Dominique Gonzalez-Foerster. Splendide Hotel, Palacio de Cristal / MNCARS, Madrid

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1887 podría ser un año cualquiera. Ahora bien, si es Dominique Gonzalez-Foerster (Estrasburgo, F, 1965) quien se fija en él, cabe sospechar que se trata de un año en el que pasaron muchas cosas. Cosas que, posiblemente, desconocíamos por completo. Al menos yo.

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Tal como se informa en la hoja de sala de la exposición que Dominique Gonzalez-Foerster ha titulado Splendide Hotel y que se inauguró el pasado 13 de mayo en el Palacio de Cristal de Madrid, fue en 1887 cuando Ricardo Velázquez Bosco levantó lo que hoy se conoce como el Palacio de Cristal. Un edificio singular, concebido para albergar la exposición de plantas y flores oriundas de Filipinas durante la Exposición General de estas islas en Madrid inaugurada el 30 de junio. Una caja de cristal que, debido a sus características arquitectónico-ambientales, fue conocido en su momento como el pabellón-estufa. También fue en 1887 cuando nació Marcel Duchamp y Le Corbusier, el año en que se construyó la Tour Eiffel y la época en que la ciencia vivió momentos esplendorosos con trabajos sobre las ondas, la invisibilidad y la invención del gramófono. También este año fue significativo por un hecho vinculado a la publicación de las Iluminaciones de Rimbaud en 1886 y la aparición en uno de sus poemas –Après le Déluge– de uno de esos hoteles que, de tan legendarios, se puede conocer de maravilla sin haber estado nunca. Me refiero a l’Splendide Hôtel, recinto mítico inaugurado en Lugano en 1887, nombre del hotel de Évian-les-Bains donde veraneaba Proust con sus padres y el nombre del mundo imaginario al que recurre Gonzalez-Foerster para titular una de las mejores intervenciones que, yo personalmente,  jamás haya visto en este recinto del Retiro de Madrid.

Y por ello estoy muy contento.

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Yo no soy un experto en la obra de esta artista francesa. Sé que está en el circuito internacional desde que yo empecé en el mundo del arte, que su carrera ha ido en ascenso a una velocidad que me parece más que adecuada, que junto a Philippe Parreno y Pierre Huyghe forma una de las combinaciones artísticas que dan más que hablar en los últimos tiempos, que desde sus inicios ha conseguido mantenerse en un registro sumamente personal, que ha sabido hacer de su voracidad literaria la materia prima de su obra y que, si hasta ahora ninguna de sus intervenciones me había impactado de modo especial, no ha sido hasta ahora cuando esto ha sucedido.

Frente a ello me pregunto si será la enjundia de la propuesta que ha concebido ex-profeso para el Palacio de Cristal, su aparente simplicidad, las características del lugar dónde la despliega, el modo en que lo hace, el día que hacía cuando estuve allí, el modo en que fui capaz de disfrutarlo, el margen de maniobra que le da al espectador -o al visitante, al huésped, al paseante, al ocupante-, la disposición de los elementos que la constituyen o de todo un poco y algo más envuelto en ese halo de misterio y hermetismo que acostumbra a planear por encima del trabajo de Gonzalez-Foerster. Desde siempre. Sea lo que fuere, lo cierto es que lo que Dominique Gonzalez-Foerster ha conseguido en esta ocasión ha sido recrear las condiciones ambientales de toda una época para poder entender las ideas que surgieron de ella. De modo que, más que una simple reconstrucción del pasado, su propuesta debe ser entendida como un laboratorio epocal. Como el alma de un tiempo muy especial a través de la evocación de un hotel de finales del siglo XIX en el que se entrecruzan referencias literarias, artísticas, musicales, científicas y abstractas. Un verdadero nodo.

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Dice Gonzalez-Foerster que antes de concebir lo que ella misma identifica como un ejercicio escenográfico, visitó varias veces el pabellón de cristal en calidad de espectadora. Le interesaba conocer cómo era transitado, la diferencia que había entre paseantes y espectadores, el modo en que era atravesado, las sensaciones que brindaba, el aire que respiraba. Es decir, los elementos de los que se valió posteriormente para esbozar la dramaturgia de una obra determinada por una serie de elementos que, a la manera de indicadores escénicos, activan la mente del espectador sin obligarle absolutamente a nada. Ni tan siquiera a quedarse o a irse.

Perteneciente a una generación de artistas franceses para quienes la obra es un proceso por cuanto que es el espectador quien se encarga de ir haciéndola a través de su participación, Dominique Gonzalez-Foerster se planteó la exposición como un diálogo con el espacio. Un espacio -el Palacio de Cristal- con el que, a diferencia de esos cubos blancos en los que el aburrimiento está cada vez más asegurado, pudo mantener una conversación lo suficientemente fuerte como para tirar de él y dar con esos elementos que, a la manera de una conexión invisible o complicidad secreta o cine mental o película sin imágenes -y aquí pienso en Pol González y Le quatrième mur-, le ha permitido hilvanar una obra entendida como un viaje. Como un desplazamiento a espacios y tiempos donde lo imaginario se mezcla con lo real y donde la literatura -“los libros son mi material de construcción”, dice Gonzalez-Foerster- es quien marca la ruta a seguir para habitar l’Splendide Hôtel y su mundo de ensueño.

Los elementos que configuran esta exposición son muy simples: diez percheros, 31 mecedoras Thonet, 31 libros encuadernados de tres en tres y una habitación inaccesible, transparente y construida siguiendo el lenguaje arquitectónico del Palacio de Cristal. De forma que quien no haya estado nunca -o sea, el visitante; no, el espectador- puede que no sepa si siempre estuvo allí o se trata de algo especial.

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(…ahora que escribo esto, recuerdo el modo en que la intervención de Roman Ondak, justo antes de la de Dominique Gonzalez-Foerster, consiguió integrarse a la arquitectura del Palacio de Cristal a través de un pasillo exterior perimetral. De lo que se puede desprender que es cuando se dialoga con el espacio que las exposiciones tienden a funcionar mejor. O sea, no cuando se lucha contra él…)

Quien entra en el espacio es libre de hacer lo que quiera. Desde embelesarse con el sonido de los pájaros, cegarse con el sol que penetra por la cristalera o disfrutar de la belleza plástica de unas mecedoras desperdigadas hasta sentarse en una de ellas, leer el libro al que está atada (¿o es el libro lo que está atado a la mecedora?), sentarse en grupo para departir o transitar por el espacio preguntándose qué ocurre en la sala impenetrable levantada en el centro. Una sala donde, según me han dicho fuentes bien informadas, parece que pasan cosas relacionadas con las historias de los libros de las mecedoras. Misterios en forma de gramófono, macetas de orquídeas, botas que se mueven, etc…. y todo sobre una moqueta que recuerda la del suelo que cubría el Palacio cuando se inauguró en 1887.

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La cadena de complicidades que despliega Dominique Gonzalez-Foerster en esta suerte de invitación a una época en la que no es posible suponer que se creó para que nadie la percibiera, coinciden en igualdad de condiciones las experiencias subjetivas del espectador, sus recuerdos, la posibilidad de entender que, en esta exposición, la idea de ambiente está por encima de todo, las posibilidades narrativas del espacio, la posibilidad de crear una obra de arte que no lo sea, la posibilidad de situar al espectador en la zona en que se define el arte y una bibliografía que, al igual que las mecedoras, los percheros, la habitación hermética y hasta el sonido de los pájaros, constituyen las entradas que ofrece la artista para sumergirse en un mar de palabras extremadamente elocuentes. Tanto en aquél en el que, de tres en tres y atadas a unas mecedoras, se agrupan las obras de Rimbaud, Beckett, Chejov, Rubén Darío, G. Sorrentino, Hudson, Matheson, Joseph Roth, Vila-Matas, Sebald o Dostoievski como aquel en el que el silencio lo inunda todo, todo, todo.

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Sobre todo cuando no hay nadie. Y se está dispuesto a viajar.

 

 

Más información (Dominique Gonzalez-Foerster en el Palacio de Cristal)

Más información (Roman Ondak en el Palacio de Cristal)

Más información (Michael Thonet)

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One thought on “Dominique Gonzalez-Foerster. Splendide Hotel, Palacio de Cristal / MNCARS, Madrid

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