Peter Hujar: a la velocidad de la vida. Fundación Mapfre, Barcelona. / Oriol Vilanova, Domingo. Fundació Antoni Tàpies, Barcelona

 

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A diferencia de las exposiciones que de entrada no me dicen nada suelo visitar varias veces las que me llaman la atención. Y por razones muy variadas. Como por ejemplo: el interés que suscitan en mi las obras que se exhiben, el montaje de la exposición, la médula de la investigación que ha llevado a cabo el artista, el comisario o ambos, la espectacularidad o sencillez de la propuesta expositiva, el riesgo en su concepción, los diálogos que se establecen entre las obras, la capacidad de sorprenderme, la enjundia del misterio que abarca, el nivel de intriga que me genera, la reacción que me produce, el placer que me proporciona, la posibilidad o no de establecer vínculos entre lo que sea, etc.

Como acaban de ver, no sólo son unas cuantas mis razones para revisitar una exposición sino que los motivos que me impelen a hacerlo aparecen casi siempre por dónde menos lo espero. Y es que, al margen de lo que me dice una exposición en una primera ocasión, me gusta comprobar qué hay de cierto en una segunda o, hasta incluso, en una tercera. Es decir, si resisten o no el paso del tiempo, si mi primera impresión se debió al estado de ánimo de aquel día, si al verla otra vez me aporta algo o deja de hacerlo. En suma, qué aprendo de ellas a base de preguntarme. O a qué se debe que la vea de nuevo tras el impacto que me causó la primera vez.

Hace unos cuantos domingos fui a ver dos exposiciones: Domingo, de Oriol Vilanova, en la Fundació Antoni Tàpies de Barcelona y Peter Hujar: a la velocidad de la vida en la Fundación Mapfre, también en la Ciudad Condal.

Si la primera vez que vi la de Oriol Vilanova (Manresa, 1980) reconozco que me quedé sin habla y literalmente maravillado, confieso que la segunda no me sucedió lo mismo. Aunque la espectacularidad de su propuesta seguía siendo la misma, no sólo no se había movido nada sino que todo permanecía exactamente en el mismo sitio. Como si se hubiera congelado. Fue entonces cuando sentí que su contenido quizás se estaba agotando -al menos, para mí- o que lo que hizo que me impresionara tanto la primera vez, dejara de hacerlo como por arte de magia. ¿La causa?. No lo sé. ¿Quizás por el impacto y contundencia de su bello formalismo?, ¿por la pulcra perfección de un montaje ajeno a algo tan humano como es un error?, ¿por la rauda asimilación de unos contenidos agazapados tras las cuatro obras que conforman la exposición?, ¿por la imposibilidad de ir más allá de lo que creí entender la primera vez?, etc. No lo sé, realmente no tengo ni idea. Pero lo curioso del caso es que, por razones ajenas a mi voluntad, volví nuevamente a ver la exposición al pedirme un amigo que le acompañara. Y si en la primera me impactó y en la segunda empecé a dudar, en la tercera ya no dudé de que no se trataba de una exposición tan excepcional. Simplemente era buena. Tanto o más buena como la exposición de cualquier buen artista.

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La segunda exposición que fui a ver fue Peter Hujar: a la velocidad de la vida. Y esta sí que todavía no la había visto. Y tenía muchas ganas.

La primera vez que supe algo de Peter Hujar (1934-1987) fue en 2005 a raíz de un artículo que escribí para Suite acerca de Antony and the Johnsons. La razón que me indujo a escribir sobre esta banda fue el impacto que me causó Hope there’s someone, el primer tema que escuché de su segundo álbum From I a bird now. Tras la escucha obsesiva de este tema y lo hecho polvo que me dejó, me vi impulsado a investigar acerca de quién fue capaz de concebir semejante desgarro psicológico-vocal.

Enfrascado en la tarea de averiguar quién era Antony Hegarty -el vocalista y teclado de la banda, hoy llamado Anhoni- pero, sobre todo, el tipo de sangre que corría por sus venas, no tardé en verificar que detrás de su voz y desgarradora personalidad no latía algo baladí sino una cohorte de personajes verdaderamente alucinante. Una serie de seres, personas y referentes que, a cada cual más fascinante, merecía ser considerado como quien come en plato aparte. Es por ello que, además de relatar lo que iba averiguando acerca de aquel gran cantante y, sobre todo, enorme artista, me dediqué a relatar en forma de citas biográficas alguna cosa de los personajes que iban apareciendo durante todo mi proceso. De forma que lo que en principio pensé que sería el retrato de un artista sugestivo y fascinante, acabó derivando en un retrato coral compuesto de personas que habían influido en la vida de Antony. Ocho en total. De entre las muchas que aparecieron.

En la medida en que la portada de un disco merece ser analizada por la información que transmite y el modo en que lo hace, las dos últimas citas de este artículo que escribí -la 7 y la 8- las dediqué a examinar la fotografía que se había utilizado. Y es que en la medida en que quien yacía en la cama era tanto o más enigmática que la voz que daba vida a aquel álbum, no podía ser que cualquiera hubiera tomado aquella imagen. La foto en cuestión no era otra que Candy Darling on her Deathbed. Su autor: Peter Hujar. Y la fotografía, una imagen tomada en el lecho de muerte de Candy Darling en 1973, un año antes de su muerte.

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Para seguir con el tema que estoy contando adjunto íntegramente las citas biográficas a las que me acabo de referir:

(7) Candy Darling
Drag queen -hoy diría actor transgénero- nacida en 1944 perteneciente a la Factory de Andy Warhol desde que conoció a este gurú de la modernidad en un afterhours neoyorquino en 1967. Su primera aparición en la gran pantalla se produce en 1968 a través de Flesh, film de culto rodado por Paul Morrissey, protagonizado por Joe Dallessandro y auspiciado por Warhol. Un año más tarde hace otra aparición en la escena festiva del film de John Schlesinger Midnight cowboy. A partir de aquí su presencia se prodiga en películas independientes y de escasa distribución. Pensando en ella, Lou Reed compuso Candy says. Anthony – «extraño personaje que descubrió Reed en un teatro neoyorkino» según el crítico musical Jordi Martínez- bordó el tema en el concierto que durante la gira española de Lou Reed se escuchó en el Auditori de Barcelona el 10 de julio de 2003. Candy Darling murió en 1974 víctima de una leucemia.

(8) Peter Hujar
Fotógrafo norteamericano nacido en Trenton en 1934 y especializado en captar como nadie el ambiente nocturno de las calles del downtown neoyorquino a la salida de los afterhours durante la década de los 70 y 80. Su trabajo ejerció una notable influencia en la obra de Nan Goldin y Robert Mappelthorpe. Entre los retratos de estudio que realizó a sus amigos para el único libro que publicó en vida, Portraits in live and death (1976), destacan los de Susan Sontag, autora del texto que aparece en el libro, y el de Candy Darling. Peter Hujar murió de sida en Nueva York en 1987.

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La segunda vez que volví a saber algo de Peter Hujar fue en la exposición comisariada por Dahn Vo en la Punta della Dogana de Venecia durante la Bienal de 2015. Titulada Slip of the tongue y formada por una estimulante combinación de obras articulada en torno a la capacidad de dialogar entre ellas, la exposición me afectó de tal manera que al llegar a mi casa me puse a escribir sobre ella. Y el texto que publiqué empezaba de la siguiente manera: “Entrar en las impresionantes salas de la Punta della Dogana y ver colgada en la pared de la derecha una de esas piezas raras de David Hammons junto a uno de los preciosos Drapped male nude de Peter Hujar, fue la mejor invitación a iniciar un recorrido de brillantes asociaciones que….”. (seguir leyendo)

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Si cuando supe de esta exposición de Hujar en Barcelona me faltaron minutos para precipitarme a verla de inmediato, debo confesar que una de las razones que me impulsan a seguir viéndola cuantas veces haga falta es el privilegio de poder ver juntas -o sea, una al lado de la otra- las dos fotografías a las que me refiero en la octava cita de mi artículo para Suite. Y es que, siendo como una suerte de reconciliación con el paso del tiempo y esos fenómenos extraños que cuando se dan provocan un poco de miedito, poder ver a Susan Sontag junto al lecho de muerte de Candy Darling es una de estas experiencias que vale la pena seguir contemplando.

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La exposición que se puede visitar en las salas de la Fundación Mapfre de Barcelona hasta el próximo 30 de abril es una más que magnífica ocasión para apreciar en vivo y en directo el quehacer de un artista para quien todo era susceptible de poder ser retratado. Tal como se explica más o menos en la nota de prensa, desde un amante -o sea: los artistas Paul Thek o David Wojnarowicz- a un actor de teatro underground pasando por un ganso, la superficie del río Hudson, un edificio, una montaña de escombros, el cadáver de un perro o los apacibles rasgos de su propio rostro, todo era susceptible de despertar en el autor la mágica chispa del encuentro inesperado. Y, en consecuencia, el deseo de querer congelarlo con el fin de convertirlo en una suerte de momento eterno.

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Desde que se inauguró el 26 de enero hasta hoy ya he visto esta exposición en cuatro ocasiones. Lo he hecho sólo, acompañado de un muy querido amigo, de cuatro amigos más y de gente que, sin conocer de nada, veía que se iban quedando tan absortos como yo delante de la gravedad de unas imágenes que, más que acelerar el tiempo, ralentizaban el latido de nuestros corazones hasta el punto de inducirnos a pensar que aquellas imágenes nos estaban esperando para que añadiéramos lo que, a cada uno de nosotros, mejor se nos antojara. O lo que fuéramos capaces de ver en ellas. Como si esa chispa de la que se vale Hujar para fijarse en lo que sea, fuera la que despertara aquella parte de nosotros que parecía aletargada y que, aunque sólo fuera por un momento, deseara espabilar para luego devolver al mismo sueño del que había partido (vaya, no sé si me explico…).

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Formado como ayudante de fotógrafos de moda debido a su afición de joven por la fotografía y el ansia de convertirse en un fotógrafo famoso de la talla de Irving Penn o de Richard Avedon, Peter Hujar vive en Italia entre 1958 y 1963 donde, además de compartir su vida con dos compañeros sucesivos, estudia durante un año en la escuela de cinematografía de Roma. A su regreso a Nueva York al tiempo que frecuenta amigos como Susan Sontag o los de la factory de Andy Warhol, desarrolla una gran actividad como fotógrafo de moda hasta que, en 1972, se da cuenta de que todo aquello “no era lo mio”.

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Alejándose progresivamente del mundanal y banal ruido con el fin de trabajar en lo que realmente le motivaba -artistas, animales, Nueva York, el campo, el rio, el cuerpo desnudo y, en general, lo que él llamaba los “todo incluido”, es decir, los “artistas comprometidos con una línea creativa absolutamente personal e indiferente a las alabanzas del mercado”- Hujar publica en 1976 el único libro que hará en su vida –Portraits in Life and Dead– y, hasta el día de su muerte -acontecida el día de acción de gracias de 1987-, no deja de retratar al círculo más íntimo de sus amistades, las zonas más deprimidas de los alrededores de Nueva York, los muelles abandonados del rio Hudson, las áreas de cruising que tanto conocía o, en suma, cualquiera cosa que captara su atención hasta el punto de paralizarlo hasta dar con el momento de captar su intensidad. De ahí que en cada una de sus imágenes, más que lo que se ve, sea lo que se siente, huele, percibe y afecta lo que otorga a su mirada el don de captar la esencia de la vida. También de la muerte.

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La exposición consta de cerca de 160 fotografías con fondos procedentes de la Morgan Library & Museum, otras nueve colecciones y el relato articulado por Joel Smith -comisario de la exposición, Conservador “Richard L. Menschel” y Director del Departamento de Fotografía de The Morgan Library & Museum- en torno a la carrera de un artista capaz de concentrar en cada imagen el peso del tiempo, el volumen de un espacio y el aliento de un ser. Atendiendo escrupulosamente las preferencias del artista, en la exposición se rehúye mostrar fotografías por separado en favor de grupos sorprendentes, desconcertantes y capaces de reflejar no sólo las preocupaciones del artista sino también la diversidad y contradicciones inherentes en su trabajo.

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Si delante de cada grupo uno se pasaría todas horas que hiciera falta, hay uno a la entrada de la exposición que, formado por un friso de seis fotografías, resume a la perfección las frases que Peter Hujar más amaba pronunciar. Se trata de una combinación visual en forma de tablero de ajedrez que, extraída del grupo de setenta fotografías organizadas en treinta y cinco pares verticales colocados muy próximos entre sí y procurando que en ninguna fila hubiera dos fotografías contiguas del mismo género, resalta el interés del fotógrafo americano en impedir que el espectador cayera en la tentación de comparar las imágenes en detrimento de su singularidad. Y debo confesar que semejante decisión convierte la exposición en algo más que extraordinario.

Bueno, llegados a este punto, creo que es el momento de dejar de escribir. Si podría seguir haciéndolo con tantas palabras como me salieran, no creo que pudiera expresar lo que estas imágenes me transmiten. Aunque creo que a estas alturas ya haya quedado suficientemente claro.

Déjenme tan sólo que les diga una cosa. Así como para terminar:

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Vayan a verla. Corriendo.

 

 

 

 

 

 

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