mis ojos. La imagen a la que me refiero es la que Rasmus Nilausen ha colgado en Facebook junto al siguiente comentario: “Hoy he ido a la montaña mágica y me encontré con esa maravilla: International Style, 586 x 310 x 20 cm”

Si cuento lo que quizás interese por lo que tiene de anécdota, lo cierto es que, en este caso, una imagen ha valido mucho más que las palabras que se han escrito sobre esta exposición titulada La montaña mágica e incluida en el proyecto comisarial que Oriol Fondevila ha concebido para el Espai 13 con el título de Arqueología preventiva. No es que no me interese lo que me cuenten cualquiera de los dos. Simplemente es que, para empezar, me resulta mucho más práctico y eficaz aproximarme a las cosas –también al arte- desde el lugar del que fluye algo en dirección hacia mi pensamiento o, dicho de otro modo y en dirección contraria, desde el punto en el que mi pensamiento se posa sobre algo con el ánimo de enriquecerse a partir de la aportación de elementos externos, desconocidos hasta haberlos visto y ricos en las lecturas susceptibles de ampliar mi reducido ángulo de comprensión de las cosas. También del arte.

Al llegar a la sala donde Lúa se consagra al desarrollo de su propuesta y que, tal como se nos dice, radica en la reflexión que se hace sobre los hechos históricos y la conciencia que tenemos cuando vivimos lo que todavía no es historia pero que seguro que lo será, la artista departía con estudiantes de un master a los que les estaba contando su trayectoria como artista, sus focos de interés, su manera de entender el arte, su posición como artista. Mientras ella se centraba en su tarea, fui observando, cual espía en un laboratorio, los elementos que poblaban el espacio de metal que ha construido y donde almacena lo que, durante los 72 días que va a durar la exposición, le tiene que servir para construir las 72 propuestas que tiene programadas. Se trata, en consecuencia, de un trabajo concebido en progreso. Ahora bien, a diferencia de aquellos en los que el espectador se ve rodeado de trastos y restos de lo que va dando de sí la acción que lleva a cabo el artista, en el caso de la propuesta de Lúa la cosa no funciona así. Y es que, en lugar de mostrar las entrañas de un proceso sobre el que trabaja en la intimidad desde el interior del cubículo metálico que ha construido en el espacio de exposición, lo que muestra la artista son las fases acabadas del mismo. De modo que, en lugar de un trabajo en progreso –que también-, lo que puede ver quien se acerque a la Miró los 72 días de la muestra serán las 72 caras de un trabajo que, según nos dijo Lúa, se suman a las que hasta ahora ha venido desarrollando allí donde se le ha requerido como artista. Lo cual quiere decir que, más que iniciar en cada proyecto un nuevo camino hacia el que dirigirse, su proyecto consiste en modificar, variar, añadir, despojar, ampliar o reducir el que viene trabajando desde que empezó como artista. Un proyecto en el que, de alguna manera, suele cuestionar la idea del presente, la conciencia del momento y el modo en que el pasado y el futuro inciden en la percepción que tenemos de nosotros, los demás, nuestro entorno. En suma, nuestra existencia.

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Para la consecución de su fin, a lo que Coderch recurre con especial -y justificada- insistencia es a un tipo de formalización que no es fácil que conecte con quien no sabe de qué va la cosa. De modo que, en lugar de establecer puentes entre su obra y el espectador, parece que lo que quiera sea mantenerlo al margen –a la distancia justa- para que sea él quien se entregue de lleno a lo que la artista le está mostrando. En el caso que nos ocupa, lo que la artista le muestra al espectador es la experiencia de un momento único, la cara limpia de un fragmento, la única representación del proceso anunciado en la publicación que se ha editado ex profeso, en suma, una propuesta a la que se debe enfrentar con la sensación de estar delante de lo que son pocos quienes pueden hacerlo. Junto a esta suerte de privilegio implícito del que, a menos que nos hayamos informado, el espectador dudo mucho que se entere, lo que acude inmediatamente a la mente de quien lo está viendo es la cara oculta de la duda. De esa duda siempre estimulante. Es decir, la que no sabe si lo que está viendo es lo suficientemente significativo del trabajo que desarrolla la artista, responde con claridad a la intención entorno a la cual evoluciona su montaña mágica, será mejor o peor de lo que hizo ayer o presentará mañana o le está diciendo que regrese mañana para que tenga una idea más completa de lo que quiere decir. Lo que tampoco es cierto. Y es que ni yendo los 72 días que dura exposición será capaz de discernir la importancia de cada propuesta más allá de su vínculo con ese todo sobre el que la artista lleva trabajando desde hace tiempo y que es probable que siga haciendo en cuanto desmonte su almacén, empaquete todas sus cosas y se vaya del Espai 13 a la espera de aparecer en cualquier otra parte, bajo otras circunstancias, enmarcada en otro contexto, explicada desde otra perspectiva.

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No hace mucho, alguien comentó en facebook que esta Montaña mágica de Lúa Coderch, era una de las mejores intervenciones que se habían hecho nunca en el Espai 13 de la Fundació Joan Miró.

Yo también creo lo mismo.

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Más información (sobre la montaña mágica)

Más información (exposición en Espai 13)

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