Apichatpong Weerasethakul, Anthony Reynolds Gallery, Feria Loop 2017, Barcelona

Sabía de la existencia de Apichatpong Weerasethakul o de Joe que es es como le llaman sus amigos o quienes, como yo, se ven incapaces de memorizar su nombre. Sabía que había ganado alguna Palma de oro en un Festival de Cannes, que fue el productor Luís Miñarro quien le introdujo en nuestro país, que era considerado como un cineasta visionario y original, que en su obra intentaba reflejar la vida tal como la percibimos, que el suyo era un cine poético, interpretable desde muchas perspectivas y que apelaba a las emociones más primarias o que en el conjunto de su producción parece ser que la realidad, la fantasía, los sueños, las pesadillas y los fantasmas convivían en un mismo lugar que operaba según sus propias reglas. También había leído que el propio Joe reconocía como inspiradora la obra de Andy Warhol y Marcel Duchamp y que lo que más admiraba de creadores como Pierre Huyghe, Dominique Gonzalez-Foerster o su compatriota universal Rikrit Tiravanija, era su capacidad de no centrarse simplemente en los objetos sino en nuestra percepción de los mismos. Es decir, en el modo en que nos los hacemos nuestros.

Pero aunque sabía de la existencia de Joe nunca había visto una película suya. Como tampoco nada de lo que había hecho.

En el marco de la Feria LOOP 2017 que, como cada año, se celebra en un hotel de Barcelona poco antes de la llegada oficial del verano, pude ver hace un par de días una obra que me llamó especialmente la atención. No sabía de qué trataba, qué galería la mostraba ni tampoco quién era su autor. Solo sé que cuando entré en aquella habitación de hotel me quedé observando un colchón que estaba en el suelo y unas imágenes calladas que me llamaban desde tres dispositivos. Reposando a la altura de mis pies. Cuando reparé en la imagen que reproducían vi que se trataba de tres primeros planos gravados a menos de un palmo de la nariz de un hombre durmiendo. De un hombre de origen asiático durmiendo plácidamente. Tres primeros planos que me brindaban la posibilidad de percibir hasta el aliento de quien dormía tras el cristal.

Sucumbiendo a la tentación de reposar en aquel colchón que, como el durmiente, dormía a ras de suelo, bajé hasta la altura de mis pies para ver qué pasaba con aquel hombre que respiraba. Y fue justamente desde esta posición -es decir, desde la horizontal de un colchón reposando en el suelo- que me vi acariciando una intimidad extraña con la mirada de un voyeur y los ojos de una cámara ajena. Y sin embargo desde una cámara tan cercana. Viendo mover aquel ser de manera lenta y suave, haciendo muecas muy leves como las que hacemos sin que nos demos cuenta, abriendo y cerrando sus ojos como si estuviera despertando y sospechando que, pese a tratarse de una misma persona, aquellas imágenes fueron grabadas en tres momentos distintos. Quizás incluso en tres días distintos.

Entre expresiones y sábanas, el abrir y cerrar de unos ojos y el movimiento de un rostro asiático sobre la funda de un almohadón blanco, de repente vi una pantalla con una imagen distinta. Y en lugar de un rostro durmiendo vi una mano dormida. Posiblemente de quien dormía. Y tras unos primeros planos de aquella mano tocando el aire, vi que otra aparecía rozándole sus yemas. Y que de sus yemas pasaba a sus dedos. Y que de sus dedos a la mano entera. Y que entre una mano y la de aquel extraño se libraba una batalla como la de quien regresa de un sueño. Al tiempo de despertar. Es decir, cuando el día amanece. Y nosotros con él.

Mientras que en una pantalla unas manos se entrelazaban, en las dos que le daban la réplica eran dos rostros los que despertaban. Y abriendo y cerrando sus ojos mientras sus manos se entrelazaban, concluí que lo que sucedía es que acababan de despertar.

Sorprendido y abrumado por mi cercana distancia, me levanté de aquel colchón observando un rostro sonriente. Y tras unos pasos sin saber qué hacer, salí de la habitación en busca del galerista.

Fue entones cuando supe que se trataba de Anthony Reynolds y que el artista que presentaba era Apichatpong Weerasethakul. O Joe, como le llaman quienes, como yo, no memorizan su nombre. Al felicitarle por la propuesta y su impresionante simplicidad, me dijo que era una obra de 2007 grabada por Joe con su propio móvil. Y que el personaje que dormía no era otro que Teem, su novio. De ahí que el título de la obra fuera justamente éste, es decir, Teem. También me confesó que la idea de poner el colchón en el suelo había sido suya. Pero que no le cabía la menor duda de que el artista estaría muy contento. También me dijo que lo que había visto eran despertares de Teem. Tres despertares gravados por Joe en tres mañanas consecutivas. Y que, efectivamente, las manos que acariciaban las yemas de Teem eran las manos de Joe. Acariciándole suavemente. Como los ojos que le observaban.

Tras el aliento de estos dos seres compartiendo una cama y algo más, ya no puedo decir que no he visto nada de Joe. O de este cineasta tailandés que también es un gran artista. Tampoco puedo decir que no me imagino su modo de amar. Ni su modo de escribir, de remitirnos a la fantasía, de reflejar lo que parece un sueño o de hablar de la vida tal como la percibimos. Es decir, de cerca.

Tras el aliento de estos dos seres compartiendo una cama, su intimidad y algo más, ya no puedo decir que no he visto nada de Joe. O que no he visto nada de Apichatpong Weerasethakul, que es como le conocen quienes se acuerdan de su nombre.

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