Caminar sobre el hielo. Épica y disfuncionalidad en la práctica artística. Comisario: David Armengol. Bòlit, Girona / Arts Santa Mònica, Barcelona

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En cualquier ámbito profesional no es difícil saber quién es quién; basta con indagar convenientemente para dar con el nombre de quién se esconde detrás de cada empresa. Ahora bien, si este ámbito profesional se circunscribe a un contexto local es posible que, además, se conozca personalmente a quien la firma, es decir, de manera directa. Y es que en un pueblo se conoce casi todo el mundo.

También en un pueblo, a base de ver lo que hacen unos y otros, no es difícil vislumbrar cuáles son los intereses, debilidades, aciertos, gustos, fobias y obsesiones de quienes consiguen hacer cosas para que los demás las vean y, a ser posible, reaccionen. Por ello no es de extrañar que si es fácil saber por dónde van quienes hacen cosas, no lo es tanto saber de quienes no corren su misma suerte.

Si quien hace cosas en un pueblo consigue, además, apelar la sorpresa y despertar en el otro la necesidad de ver lo que ha hecho, se produce lo que, para mí, es absolutamente imprescindible para justificar su permanencia en un ámbito profesional como, por ejemplo, el artístico. Es decir, sorprender. Por la vía que sea. Como primer paso a decir algo.

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Tanto en la esfera internacional como local no todo el mundo sorprende ni despierta interés ni logra decir algo. Por ello, cuando alguien lo consigue, creo que es necesario y de justicia ir a ver lo que ha hecho. Así, en directo. En especial, si se está cerca. Para aprender de lo que cuenta, opinar en consecuencia… para saber por dónde va, en qué punto conecta con nosotros, dónde colisiona, cómo contribuye a construir algo. Para entender qué dice. O nada de todo esto.

Cuando supe que David Armengol comisariaba una exposición para el Bòlit de Girona -de junio a octubre de 2016- y Arts Santa Mónica de Barcelona -de enero a abril de 2017-, al tiempo que me alegré, pensé en hacer una visita al primer centro para ver en directo lo que, ya desde su título, me sorprendió y atrapó. Y es que por el poder evocador de sus palabras como por ese recuerdo hacia el libro de Alicia Kopf a su hermano o mi afición desde siempre por la música de Björk o el hecho de que Islandia haya estado tan de moda últimamente o la necesidad de un poco de frío frente a este calor tan de verano, sospeché que un título así podía esconder mucho más de lo que dicen sus cuatro palabras. Mucho más.

El título en cuestión:
Caminar sobre el hielo. Épica y disfuncionalidad en la práctica artística.

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Me contó Armengol lo que también explica en la hoja de sala: que el título de la exposición procedía de un pequeño ensayo de Werner Herzog publicado en 1978 donde contaba “la crónica de un viaje entre Múnich y París para visitar a su amiga y crítica de cine Lotte Eisner, que se encuentra muy enferma en el hospital. En lugar de viajar rápidamente a la capital francesa para reunirse con Eisner, Herzog inicia un viaje solitario y épico a pie que, según él, mantendrá a su amiga con vida mientras camina. Su aventura duró del 23 de noviembre al 14 de diciembre de 1974.” Pero según cuenta Armengol, ” Eisner venció su enfermedad y no murió hasta 1983″.

A partir de una historia de tan extrema ternura entendida como preámbulo de lo que será una exposición así como de los proyectos que viene realizando Armengol para este pueblo donde muchos vivimos, a uno se le ocurren preguntas de todo tipo. Por ejemplo: ¿será una exposición sobre el paisaje?, ¿se tratará de una concentración de proezas?, ¿apelará a la poética de lo enunciado en el título?, ¿habrá alguna obra de Samuel Labadie, Fermín Jiménez Landa o Pere Llobera?, ¿cuántos ases esconderá en su manga?, ¿será una exposición narrativa?, es decir, ¿relatará alguna historia?, etc.

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Hilvanada a partir de lo que el relato de Herzog despierta en la mente del comisario -a saber, la ausencia de practicidad de una gesta capaz de dar paso a una doble lectura: “por un lado, la activación del paisaje a través de la performance y la experiencia directa; por el otro, un análisis sobre la disfuncionalidad en arte, un contexto capaz de destinar un gran esfuerzo y energía a empresas ajenas a las convenciones que configuran nuestro entorno”- la exposición reúne la obra de nueve artistas de diversas generaciones y procedencias escogidos por su capacidad de evocar “la fragilidad y la intensidad de moverse por un lugar inestable e incierto” así como por el hecho de “compartir la narración de la vivencia y la flexibilidad inestable de dedicarse al arte”, es decir, el (mismo) gesto simbólico, poderoso y absurdo de Herzog.

Por bien que las argumentaciones en arte son sumamente útiles para buscar explicaciones en cualquier otro lugar, además del razonamiento que justifica toda empresa artística -una exposición, por ejemplo- creo que es necesario dejar vía libre a lecturas imprevisibles. De modo que si la argumentación del comisario sirve básicamente para delimitar el contexto de una exposición, son las obras de los artistas las que la dotan de identidad. De una especial identidad. Tanto a partir de sus propios contenidos como por el modo en que conviven con los que esgrime el comisario.

Si me preguntaran cuál de las dos lecturas que apunta Armengol -a saber: “la activación del paisaje a través de la performance y la experiencia directa” y “el análisis sobre la disfuncionalidad en arte”- me resulta más pertinente como aglutinadora de la obra de los nueve artistas diría que es su vínculo con el paisaje más que la disfuncionalidad en relación al arte. Y es que si se entiende por disfuncional aquello que no funciona como corresponde o que no cumple adecuadamente su fin, me pregunto quién sabe cuál es la finalidad del arte, quién sabe a qué se debe adecuar, quién puede determinar si se ajusta o no como se supone que debería hacer, en suma, qué es el arte si no un cúmulo de incertidumbres acerca de aquello que nos está sucediendo. Pero dejémoslo aquí; ahora no es tiempo para andarse por las ramas.

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Si me interesa el tema del paisaje es porque nace de la unión entre la naturaleza y la cultura. También por ser el lugar en el que se percibe que el paisaje es un paisaje y que este lugar no es otro que el propio observador. De modo que, a diferencia de la naturaleza, el paisaje se puede segmentar de tantas maneras como observadores lo experimenten. De modo que, a través de cada fragmento, nos podamos acercar a la amplitud de la naturaleza desde miradas microscópicas.

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Más como viajeros que como turistas encantados de corroborar lo que muestra una postal, entiendo las incursiones en la naturaleza de los artistas seleccionados por Armengol como una suerte de aventuras expuestas a lo que hallaron en sus respectivos trayectos. Y es desde este punto de vista que, partiendo de las obras de Àngels Ribé (Barcelona, 1943) como prólogo derivado del relato de Herzog, se empieza a escribir la historia de un itinerario marcada por la gesta de caminar sobre el hielo y sin rumbo, abierta a interpretaciones de un paisaje nunca visto -Les dues antenes del repetidor de Rocacorba (2016) de Irena Visa (Banyoles, 1985) – devolviéndole a la naturaleza lo que antaño le perteneció –Les Étates de la Matiere (2013) de Pauline Bastard (París, 1982)- remitiendo a conceptos propios de la experiencia en la naturaleza – Pistas, Suelo mojado, Esterillas (2016) de Mercedes Mangrané (Barcelona, 1988)- siguiendo a pies juntillas las enseñanzas de Alfred Wands, pintor de montañas –How to Paint Mountains (2016) de Rafel G. Bianchi (Olot, 1967)- realizando un viaje de huida hacia ningún lugar –El Mal de la Taiga (2016) de Fermín Jiménez Landa (Pamplona, 1979)- relatando la fragilidad de los refugios construidos de forma precaria en los bosques –Night in a Remote Cabin Lit by a Kerosene Lamp (2015) de Lúa Coderch (Iquitos, Perú, 1982)- reconociendo el entorno desde la experiencia de una escalada –453 pedres (2009) y Das Unheimliche (2013-2014) de Lluís Hortalà (Olot, 1959)- o a través de preguntas sin respuesta que simplemente, y a modo de epílogo, constatan la inutilidad potencial de la condición del artista –Què travessa viu els anys? (2015-2016) de Pere Llobera (Barcelona, 1970).

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Planteada como un recorrido -“en mis libros el eje suele ser el recorrido: un escritor que viaja y escribe su desplazamiento”, dice Enrique Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica– por los vericuetos de la incertidumbre, la sorpresa, la vuelta atrás, el absurdo, el recuerdo, la tenacidad, la supervivencia, el conocimiento directo y la especulación, esta andanza sobre el hielo muestra nueve posibilidades de aprehender la naturaleza, mantener con el arte una relación especial, permanecer fragmentado entre todos nosotros. Y aunque sólo sean nueve, son suficientes como para entender que detrás de un paisaje hay una mirada y que detrás de esta mirada hay un ser. Un ser que lo único que sabe es que algún día va a morir. Lo demás, todo lo demás, es un viaje que, como el de Herzog, transcurre entre paisajes, situaciones y pensamientos tan prácticos y disfuncionales como certeros, imprevisibles, imaginados pero siempre vívidos.

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