Enric Farrés Duran i Joana Llauradó Farrés. Un col.leccionisme heterodox. El llegat T.F. Museu Nacional d’Art de Catalunya, MNAC, Barcelona

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Recuerdo cuando el MNAC era aquel museo que estaba en Montjuïc y al que casi todos los niños de mi generación -es decir, la de los 60- habíamos ido de excursión con el colegio para poder ver de cerca la mejor colección de pinturas románicas del mundo. También recuerdo que en el transcurso de aquella visita nos habían enseñado cómo se habían extraído las pinturas murales de sus enclaves originales en los Pirineos y que, con la técnica utilizada, quien más quien menos, había flipado al constatar su parecido con una receta de cocina aunque de consecuencias mucho más trascendentales.

También recuerdo que la siguiente vez que fui al MNAC, fue para ver cómo Gae Aulenti había encajado su edificio en el interior del que ya existía desde 1929 para albergar en su interior aquellas pinturas y obras de arte de otras épocas con el fin de poder apreciar en su plenitud cada uno de sus colores y detalles. Con la intervención de esta arquitecta italiana, el MNAC había dejado de ser un espacio oscuro, sacro y telúrico para convertirse en una suerte de parque de atracciones por el uso de unos colores que, por aquel entonces, no estábamos nada acostumbrados en lugares de consideración tan seria. Eran cosas que sucedían en países muy avanzados y nosotros no lo éramos.

Desde mi última visita al MNAC nunca más tuve la necesidad de regresar a este museo ni para ver sus pinturas murales, ni sus tallas góticas, ni sus cuadros barrocos ni sus recuerdos del noucentisme. Daba por hecho que lo había visto todo y con ello me bastaba.

Sin embargo algo ha sucedido en los últimos años. Porque de ser aquel museo ubicado en la falda de Montjuïc y que, para mí, ya estaba bien como estaba, el MNAC ha pasado a convertirse en una bocanada de aire fresco para quienes, como yo, transitamos la selva del arte contemporáneo -tanto local como no- sospechando que, a base de ir saltando de artista emergente en artista que-ya-no-debería-serlo, corremos el riesgo de no ser capaces de distinguir entre lo que es la mala hierba de aquellas especies que, al crecer, evidencian que lo han hecho por la calidad de su madera y no por razones circunstanciales. De un tiempo a esta parte, no sólo he visitado el MNAC en unas diez o doce ocasiones sino que ya forma parte de esos lugares a los que me gusta regresar porque lo que veo allí a veces me sorprende, interesa, estimula y, además, bastante.

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Y el pasado 15 de noviembre fue un día de estos. Regresé al MNAC en ocasión de la propuesta de Enric Farrés Duran y Joana LLauradó Farrés concebido en el marco de la convocatoria de proyectos de intervención en el ámbito museístico y patrimonial 2014 de la Sala d’Art Jove de Barcelona en colaboración con el MNAC. El título de la propuesta era Un col.leccionisme heterodox. El llegat T.F. y el proyecto, propiamente dicho, consistía en un recorrido sui generis por las salas, reservas y almacenes del museo dirigidos por algunos de los intermediarios que existen entre la obra de arte y el público, es decir, desde una guía oficial del museo o una curadora de exposiciones -a mí me tocó Pilar Bonet. Los otros días fueron Jorge Luis Marzo y Pilar Cruz- hasta una audioguía de esas que parecen un teléfono móvil de los de antes, la reencarnación de un artista por parte de un actor y un vigilante que iba abriendo y cerrando las puertas cada vez que el séquito que formábamos pasaba de una dependencia museística a otra.

Planteada a partir de la diferencia que existe entre la historia y una historia, lo que nos vino a confirmar este recorrido concebido por Farrés y Llauradó para el MNAC, fue, entre otras cosas, que el hecho de que una propuesta de una colección se identifique con un discurso oficial o se le considere como tal es, muy a menudo, el fruto de una decisión no arbitraria, determinada, violenta y direccional. Y es que, diciendo -o mostrando- que sólo existe lo que se ve porque esto es, realmente, lo más importante, lo que se hace es esconder, tapar, anular o menospreciar aquella parte de la historia -es decir, de otra historia- que nunca interesa por razones de muy diversa índole.

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Puestos sobre la pista de lo que iba a ser nuestro recorrido por el museo instándonos a localizar cada uno por su cuenta y con ayuda de un plano las obras de la colección-visible-para-todo-el-mundo que nos habían sido seleccionadas, llegó el momento en que se unió al grupo una guía quien, tras darnos la bienvenida, nos dio una autoguía para proseguir con la visita. Tras el paso por varias salas en las que lo importante, además de las obras, era lo que estaba sucediendo, llegó el momento en que la comitiva ingresó en las reservas del museo. Esos lugares con los que somos muchos quienes soñamos pero que casi nunca se pueden visitar porque no están pensados para tal finalidad.

Llegados al interior de este espacio prohibido, la guía cedió la palabra a quien a partir de entonces seguiría con la visita, Pilar Bonet, comisaria de exposiciones y otro intermediario entre la obra y el público. A través de unas palabras encaminadas a situar a la audiencia frente a lo que se abría ante sus ojos -almacenes con obras tapadas, anónimas, escondidas, durmiendo, apartadas- se nos dijo que en un museo no sólo había una colección, sino tres, es decir, la que todo el mundo podía ver en las salas, la que estaba en las reservas y la que venía conformada por las obras que le faltaban y que, posiblemente, siempre le faltarán. Otra de las cosas que salieron a relucir y que yo, personalmente, nunca había sabido cómo explicar es que, en el ámbito de una reserva museística, la disposición de los fondos es absolutamente democrática, práctica y sin complejos. Es decir, que lo que hace que una obra esté en lo alto de una estantería, sobre un palé, más hacia adelante o un poco hacia atrás no es el hecho de que sea una copia o un original, sino el volumen que ocupa, el material con que está hecho u otras consideraciones que, al mortal, se les escapan por completo.

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En un momento de nuestra visita por este laberinto democrático del arte catalán, el grupo fue sorprendido por la presencia de un actor que, interpretando el papel del escultor Llimona, escuchó el lamento de este artista modernista frente a lo que consideraba una absoluta injusticia: ver relegada en las reservas del museo su escultura más emblemática, es decir, el Desconsol, una obra de 1903 representando a una mujer desnuda en actitud melancólica y desconsolada. Todo un referente para la cultura catalana que, según el artista, no debería estar escondida ni tapada con un plástico transparente.

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De regreso a la normalidad y antes de dar por terminada esta visita tan especial/espacial, la comitiva pasó por la tienda del museo, ese lugar que, desde hace años, se ha convertido en el órgano principal ya no sólo del cuerpo del MNAC sino del de casi todos los museos del mundo que pretendan sacar provecho de las visitas de los turistas. Tras una suerte de resumen del recorrido que, hasta entonces, habíamos seguido se nos confrontó con esa manera de interpretar las obras cuando se convierten en merchandising. O lo que es lo mismo: cómo convertir a cualquiera en un pantocrátor enfundándole una camiseta estampada como tal a excepción de su cabeza.

Debo confesar que las cerca de dos horas que pasé recorriendo las salas y reservas del museo bajo el prisma de una mirada tan elaborada e interesante como inquietante, variada, heterodoxa y estimulante fue lo que hizo que se me pasaran volando y comprendiera que, efectivamente, la historia no es la historia sino una historia muy determinada.
A partir de ahí y mientras me recuperaba con el refrigerio que nos ofrecieron, se me ocurrió pensar que la determinación de esta historia es, quizás, también la que aplicamos -y escribimos- nosotros al fijarnos en unas cosas y no en muchas otras. Pero así es la vida.

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Antes de abandonar el MNAC y bajar de nuevo a la civilización urbana, vi de reojo que en las salas temporales todavía se podía ver la exposición de Perejaume titulada Maniobra. Aunque ya la había visto, sentí la necesidad de volver a verla. Pero no tenía tiempo. Era sábado, eran cerca de las 13:30 y me esperaban en la inauguración de la exposición de Richard Venlet en la Galería Estrany de la Mota de Barcelona.

Para saldar mi deuda con mi deseo regresé al MNAC el 28 de noviembre. Era viernes. Pero de esta visita hablaré en otro momento.

 

Más información (MNAC Enric Farrés/Joana Llauradó)

Más información (sobre el proyecto / Sala d’Art Jove)

Más información (Richard Venlet en Estrany de la Mota)

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