Lois Patiño. Costa da morte. Largometraje documental experimental HD / 16:9 / color / 83´ / 2013

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Entre otras cosas, soy de los que puede llegar a una playa y quedarse el tiempo que sea para ver cómo sale la luna, recorre el cielo y se hunde por el lado opuesto dándole el relevo al sol, cuando sale. También soy de los que se puede tumbar junto a un rio y, con los ojos abiertos, mirar el cielo esperando que pase el tiempo, escuchando el agua a su paso entre las piedras y todo ello amenizado por el sonido de un bosque, casi siempre amenazador. También soy de los que, frente a un paisaje sin cables, inhóspito, solitario y, a ser posible, extraño, se puede quedar colgado horas y horas a la espera de que no pase nada porque lo que pasa ya sabe qué es. Lo tiene frente a él y con eso tiene bastante. Si, es así. Puedo ser así de cursi y también mucho más. Pero, para mí, sentir cómo pasa el tiempo a través, por ejemplo, de la ranura de un reloj de arena, me permite relativizar considerablemente lo que mi cerebro no me permite. Así, si mi tendencia al cuelgue natural podría ser interpretada como el reflejo de una cursilería que roza el extremismo, les diré que, para mí, es el antídoto que necesito para seguir aquí, como quien no quiere la cosa.

Cuando supe de la existencia de Costa da morte, fue porque me dejé afectar por las imágenes que vi: el desvanecimiento de unos árboles muy altos sobre el suelo de un bosque acariciado en su totalidad por una niebla espesa y húmeda. No se veía quién los talaba, sólo se oía el ruido de unas sierras mecánicas y, muy de vez en cuando, un leve movimiento entre la frondosidad de la vegetación. Lo que me sorprendió de esta imagen fue la amplitud del plano con que mostraba el bosque y la importancia que, frente al hombre, adquiría el diálogo que la naturaleza mantenía con el paisaje, es decir, cuando la naturaleza es una construcción humana. Era como si, por mucho que se empeñaran, jamás conseguirían acabar con su grandeza.

Porque más allá de lo que mostraba, aquel paisaje era otra cosa.

No sabía quién era Lois Patiño pero sí que, de él, se habían presentado en el Festival X cèntric de Barcelona de 2014 siete de sus cortometrajes realizados entre 2010-2103. Un tipo de obras con las que se había dado a conocer y a través de las cuales empezó a dar muestras de su fijación por el trabajo paisajístico del romanticismo, su afinidad con el lenguaje de las artes plásticas -en Costa da morte, hay momentos en que pensé en el El Bosco, Turner, Félix González-Torres, Hiroshi Sugimoto o en estampas japonesas- su coqueteo con lo infinito, lo inabarcable, lo inaprensible y lo misterioso y la invitación al espectador hacia una experiencia contemplativa determinada por el ritmo de ese tiempo del que cada vez estamos más lejos.

Desde entonces, vía Facebook, fui siguiendo el periplo de esta Costa da morte por los 20 festivales de los 17 países donde se presentó cosechando en todos ellos una innegable aceptación de público así como también distintos premios y menciones. Entre ellos, al del mejor director emergente del Festival de Locarno de 2014 así como los obtenidos en Rotterdam, Sevilla, Play Doc de Tui, Documenta Madrid o Bafici en Argentina. Lo malo de todo ello, es que al tiempo que los dientes se me iban poniendo cada vez más largos, seguía sin ver esta película porque todavía no se había estrenado en los cines de nuestro país. Y ni Lois, al preguntárselo, sabía decirme cuándo iba a ocurrir. De modo que me armé de paciencia y me dispuse a esperar. Aunque esta vez a que pasara algo.

A la espera de que el tiempo pasara, fui a Madrid para una reunión, momento que aproveché para ver la exposición de Lois Patiño en la New Gallery de la que, de pasada, ya hablé en el texto que escribí para la de Pol Gonzalez en la Galería Louis 21. Otro artista al que, como Patiño, se le reconoce afectado por la grandeza del paisaje, la imagen serena de una naturaleza ilimitada y el paso del tiempo al ritmo de un reloj de arena. Algo que también pude apreciar en Arraianos de Eloy Enciso -y a quien, por cierto, Lois Patiño incluye en la lista de sus agradecimientos especiales- película ganadora del Premio de la Crítica al Nou Talent en el Festival de Cine d’Autor de Barcelona en 2013, premio de la sección Vanguardia y  Género del Festival Bafici de Buenos Aires y que, al igual que la película de Patiño, fue grabada en una zona inhóspita de Galicia, entre nieblas, bosques, lluvia y melancolía. En resumen: un poema visual inspirado, como dicen los expertos, en el cine de Jean-Marie Straub y Daniéle Huillet y su consideración del hombre como parte del paisaje y de la cámara como observadora de una suerte de orden especial que, bajo ningún concepto, se debe perturbar.

Tras el periplo de Lois Patiño y su película por festivales de medio mundo, Costa da Morte se estrenó en nuestro país el pasado 26 de septiembre. Y debo decir que, pese al seguimiento que había hecho desde que supe de su existencia, no me leí ninguna crítica por aquello de llegar virgen a su visionado y no verme mediatizado por opiniones ajenas.

Y fue así como me senté en la butaca de Zumzeig, el mejor cine de Barcelona donde esta película se podía estrenar.

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Costa da morte es una película documental protagonizada por el paisaje y una serie de personajes cuya vida, por bien que les pertenece, parece que existe, respira y se mueve para acompañar la intensidad de la naturaleza. De modo que lo que, desde el principio vamos a contemplar, van a ser los cambios que experimenta su protagonista en función del uso que, sin sosiego y, diría, que de modo simultáneo, hacen de su potencial quienes conviven con él. Quienes viven de sus recursos. Desde la tala de árboles a la lluvia, pasando por el mar, el fuego, el viento, la piedra, las setas, la caza… el ocio, el espacio, el tiempo y la inmensidad.

Con uno de esos planos que dan vértigo y en el que unos leñadores se hacen presentes a través de su respiración al tiempo que talan unos árboles y la humedad se estampa en su piel, la película empieza su andadura marcando el ritmo que seguirá hasta el final, cuando aparezcan los títulos de crédito. Se trata de un ritmo tranquilo, amenizado por el sonido del silencio, fomentado para ser experimentado como lo haría un observador y pensado para que el tiempo acompañe la imagen en su deseo de hablar de esta zona de Galicia con el mínimo de palabras posible pero con el máximo de intensidad. Es decir, a la manera de un paisaje del romanticismo o de esa imagen de un mundo cuyo fin habita al margen del marco de un plano.

Tras esta escena en la que unos hombres se baten con la naturaleza hasta donde la mirada puede vislumbrar -¡bendita sea la niebla!- aparece el título de la película para, acto seguido, trasladar la acción al mar donde un grupo de mariscadoras, percebeiros -¡memorable escena!-, pescadores, estibadores y demás trabajadores del mar luchan por arrancar de su interior el alimento de sus vidas, la razón de su existir. Y con este mismo tratamiento a base de planos estáticos captados a larga distancia y la sofisticación de un sonido puntual que, alternando las voces de la naturaleza con la de los hombres, parece que juega a despistar la atención del observador, lo que parece que Patiño nos va a querer decir es que la muerte que planea sobre la vida de esta costa es algo tan inherente en sus habitantes como propio de las características del lugar que habitan. Una muerte a la que, recurriendo regularmente desde el minuto cero de la cinta, es la que a uno le viene a la cabeza frente a las escenas de un mar embravecido, el viento que aviva el fuego, el aire que se bate con los molinos, el rastro de las corrientes sobre la superficie del mar, el sonido de las campanas de un cementerio o la soledad de unas cruces sobre unas rocas al borde del mar. En este sentido cabe decir que el paso de un escenario a otro se hilvana a la manera de quien teje asociaciones entre elementos sumamente opuestos. Como el que lleva al espectador desde la detonación en una cantera al sonido de unas campanadas a través del mar, los trazos del viento sobre su superficie, su lucha con unos molinos, su efecto sobre el fuego y la acción del hombre anunciando la desgracia.

Parece que la intención de esta película no es otra que la de hablarnos de esta costa sin preguntarle a sus habitantes. Sin preguntárselo a nadie. De modo que, sabiendo que, entre ferias, fuegos artificiales, bombillas intermitentes o picnics imposibles en la cima de una montaña, en ella o con ella saben perfectamente cómo pasárselo bien, es más que suficiente como para comprender que el diálogo que mantienen con la zona donde habitan se basa en esa suerte de respeto mutuo que, desde siglos, garantiza su supervivencia a pesar de los cabreos que, de vez en cuando, les hace saber y que perfectamente les podría hacer comprender la intensidad de las palabras de Wisława Szymborska al escribir lo siguiente al final de No requiere título, poema publicado en su libro Principio y fin, de 1993:

Ante hechos semejantes me abandona la certeza
de que lo importante
es más importante que lo que no importa

No me voy a dilatar ahora describiendo los momentos que más me llegaron. Me limitaré en decir que la película no me decepcionó en absoluto, que ya la he visto dos veces y que el sentimiento que me despierta la contemplación de su naturaleza pintada sobre una pantalla de proyección, por bien que no supera la realidad, es perfectamente capaz de llegar donde más se siente. Allí dónde más duele. También querría decir que, en cine, pocas veces había percibido lo que, de organismo vivo, tiene la naturaleza, lo difícil que es describir lo pequeños que somos frente a ella, la consideración del cine como un viaje sensorial a espaldas de lo visible, las apariencias, las palabras y las imágenes, como vehículo de conocimiento trascendental y como vía para aprender a leer, serenamente, lo que nos rodea, sin ir más lejos. También me encantó saber de la vida de esta naturaleza a través de las conversaciones de sus habitantes introduciendo datos históricos, geológicos, leyendas corsarias, suposiciones, aproximaciones ancestrales, consideraciones espirituales, juicios sensatos acerca del prestige o la historia de aquella leche condensada que, aparecida tras el naufragio de un barco alemán durante la segunda guerra mundial, fue utilizada por los habitantes de Camelle para pintar sus casas creyendo que era pintura. Creo que, en esta obra, no hay un minuto que esté de más. Y si lo hubiera, sería -como dice Marla Jacarilla- como pasa en nuestra vida. Al menos, para mí.

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Después de haber visto más o menos 70 de sus 83 minutos y que la luz del día se convirtiera en noche y que las luces del fuego se fundieran con las del mar y que, al hacerse de nuevo de día, estuviéramos en el lugar donde la película había empezado hacía unos minutos, no pude más que suspirar preso de uno de esos ataques de cursilería que me pueden afectar esperando en una playa la aparición de la luna, junto a la orilla de un rio escuchando el sonido de un bosque o allí donde la naturaleza se me presente sin cables, inhóspita y dispuesta a hacerme comprender que lo que somos, en este mundo, no es ni tan siquiera un grano de arena.

Como los que viven en un reloj. Aquellos que, si paramos a observar, quizás entendamos que todo puede ser distinto.

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